Alrededor del “No a la guerra”, en 2003 se vivió la gala de los Goya más reivindicativa de la historia. Era 1 de febrero y aún faltaba mes y medio para la famosa foto del trío de las Azores –Bush, Blair y Aznar-, que pocos días después desencadenaría la guerra de Irak. Sin embargo, los presentadores Willy Toledo y Alberto San Juan; la entonces presidenta de la Academia de Cine, Marisa Paredes, y un buen número de cineastas repudiaron un conflicto que ya se estaba preparando y que se extendió hasta 2011. Según algunas estimaciones, en él murieron al menos 405.000 iraquíes; otras los sitúan alrededor del millón.

El mismo día en que dos nuevos líderes mundiales –Trump y Netanyahu– perpetraban el inicio de una nueva guerra en el Golfo Pérsico, esta vez con Irán como objetivo, se celebraba en Barcelona la última edición de los premios Goya, que recordó aquella de hace 23 años por su alto contenido político. Algo podía esperarse de una ceremonia que, ante el actual marco global, había decidido distinguir a Susan Sarandon con el Goya Internacional, pero los hechos fueron un poco más allá por la cantidad y variedad de reivindicaciones.
El discurso de la actriz norteamericana estuvo precedido de una larga ovación, durante la cual se mostró visiblemente emocionada. Después agradeció poder sentirse parte de una comunidad más grande: “Estos días en los que el mundo está tan dominado por la violencia, por la crueldad, yo miro a mi alrededor y veo a vuestro presidente y muchos artistas de este país que hablan con tanta lucidez moral que me ayuda, donde yo estoy, en medio del caos y de la represión, a sentirme menos sola”.
Y citando al historiador y filósofo Howard Zinn, añadió que “tener esperanza en tiempos difíciles no es solo una actitud romántica ni ingenua”, porque “la historia de la humanidad no es solo una historia de crueldad, sino también de compasión, de sacrificio, de valentía y de bondad”. E invocó la posibilidad de “actuar” para “cambiar” el mundo.
Con unas palabras llenas de coraje y honestidad, Sarandon demostró que el pueblo estadounidense es mucho más que Trump y sus seguidores. La referencia no explícita, pero bastante evidente, a la persecución de inmigrantes en su país, y seguramente a las muertes de Renee Good y Alex Pretti, reflejaba que los manifestantes de Minneapolis tienen su contraparte en otras esferas como la de la cultura.
Antes que la protagonista de Atlantic City, Thelma & Louise o Pena de muerte, habló el actual presidente de la Academia de Cine, Fernando Méndez-Leite, quien llamó a reflexionar sobre “el preocupante desprecio de los derechos humanos por doquier y desde el poder político”. Tras recordar el “genocidio de Gaza”, puso el énfasis en “la brutal persecución de inmigrantes y disidentes en los Estados Unidos”; en “la represión, encarcelamiento y ejecución de mujeres en Irán, Afganistán y en otros lugares”, y en los “continuos bombardeos sobre la población de Ucrania”. Por último, Méndez-Leite hizo una velada referencia a los primeros ataques de Estados Unidos e Israel sobre Irán, sentenciando que “las noticias de hoy mismo no invitan a mirar hacia otro lado”.
La fuerte carga política del acto la completó la directora argentina Dolores Fonzi, quien afirmó: “Ustedes, que tienen tiempo aún, no caigan en la trampa. La ultraderecha vino a destruirlo todo. Yo vengo del futuro, de un país donde el presidente incluso puso en venta el agua”. E incidiendo en la privatización de la empresa pública Agua y Saneamientos Argentinos por parte del gobierno de Milei, aseguró: “Ya no solo defendemos el cine, estamos teniendo que defender el agua”.
Pero el puñado de reivindicaciones no se quedó aquí. Los tres premiados por la película Sorda expresaron la necesidad de incluir a las personas con algún tipo de discapacidad, rechazando el capacitismo (Álvaro Cervantes), refiriéndose a la “diversidad humana” como una “riqueza” (Eva Libertad) y dedicando el galardón “a las mujeres sordas”, junto con una crítica a “la violencia de la no comunicación o de la invisibilidad” (Miriam Garlo).
Si a eso añadimos el mensaje de Chelo Loureiro en gallego: “Máis amor, menos redes sociais” o los llamamientos de “Viva Palestina libre” por parte de muchos de los presentadores, si la gala no igualó a la de 2003 se quedó cerca. Ahora que el “No a la guerra” vuelve a estar en boca de muchos, la lástima es el motivo, y es que dos décadas después no hemos aprendido mucho. Se continúa bombardeando a países y causando la muerte de población civil inocente. Nos queda el consuelo de que todavía hay voces que lo denuncian, y el cine español es una de ellas.





