Bad Bunny o la rebeldía domesticada

Bluesky

Resulta que la organización Nofumadores.org ha denunciado a Rosalía por fumar en el pódcast de Soy una pringada. La asociación ha registrado la demanda al Ministerio de Sanidad porque supone que vulnera la normativa y, porque, especialmente, se considera que el hecho de ver fumar a famosos y personas con influencia en la sociedad «legitima el hábito». Ese día, en el mismo pódcast, Rosalía explicó que dejó una pareja definitivamente después de que él le dijera «cómo he echado de menos a mi puta». Después de procesar lo que acababa de oír, Rosalía se levantó y se fue «para no volver nunca más».

Si Rosalía tiene pues esta semana un «semáforo rojo» por fumar, quien ha conseguido el «semáforo verde» es Bad Bunny, por su actuación en el Halftime de la Super Bowl, según he escuchado para mostrar la cultura latinoamericana y su crítica a las políticas de Trump y la defensa de una América mucho mayor que EE.UU. Lo que se pasa por alto en el caso del puertorriqueño es que también mostró su machismo y misoginia, que dio la vuelta al mundo apoyado de aplausos. Sólo pondré dos de las canciones que, aunque necesite un logopeda, Bad Bunny «cantó» ante miles de personas:

“Qué falta de respeto, mami
¿Cómo te atreve’ a venir sin panti?
Hoy saliste puesta pa mí
Yo que pensaba que venía a dormir, no
Vino ready ya, puesta pa una cepillá
Me chupa la lollipop, solita se arrodilla, hey
¿Cómo te atreve’, mami, a venir sin panti?”

“Muchas quieren mi baby gravy
Quieren tener mi primogénito
Ey, y llevarse el crédito
Ya me aburrí, hoy quiero un totito inédito
Uno nuevo, uno nuevo, uno nuevo, uno nuevo, ey”

¿Por qué denunciamos a Rosalía por fumar y no denunciamos la denigración que Bad Bunny hace a las mujeres? Nos preocupa que el hecho de que una persona con influencia fume, porque eso puede favorecer que haya jóvenes y adolescentes que sigan su ejemplo. En cambio, permitimos que una persona con influencia sexualice a las mujeres en todas y cada una de sus canciones y que esos mismos jóvenes y adolescentes las escuchen y sean educados en la desigualdad, el machismo y la misoginia.

Con esto, lejos de defender que Rosalía se llenara de humo los pulmones, quiero decir que las canciones no son inocuas: transmiten una visión del mundo, unos valores, unos ideales, y generan modelos que influyen mucho en comportamientos y actitudes, actitudes como las que la propia Rosalía denunció en el pódcast en el que fumaba: la consideración de la mujer como objeto sexual y posesión del hombre.

Creo que deberíamos fijarnos un poco más en lo que la artista catalana pudo enseñar a las chicas que la escuchan en un momento en el que estamos rodeados de canciones machistas y misóginas: que se cante lo que se cante y suene lo que suene, no se lo crean: no son propiedad de nadie, tienen que ser respetadas y si es necesario, hacerse respetar.

Para terminar, me pregunto si el hecho de que Bad Bunny haya hecho un espectáculo contra Trump y sus políticas es lo que ha hecho que ahora no se pueda criticar su ideología misógina. Si este es el caso, sólo remarcar que el espectáculo fue ni más ni menos que el Halftime de la Super Bowl, y, por tanto, quizás habría que analizarlo más que como una crítica como «rebeldía domesticada», algo que puede parecer muy moderno, pero que no es más que el «pan y circo» de los romanos de toda la vida.

Sobre esto hablaron durante la primera mitad del siglo XX los pensadores críticos Theodor Adorno y Max Horkheimer, en el contexto de la escuela de Frankfurt. Ambos pensadores hablaban del concepto «Industria cultural», que describe la transformación del arte y la cultura en instrumento de manipulación social. Para Adorno, la industria cultural tiene la capacidad de convertir a los individuos en consumidores pasivos en lugar de participantes activos, y por lo tanto es una herramienta al servicio de los intereses capitalistas y el statu quo.

Y es que la rebeldía de los 12 minutos de Bad Bunny es una rebeldía trabajada, estudiada y permitida por el poder. Es una irreverencia que denuncia injusticias, pero no rompe estructuras de poder y, por lo tanto, no hace daño. Es la misma rebeldía que vemos en las entregas de premios del poderoso Hollywood y que ya denunció Ricky Gervais en su monólogo de apertura de los Globos de Oro en el año 2020 cuando pidió a todos los presentes: «Si ganan un premio esta noche, no lo utilicen como plataforma política para dar un discurso político. No están en posición de sermonear al público sobre nada. No saben nada sobre el mundo real.»

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