Iberia: el elefante en la habitación

Los acontecimientos se aceleran. El ataque de Hamás contra Israel abre un escenario terrorífico que iremos viendo cómo se concreta en los próximos días. Si las milicias de Hezbolá se acaban involucrando decididamente, el volcán estallará con toda su virulencia y estaremos a las puertas del infierno, con implicaciones directas sobre el conjunto de la humanidad.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) es más necesaria que nunca. Es el único instrumento que tenemos para resolver los conflictos bélicos como éste. Pero las grandes potencias ya hace años que han decidido pasarse por el forro la autoridad moral de la ONU y desobedecer, cuando no les interesa, sus resoluciones. Parece que no hemos aprendido de los errores y de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que en los centros de poder la pulsión del odio y de la destrucción es más fuerte (y rentable, a corto plazo) que los regalos que nos dan el amor y la vida.

En este marasmo vertiginoso en el cual estamos inmersos –y del cual habrá que ver cuándo y de qué manera saldremos–, ha pasado como una estrella fugaz la noticia que la FIFA ha decidido otorgar la organización del Mundial de fútbol del año 2030 a España, Portugal y Marruecos. Este deporte es un fenómeno global, con una enorme capacidad de movilización de masas y de atracción mediática.

Por eso, la celebración del Mundial del 2030 en la península Ibérica y en Marruecos es una oportunidad única para focalizar la atención internacional en este rincón del mundo donde habitamos, preñado de futuro. Las autoridades de los tres países están obligadas, por fuerza, a trabajar conjunta e intensamente para que esta competición sea un éxito organizativo.

Por consiguiente, hace falta que los gobiernos Madrid, Lisboa y Rabat se pongan las pilas para acometer, a continuación, las infraestructuras necesarias para acoger este acontecimiento. No solo la remodelación de las instalaciones deportivas donde se disputarán los 104 partidos programados, también las conexiones. Clama al cielo que, todavía hoy, esté sin acabar la línea de alta velocidad que tiene que unir Lisboa con Madrid. En cambio, y de manera meritoria, Marruecos ya tiene un moderno AVE en funcionamiento entre Tánger-Rabat-Casablanca.

Tal vez estamos hablando de un hito utópico, pero la celebración del Mundial del 2030 también tendría que servir para impulsar la gran obra de ingeniería que hay pendiente de construir en el planeta: el establecimiento de un enlace fijo, por túnel, en el estrecho de Gibraltar, que una los continentes europeo y africano. De este proyecto hace décadas que se habla y ya hay los estudios geológicos y técnicos hechos, pero hacen falta la voluntad, el presupuesto y la financiación para emprender los trabajos de este colosal reto. Ya avanzo que en mi horizonte vital, la promoción del túnel de Gibraltar y la unión de las columnas de Hércules será una de mis ocupaciones profesionales futuras.

Las relaciones entre España, Portugal y Marruecos se estrecharán todavía más en los próximos siete años, creando sólidos puentes de colaboración y sinergias durables. Estoy convencido que el Mundial de fútbol del 2030 ayudará, de manera decisiva, a la propulsión y expansión del movimiento iberista –al cual contribuyo con la edición del diario eltrapezio.eu–, que propugna la consolidación de la península como un hub geopolítico y geoeconómico de dimensión global.

Iberia es el elefante que tenemos en la habitación y que somos incapaces de ver. La división entre España y Portugal, que databa del siglo XVII, quedó difuminada con la entrada de ambos países en la Unión Europea en 1986. Hoy solo nos separan las fronteras mentales, culturales y lingüísticas, que son fáciles de superar si nos lo proponemos, pero que constituyen una barrera objetiva. La firma, en 2021, del nuevo Tratado de Amistad entre España y Portugal es un pilar fundamental que anticipa la reunificación peninsular.

Están, es obvio, las atávicas reticencias y los miedos de los portugueses a ser deglutidos por la superioridad demográfica y económica del vecino de levante. Hay que decirles, sin embargo, que existe un ambicioso proyecto que nos concierne y que merece la pena de abordar: la comunidad de la iberofonía, que alcanza a los países de habla hispana y portuguesa que hay en la península, en América y en África. Somos 800 millones de personas en todo el mundo que tenemos unas lenguas de raíz latina intercomprensibles, con grandes países que son potencias emergentes, como México, Brasil o Angola.

No solo la península Ibérica es el hub planetario que une dos mares y cuatro continentes. También es la cabeza de puente en la Unión Europea de la enorme fuerza que representa el mundo de la iberofonía. No estamos hablando de escenarios futuribles: hoy, Portugal y España ya son la pista de aterrizaje de los empresarios, de los profesionales  y de los trabajadores americanos y africanos que quieren instalarse y prosperar en Europa. Se complementa, así, el viaje de ida que hicieron, en los siglos pasados, los españoles y los portugueses en el descubrimiento y colonización de las tierras americanas y africanas.

Todo esto, claro está, cuelga de la estabilidad del mundo, ahora mismo sacudida por el peligroso salto cualitativo dado por Hamás en el enfrentamiento Palestina/Israel y por la inacabable guerra de Ucrania, de incierto final. Hay que decir que en el esquema multipolar que se dibuja -con focos en los Estados Unidos, China, la Unión Europea e india- la comunidad de la iberofonía es un quinto vértice, con unas particularidades y características muy interesantes: se trata de países que, después de largos periodos de regímenes autoritarios, han abrazado la democracia; son fervientes partidarios de la paz y la no- beligerancia; tienen una especial sensibilidad social en sus políticas públicas y disponen de un enorme potencial de desarrollo y crecimiento económico.

El Mundial de fútbol del 2030 es la ocasión para despertar y abrir los ojos a esta nueva y prometedora realidad. Otro mundo es posible, sí, y lo tenemos delante de nuestras narices.

 

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