El mundo de la arquitectura catalana desconfía del Espai Barça de Laporta

Los expertos no se explican que los proyectistas del concurso ganador hayan desaparecido de la obra y que el propio diseño se haya cambiado totalmente para ajustarlo a las posibilidades de Limak y no a la excelencia del original, en una semana con nuevas denuncias de abusos laborales

Joan Laporta, a les obres del Camp Nou - Foto: FC Barcelona

Si algo sale mal en la ambiciosa obra de reforma del Camp Nou, ahora por lo menos ya se sabe de quién será la culpa, pues finalmente ha trascendido el nombre del único arquitecto responsable de un proyecto marcado por cambios e improvisaciones que en nada se parece al original, y mucho menos al que, por dos veces, ha sido aprobado por los socios del FC Barcelona en asamblea y en referéndum. Esta doble garantía democrática es la que Joan Laporta se ha pasado por su particular máquina trituradora de los derechos, libertades, opinión y poder de decisión consensuado por los socios del Barça. Y también algunas de las conclusiones de un debate sobre el Espai Barca convocado por Arquitectes per l’Arquitectura en el que los representantes de la junta, la vicepresidenta Elena Fort y Lluís Moya, director técnico delegado por Joan Laporta, dieron toda una lección de soberbia, de falta humildad y falta de transparencia y de explicaciones sobre el interminable trasiego de nombres y de bufetes que han pasado por el embudo laportista hasta conseguir que la polémica y el recelo vengan precediendo y acompañado todos y cada uno de los días desde que se inició la obra.

Finalmente, después de mucho retorcerse, esquivar preguntas y estar desde el primer minuto a la defensiva, Lluís Moya señaló a Fedde Huistra como el arquitecto que, bajo su entera responsabilidad, ha firmado la definitiva transformación del Camp Nou. Lo hizo en ese encuentro de arquitectos y en una mesa de ponentes junto a personalidades como el arquitecto Òscar Tusquets, el empresario y antiguo directivo del club azulgrana Gabriel Masfurroll y el regidor de arquitectura de Barcelona Daniel Mòdol.

Fedde Huistra es uno de los profesionales de Ingeniería Torrellas que, de alguna manera, es quien ha acabado teniendo el control de las obras, después de que las arquitecturas ganadoras del concurso, la catalana Pascual i Ausió y la japonesa Nikken Sekei se hayan ido apartando a medida que, por imposición de Laporta, la idea ganadora original se haya ido cambiando según el capricho y a los intereses particulares del presidente.

Los participantes, y en general los asistentes a este encuentro, pusieron de manifiesto su disconformidad o desacuerdo con el desarrollo y con las muchas incidencias que han marcado los últimos meses de la actualidad azulgrana referida al Espai Barca. «Soy pesimista. Soy culé desde hace muchos años, pero me siento pesimista con el futuro deportivo. Me consuela pensar que por mal que vaya la obra del nuevo estadio, nunca será tan feo como el Bernabéu, eso sí… Que los arquitectos que proyectaron eso no tengan ahora tanto poder, me preocupa. Una obra que no diriges no es tuya, creo. No sé hasta qué punto se está respetando lo que más me gustaba de esa obra. Al frente de la cual no hay un responsable, sino una ingeniería por medio, con unos turcos de una empresa… mi experiencia con estas cosas es que es muy difícil que termine bien. Cuando veo que el planteamiento es: No se lo daremos a ninguna empresa española, se lo daremos a una turca, que no ha hecho nunca ningún estadio y es la que lo hará más rápido y más barato. Yo, como arquitecto, tiemblo. Preveo lo peor. Que los proyectistas no dirijan la obra me parece de una gravedad irrecuperable», dijo el arquitecto Òscar Tusquets.

Por su parte, Gabriel Masfurroll, fue rotundo: «Este Espai Barça es un pastiche. El Barça está en un lío importante y el Espai Barça es un ejemplo más. Creo que no hay nada que hacer, estamos entrando en un pozo del que tardaremos muchos años en salir. Vivimos épocas de desierto en las que no ganábamos nada. Pero éramos más que un club; ahora ni eso, somos un club más».

La reacción absurda de la vicepresidenta Elena Fort fue quejarse y de manera simplona. «No sabía que me habían invitado a un debate electoral», dijo, como siempre, poco afortunada, alegando que, al entrar la junta de Laporta, se encontraron con la existencia de un informe interno según el cual la tercera grada corría el riesgo de derrumbarse, manifestación que desde luego habría que contrastar con los grandes estudios de arquitectura internacionales que proyectaron y participaron en el concurso de diseño del nuevo Camp Nou sin tocar la tercera grada, ni plantearse ningún refuerzo, y con el Ayuntamiento de Barcelona. En concreto, con su departamento de Bomberos, que es quien autoriza y garantiza que las instalaciones deportivas, como el estadio del Barça, cumplan al ciento por ciento con las medidas de seguridad y la normativa para acoger eventos con casi 100.000 espectadores. Esperpéntica y lamentable justificación para blanquear el amiguismo de Laporta con Limak.

Lluís Moya, por su parte, eludió polémicas, aferrado a ese cargo que, básicamente, sirve a la dictadura laportista. «Mantener el coste y los plazos en las obras es muy complejo y estamos sobre las previsiones que debíamos tener. Estamos siguiendo un modelo que responde a las expectativas del proyecto y, hasta que no se demuestre lo contrario, seguiré pensando que es la mejor actuación posible», dijo en defensa de las continuas alusiones a los muchos cambios introducidos en los últimos meses, prácticamente al mismo tiempo que empezaban las obras, y que según los arquitectos presentes ya no se correspondía con el original. Las principales críticas que está recibiendo hacen referencia al uso de materiales de más baja calidad y de soluciones estructurales más sencillas y económicas de las que en su momento justificaron una licitación a favor de la empresa turca Limak «porque era la única constructora que garantizaba el cumplimiento de los plazos», según Laporta. Luis Moya, sin embargo, puntualizó que «Limak no era la propuesta más barata, pero sí la que se comprometía a terminarlo en el menor espacio de tiempo», una revelación sorprendente y distinta del relato presidencial.

Por otro lado, El Periódico informaba de nuevas denuncias de abusos laborales, impagos, explotación y condiciones esclavistas en las obras del estadio azulgrana. En este caso, contra una subcontrata de Limak, Eurobau SRL, señalada ante la Inspección de Trabajo de la Generalitat por presuntos «fraudes salariales, algunos porque los sueldos no han sido abonados y otros porque sí han sido abonados, pero están por debajo de lo que marca la ley». Según esta misma fuente, también se ha detectado la importación de trabajadores rumanos que, mediante falsas promesas y condiciones, han sido alojados en poblaciones costeras y sometidos a horarios y jornadas fuera de cualquier convenio y de la normativa, provocando que muchos de ellos hubieran de pedir dinero a sus familias en Rumanía para poder regresar y huir del «infierno» al que habían ido a parar en una repetición de las denuncias que hace apenas unos meses derivaron en una macro inspección con el resultado de que más de la mitad de las empresas bajo contrato de Limak -y, por tanto, del FC Barcelona- fueron sancionadas por irregularidades.

Se acumulan, pues, los indicios de que, pese a las promesas y las modificaciones del proyecto y de los materiales para economizar recursos y horas de trabajo, Limak sigue recurriendo a fórmulas low cost para cumplir con los plazos y no acabar perdiendo dinero en una licitación que, con el tiempo, va ganando en controversia y complicaciones, entre ellas la necesidad de una regulación de horarios para reducir el alto grado de contaminación acústica y material en el entorno de Les Corts por las quejas de los vecinos.

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