Pepe Mujica

Bluesky
Añade EL TRIANGLE como favorito en Google

Con Pepe Mujica desaparece un hombre bueno, un referente para la izquierda latinoamericana y mundial. No fue ni un intelectual con grandes aportaciones ni gobernó ningún gran país. Tiene una biografía de las que impresionan por larga, compleja e intensa. Marxista revolucionario, guerrillero, prisionero de la dictadura del Uruguay durante trece dolorosos años, fue capaz de salir de la cárcel, al estilo de Nelson Mandela, sin rencores ni espíritu de venganza como habría sido perfectamente comprensible después de cómo fue tratado en las cárceles militares. Optó por construir una alternativa política progresista para el país que pasase página de la confrontación extrema para construir un proyecto integrador.

Susana Alonso

En un país reducido y poco poblado, representaba especialmente a las clases populares urbanas, pero supo forzar la reconducción hacia posiciones democráticas de una potente oligarquía terrateniente, extractiva, que había llevado al país a una extrema desigualdad y que recurría a violentas intervenciones de los “milicos” cuando, de vez en cuando, veía peligrar su hegemonía de clase. La pretensión de Mujica, no fue aniquilarla, sino incorporarla al terreno de juego político haciéndole reducir sus expectativas. La política entendida como espacio de diálogo y de transformación donde los diferentes intereses y puntos de vista se reconocen y procuran avanzar por el progreso social y la mejora efectiva de la ciudadanía.

El bloque político de izquierdas que lo sostenía lo llevó al poder en 2010. Impulsó cambios, que no revoluciones. Buenas políticas sociales y económicas que redujeron la exclusión y mejoraron la equidad como tantos otros proyectos nacional-populares que gobernaron democracias de América Latina en los primeros quince años de este siglo. Su inmensa popularidad no se basa tanto en lo que hizo como en la actitud pública que mantuvo, siempre acorde con una manera sencilla de entender la vida y el mundo. Una persona clara que se veía que vivía plenamente con los valores que decía defender.

No le interesaba el poder por el poder, y aún menos los lujos y símbolos que lo suelen acompañar. No creía en el valor del dinero y, una vez abandonada la presidencia, vivía de manera muy pobre haciendo de campesino cerca de Montevideo en una pequeña finca cerca del mar. Una persona que poseía la muy escasa virtud de la coherencia. Durante estos últimos años no ha hablado mucho, pero, cuando lo ha hecho, nos ha llamado la atención porque decía las obviedades necesarias que se derivan del sentido común pero que con la sofisticación en la que pretendemos instalarnos ya no somos capaces de valorar.

Claro y directo, no dudaba en tipificar de manera acertada el papel nocivo de muchos líderes políticos mundiales que él había tratado. No practicaba la corrección política ni un exceso de distanciamiento diplomático, pero lo hacía justo a la inversa de lo que lo hace el populismo de extrema derecha actual, del tipo Trump, que lo hacen para enaltecer la maldad y los intereses puramente personales, la cobardía, el egoísmo y la corrupción. Pepe Mujica representaba la bondad de alguien que se quiere diluir y confundir en el conjunto de la sociedad, como uno más y sin pretensiones de ser recordado y con quimeras como las de pasar a la historia.

Cuando le pidieron justamente que lo recordaran, dijo que su pretensión era ser olvidado, ya que los jóvenes deben mirar hacia adelante dado que la muerte es una condición de vida que no se puede pretender superar. Un político de gran autoridad moral en tiempos que cuesta mucho encontrarlo. Era un referente no por haberse creado una aureola sino para vivir y morir de manera noble, digna y muy sencilla.

Ya sé que para algunas élites políticas era tachado de capellán laico o bien de no hacer honor a las formas institucionales que, piensan, requiere la práctica política. No era ni un iluminado ni un crédulo. Precisamente hacía bandera de un escepticismo que suele ser evidencia de inteligencia.

Poco antes de morir admitió que “ser una buena persona no sirve para nada. Si acaso, solo para estar bien contigo mismo”. De manera muy adecuada, le espetó al rey español Juan Carlos I: “dicen que soy pobre; pobres son los que necesitan mucho”. No había mejor interlocutor a quien decírselo.

(Visited 20 times, 1 visits today)

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario