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Bluesky
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Hay determinados aspectos de la legislatura barcelonesa que no salen mucho en los medios pese a mostrar la realidad desde un caos plural lleno de fascinación.

Llevo dándole vueltas a este texto varias semanas. La idea clave es hablar de cómo el alcalde Collboni, quien empezó su mandato con mucha predilección para con el silencio, lleva medio año desaforado, felicísimo por la incomparecencia pública de la oposición y disparado de optimismo al seguir a pies juntillas los consejos de sus asesores.

Estos deberían decirle que vigile un poco, no vaya a ser que los ciudadanos provoquen su fracaso incluso con una victoria que, al menos por ahora, parece incontestable. A lo largo de los últimos meses capitaliza las obras que empezaron los Comuns y entona muchos discursos triunfales, no exentos de riesgo y peligrosidad.

Uno de los más recientes fue el clásico de El alcalde responde. Por las mañanas me levanto con la radio pública. Quizá por eso me sorprendió más si cabe escuchar cómo el locutor decía que Collboni fue al acto acompañado de una claque política, encantada de aplaudir los puntos fuertes de su parlamento, com si quisieran reproducir tiempos pasados ausentes de Democracia.

El actual Ayuntamiento se apoya mucho en los medios de comunicación para realizar determinadas proclamas. En el periódico más influyente de todo el país le dan buenos dineros para colgar publicidad institucional, a veces en doble página, sea sobre la nueva normativa, sea sobre anuncios que cuestan un pastizal, más visibles cuando se emiten en la pública catalana, donde desentonan, no tanto por la tendencia política, sino porque se nota el exceso de inversión mientras nos venden la maravilla de los hitos del mandato, fiestas navideñas o cualquier otra actividad mediante las cuales el solitario PSC en el gobierno quiere sacar pecho sin pudor alguno.

El primer ciudadano acepta y promueve este tipo de política agresiva con aires de cortina de humo, pues cuando hablas con la ciudadanía de los barrios nadie percibe tanta mejora y menos esa sobredosis de positividad, a veces, no pasa nada por soltar las cosas tal cómo nos las contaron, interpretada como una tomadura de pelo.

Si vio no hace mucho con un artículo de Laia Bonet, digna como concejal y quién sabe si sacrificada al escribir un texto muy bueno, sí, pero con verdades sabidas por todos que los socialistas no cumplirán, o al menos nadie sospecha que lo consigan. El ultraje de su reflexión surgía al expresar la necesidad de puntos de acceso bien elaborados en las entradas de Barcelona, ciudad que recibe cada vez más trabajadores que sólo con motivo de sus labores, lo que requeriría más transporte público desde la combinación de Rodalies y autobuses interurbanos.

No tengo nada a refutar de tales propuestas. El problema aparece cuando tomas conciencia de la crisis de los trenes y de como nadie mueve un dedo para crear estos accesos que aparquen los coches al llegar a la capital, además de omitir como muchos de estos empleados han sido expulsados de Barcelona a causa del imposible precio de la vivienda mientras deben usar un coche y contaminar por la miseria del transporte público existente.  Si ha aumentado el uso de autobuses interurbanos es por resignada desesperación ante el desastre del servicio de Rodalies; mientras esto no mejore todo en este sentido será papel mojado.

Collboni ha desarrollado una gran afición a sacarse fotos y prometer. El primer aspecto puede comportar un rechazo que favorezca a la oposición cuando despierte de su largo sueño iniciado en 2023. De repente, los Comuns tienen a un candidato reconocible que no es esperpéntico como Bob Pop. Pisarello debería frecuentar los barrios, hablar con los vecinos y ganar unos votos decisivos desde la izquierda, la misma que no ve en esta vertiente al líder socialista, quien desde las promesas habla de miles de viviendas en una ambiciosa operación que unirá Sant Martí y Sant Andreu mediante enormes parques.

¿Debemos creer sus palabras? El parque que debería conectar sin barreras Sant Andreu y el Bon Pastor se proyectó hace más de una década. Aquí las cosas van lentas. Otras permanecen paradas desde hace decenios. En el Baix Guinardó no se atreven a reubicar un mercado de Gràcia porque falta un año y poco para las elecciones. En cambio, sí tendrán las narices de demoler la estación de mercaderías de la Sagrera porque el patrimonio les importa menos que un bledo. Quizá entonces tomen medidas para eliminar el mayor campamento de barraquismo barcelonés, el sucesor de la Perona, que servidor ha mencionado mucho en prensa, sí, sin seguimiento, pues era oportuno situarlo en la Zona Franca, una minucia de podredumbre si la comparamos con la omitida por la mayoría. Mientras unos se sacan fotos se potencian invisibilidades críticas.  Si quieren vencer, los otros candidatos deberían descubrirlas.

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