El país de los espías

Yo he sido espiado. Existe constancia documental de ello. Fotos mías de seguimientos policiales estaban en la montaña de documentación que los Mossos d’Esquadra intentaron destruir en los hornos de la incineradora de Sant Adrià de Besòs el 26 de octubre del 2017, en vísperas de la proclamación de la DUI fake y cuando ya era inminente la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la intervención de la Generalitat.

La Policía Nacional confiscó las 36 cajas con esta documentación “sensible” a las puertas de la incineradora y es así como se pudo saber que decenas de personas habíamos sido objeto de seguimientos y de espionaje por motivos políticos por parte de los Mossos, sin ningún mandato judicial que lo avalara. El entonces jefe de Información de la policía catalana, Manel Castellví, lanzó a sus “perros” contra un grupo de “sospechosos” -entre los cuales yo figuraba- de estar en contra del proceso independentista y de formar parte de una “conspiración secreta” para intentar pararlo.

A mí, la verdad, tener conocimiento de este espionaje del cual fui víctima me produjo risa. En primer lugar, porque no tengo nada que esconder. Quien quiera saber de mí y de mi trayectoria vital, solo tiene que leer los miles de artículos y los libros que he escrito desde que empecé a ejercer de periodista, en 1976, cuando tenía 17 años. Aquí está, de manera transparente, el fiel reflejo de mi existencia y de mi pensamiento. Todo aquello que sé, que puedo demostrar y que considero que es de interés público lo explico negro sobre blanco, en papel impreso o en las webs en las cuales participo.

En segundo lugar, porque de espionajes, de detectives, de pinchazos, de infiltrados, de sicarios y de traidores la historia de Cataluña de las últimas décadas, que he tenido la oportunidad de vivir en primera fila, está llena. Joaquín Gambín (caso Scala), los “mortadelos” y el Escamot 16 de los Mossos, los servicios israelíes de Javier de la Rosa, El Lobo y la célula del Cesid en La Vanguardia, Método 3, el Intelligence Bureau de Juan de la Torre, Xavier Martorell y los espionajes del Barça de Joan Laporta, el Cesicat de Felip Puig, las antenas de Villarejo en Barcelona, la “policía patriótica” de Jorge Fernández Díaz, el omnipresente CNI… ¡Esto ha sido uno no parar!

Por eso, me da risa todo el escándalo que ha montado el independentismo con la supuesta infección de los teléfonos móviles de unas sesenta personas de este entorno con el spyware Pegasus. El caso, destapado por la revista The New Yorker, es muy confuso. Por ejemplo, resulta muy sospechoso que el principal denunciante, Elies Campo -un independentista hiperventilado-, sea, a la vez, víctima y miembro del equipo de CitizenLab que ha certificado el espionaje.

Además, tal como ha demostrado EL TRIANGLE, el Catalangate es un montaje propagandístico que se estaba cocinando desde hace meses para hacerlo estallar, exactamente, ahora, cuando el Parlamento europeo ha iniciado un debate para acabar con los sistemas de espionaje de los móviles. Así lo demuestran las webs, los videos y el merchandising que, en paralelo, se han puesto en marcha y que requieren un periodo previo de diseño y de producción.

En cuestiones de espionaje, yo soy un gato viejo. Confieso que me chocó tener conocimiento que David Madí me había grabado la reunión que mantuvimos, en 2001, en su despacho del Palau de la Generalitat, cuando era secretario de Comunicación del gobierno. Lo explicó y presumió de ello él mismo públicamente durante un juicio posterior en el cual lo acusé de prevaricación por excluir a EL TRIANGLE del reparto de la publicidad institucional.

Me pareció muy gordo y del todo inadmisible que un servidor público me espiara una conversación en su despacho oficial. Pero esta anécdota me sirvió para tomar conciencia que, con los adelantos tecnológicos, todos, absolutamente todos, somos vulnerables y que la privacidad está permanentemente amenazada.

Por eso, tomé la determinación de hablar, donde sea y con quien sea, con la certeza que puedo ser grabado y esto me da una gran tranquilidad de espíritu y de conciencia. ¡Pero si Google sabe todos mis movimientos y tiene la gentileza de hacerme un resumen y enviármelo a mi mail cada mes!

El mejor antídoto contra la espionitis que nos invade desde hace años es la transparencia y el sentido del humor. No tener nada es la mejor vía para no tener que ocultar nada. ¡Y reír está demostrado que es una recomendable fuente de salud!

(Pasados los años del episodio de David Madí, resulta que él mismo fue víctima de las grabaciones telefónicas, en este caso bajo mandato judicial, como sospechoso de participar en el montaje del Tsunami Democrático. A causa de las grabaciones de sus conversaciones conspirativas, ahora está doblemente imputado en el caso Volhov y en el caso Triacom de corrupción y tiene un panorama personal muy complicado. Los hindúes lo llaman karma.)

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