La Cataluña sionista

En su transitar por la historia, el catalanismo político -surgido hace 150 años, al socaire del movimiento romántico de la Renaixença- siempre ha buscado referentes en el exterior para autoafirmarse e imitar sus postulados, sus programas y sus métodos. Esto demuestra la íntima debilidad de sus convicciones para imponerse en una sociedad como la catalana que, desde el siglo XIX, ha experimentado un permanente flujo migratorio, ha estado estrechamente interrelacionada con España y Francia y se ha convertido, como podemos constatar hoy, en una síntesis de influencias culturales muy diversas.

Francesc Macià, el padre del independentismo, se inspiró en la lucha de la católica Irlanda por deshacerse de su adhesión a la corona británica para protagonizar la asonada de Prats de Molló. Más adelante, las ideas fascistas y nazis impregnaron de militarismo y totalitarismo la facción más extremista del secesionismo catalán. Por su parte, las organizaciones independentistas marxistas de los años 60 intentaron imitar la guerra de guerrillas del Vietnam o de Argelia en su combate por la emancipación nacional contra la dictadura franquista.

La recuperación de la independencia de las repúblicas soviéticas después de la caída del Muro de Berlín; la sanguinaria desintegración de Yugoslavia; los referéndums del Quebec, de Escocia, de Nueva Caledonia… han sido ejemplos que han alimentado las estrategias de nuestros independentistas.

En la búsqueda de un modelo de éxito para implementarlo en Cataluña, podemos decir que el independentismo ha dado la vuelta al mundo. Ha hecho la Vía Báltica, ha apelado a la solución de Kosovo, ha ido al Kurdistán y a Palestina, se ha fijado en Sudán del Sur, en su momento estuvo tentado por la lucha armada de ETA y sus epígonos de Córcega y Bretaña, flirteó con la Padania, ha hecho suyas las causas del Polisario, de los rifeños, de los uigures, de los tibetanos, de los biafreños, de los inuits…

En una última pirueta, Oriol Junqueras ha afirmado que el camino a seguir es el de Montenegro, que accedió a su independencia a través de un referéndum tutelado por la Unión Europea. En vez de buscar una solución propia y adaptada a la realidad de los problemas que afectan a Cataluña, existe una necesidad obsesiva por parte de nuestros secesionistas de ir a buscar y a comprar el remedio fuera de nuestro contexto geopolítico y geoeconómico.

De todos los procesos contemporáneos de construcción y reafirmación nacional, el más duro e implacable es el del Estado de Israel, producto del ideario sionista, consistente en el traslado e implantación por la fuerza de población de origen judío en el territorio de Palestina. Es un modelo parecido al que impusieron los europeos anglosajones en Norteamérica o Australia, con la marginación y el exterminio de las tribus nativas.

La diferencia es que el pueblo judío instalado en Europa sufrió, durante siglos, una represión salvaje, con la culminación del genocidio del Holocausto. El componente religioso de la Biblia convirtió el territorio de Palestina en la “tierra prometida” y el sionismo impulsó, desde finales del siglo XIX, su ocupación. Primero, pacífica. Después, con enfrentamientos permanentes y sanguinarios con los británicos, que ejercían el dominio colonial, y los árabes, tanto los autóctonos de Palestina como los de los países vecinos.

De los 30.000 judíos que había en este territorio a comienzos del siglo XX hemos pasado a los siete millones que habitan actualmente en el Estado de Israel. Este espectacular crecimiento demográfico -con la llegada de migraciones masivas procedentes de Europa del Este, de África y de América…- se ha producido en detrimento de la población palestina, que ha perdido el control de la mayor parte de las tierras y de las localidades donde vivían, empezando por Jerusalén.

Hay una segunda diferencia a tener en cuenta: los palestinos no están solos, como los indios de los Estados Unidos o los aborígenes australianos. Forman parte del “umma”, la comunidad de 2.000 millones de personas de religión musulmana que hay repartidas por el mundo. Esto hace que su aniquilación resulte imposible, puesto que cuentan con una enorme y poderosa red de solidaridad.

Jordi Pujol siempre manifestó una gran admiración por la causa sionista y convirtió el Estado de Israel en su referencia para la “reconstrucción” de Cataluña. Educado en la Escuela Alemana de Barcelona, durante la época triunfante del III Reich, Jordi Pujol entró en contacto con el mundo judío a través del hombre de negocios Moisés David Tennenbaum, el socio de su padre en la aventura de Banca Catalana.

La historia de Cataluña no tiene nada que ver con la de Israel, más allá que las comunidades judías que había instaladas aquí sufrieron reiterados “pogromos” por parte de la población cristiana, hasta su expulsión de la península, en 1492. Es esta conexión a través de la creación de Banca Catalana la que explica la gran influencia que el ideario sionista ha tenido en el esquema mental y político de Jordi Pujol y, por extensión, del pujolismo más recalcitrante.

Si debemos establecer comparaciones, la población catalana originaria serían el equivalente a los árabes palestinos y la migración que se produjo a partir del siglo XX, procedente otras regiones de España, serían los judíos recién llegados que “ocuparon” y “colonizaron” este territorio. La historia de Israel, explicada al revés.

Entonces, ¿por qué esta obsesión de Jordi Pujol de establecer un paralelismo entre Cataluña y el Estado hebreo? En primer lugar, por su exaltación de la “voluntad de ser”. Los sionistas impusieron una nueva lengua y un alfabeto que eran desconocidos para la gran mayoría de los judíos de la diáspora. También organizaron el nuevo Estado con “conciencia de pueblo”, una fuerte disciplina y la militarización obligatoria de los israelíes.

Esta “tensión nacional” permanente forma parte de la ideología profunda de Jordi Pujol, que quedó plasmada en su Plan de Nacionalización, puesto en marcha en 1990, un documento de inspiración nítidamente totalitaria. Se trataba de hacer una “limpieza”, auspiciada desde el poder de la Generalitat, para expulsar el español y los españoles de la vida pública de Cataluña o forzar su asimilación a la “verdad” catalana.

Para promover y expandir esta Cataluña sionista, Jordi Pujol movilizó y apadrinó a un grupo de intelectuales y activistas, entre los cuales destacan la inefable Pilar Rahola, Joan B. Culla, Vicenç Villatoro, Marta Pesarrodona, Valentí Puig, Francesc-Marc Álvaro, David Madí…

Afortunadamente, este delirio de intentar hacer de Cataluña un segundo Estado hebreo -pero poblado con catalanes de religión católica, misa dominical y roscón- ha fracasado estrepitosamente con la caída del pujolismo y ha quedado barrido por el viento de la historia. Al contrario, Cataluña se ha convertido en uno de los lugares de Europa que más simpatiza con la causa palestina.

En el recuerdo quedan los viajes de Jordi Pujol y Artur Mas a Israel, la creación de los Mossos d’Esquadra con el asesoramiento de especialistas israelíes en seguridad o los servicios de contrainteligencia judíos contratados por la Generalitat. Santa Coloma de Gramenet nunca será la Franja de Gaza.

  

   

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