Hay quien todavía explica la decadencia del delivery como si todo fuera mala gestión o un simple cambio de gustos. Mentida. El sector está acorralado por todos lados: plataformas inestables, costes disparatados, alquileres rígidos, guerras, miedo, pérdida de poder adquisitivo y barrios llenos de locales muertos.
No es una mala racha. Es una tormenta perfecta. El mundo se ha vuelto más caro, más nervioso y menos dispuesto a pagar una hamburguesa con recargo, servicio, reparto y comisión. Cuando dependes del delivery, lo que parecía una apuesta valiente se convierte en una carrera de obstáculos.
Glovo cambió su modelo el 1 de julio de 2025 y dejó atrás a los repartidores autónomos tras años de litigios e inspecciones. Anunció 14.000 contrataciones, pero eso no trajo estabilidad, sino ruido e incertidumbre. Y en marzo de 2026 todavía anunciaba un ERE para hasta 750 repartidores en 60 ciudades. Si la plataforma continúa recortando y admitiendo dificultades, el mensaje es claro: el terreno sigue roto.
Uber Eats tampoco ha sido ningún refugio. También ha reestructurado su modelo en España para adaptarse a la Ley Rider. Si las dos grandes plataformas del sector cambian las reglas del juego a la vez, tu actividad deja de descansar sobre una base estable.
Encima, la demanda no aguanta. Los datos de Circana indican que en 2025 el gasto total en foodservice creció, pero la demanda de delivery cayó un 7%. El 75% del gasto seguía haciéndose en sala. La gente podía seguir gastando en comer fuera, pero el reparto a domicilio dejaba de ser aquel hábito automático que parecía invencible.
Y eso tiene toda la lógica. El cliente tipo —joven, urbano y sensible al precio— ya no tiene la misma alegría por gastar. Cuando vivienda, luz, gas y comida básica se llevan el presupuesto, el pedido a domicilio es de las primeras cosas que cae. Mucha gente mira el precio final, ve servicio, reparto y comisiones, y piensa: por eso salgo. O peor: por eso no pido nada.
Pero todavía hay una capa más honda: la psicológica. Hace meses que las pantallas están llenas de Ucrania, Gaza, Irán, energía, inflación y miedo. El BCE ya ha explicado que las tensiones geopolíticas castigan la confianza del consumidor y frenan el gasto. El problema no es sólo que la gente tenga menos dinero; es que también tiene menos tranquilidad.
Mientras tanto, los costes no han dejado de morder. Las tensiones en el mar Rojo, el riesgo en el estrecho de Ormuz, los desvíos de rutas y la volatilidad logística acaban entrando en cualquier cocina de barrio: envases, congelados, materias primas, recambios y aprovisionamiento. Cuando el coste de comprar, conservar, transportar y servir sube o baila sin control, el margen se convierte en una broma de mal gusto.
Pero si hay un factor de estrangulamiento demasiado silenciado es el alquiler comercial. En Cataluña hay decenas de miles de locales cerrados o vacíos. En Girona ciudad la proporción ya es lo suficientemente escandalosa para verse a simple vista: calles con locales cadáver, persianas bajadas y barrios cada vez más apagados. La provincia ha perdido cerca de un millar de comercios en la última década. Esto no es una anécdota: es menos trabajo, menos actividad y menos vida urbana.
Y aquí aparece otra verdad incómoda. Cada vez hay más propietarios que prefieren un local vacío antes que un inquilino con riesgo. Más vale la persiana bajada que la posibilidad de un cobro tardío o de un impago. No es sólo cobardía; es también un mercado roto y una sociedad dominada por el miedo. Pero el resultado es el mismo: desierto comercial.
El delivery no se está ahogando por una sola razón. Se está ahogando porque le cae todo encima a la vez. Y mientras tanto, en Girona y en tantos otros lugares, los barrios se llenan de persianas bajadas como si fueran lápidas: cadáveres comerciales, trabajo enterrado y vida urbana en retirada. Esto no es sólo mercado. También es una derrota colectiva.
















