Tan lejos y tan cerca

Me imagino una familia de Ucrania. Una familia de Mikolaiv o Járkov. Una familia de cuatro miembros, como la mía. Una familia que el invierno pasado celebró, como centenares de miles otros, la Navidad y el Fin de año. Una Navidad que, además, presentaba, para muchas personas, un carácter especial, puesto que, después de dos años de pandemia, permitía el reencuentro de familiares y amistades. Pero, exceptuando este elemento, eran unas vacaciones navideñas más. Sí, eran unas fiestas ordinarias, porque todo el mundo (o una gran mayoría de la sociedad) las tiene marcadas en el calendario y porque todo el mundo (o una gran mayoría de la sociedad) prevé celebrarlas el año siguiente.

La familia que me imagino quizás debatió durante la comida de Navidad. O quizás no. Quizás se abrazó antes de abrir los regalos. O quizás nada de todo esto. Pero, en todo caso, era una familia como la mía. Una familia que tiene días más aburridos y otros de más divertidos. El padre y la madre de esta familia quieren que su hijo y su hija tengan más oportunidades que las que han tenido ellos, y anhelan que estos puedan estudiar en la universidad. Por su parte, el hijo y la hija se quejan de cómo imparten las clases algunos profesores en la escuela, y se angustian cuando tienen muchos deberes o exámenes. Es una familia que, además, puede permitirse de vez en cuando ir al cine o al teatro. Una familia, en definitiva, que bebe de la cotidianidad diaria que tienen la mayoría de las sociedades occidentales. Una cotidianidad, todo sea dicho, que representa la mayor etapa de prosperidad y progreso a buena parte del continente europeo.

Nada (o prácticamente nada) hace presagiar que, de un día para el otro, todo esto se pueda acabar. Y esto es justamente lo que ocurrió pocas semanas antes del día 24 de febrero. O, incluso, algunas familias lo vieron el mismo día. La invasión rusa de Ucrania rompió un modelo de vida. Un modelo de vida que esta familia daba por asentado. ¿Quién se podía imaginar que en 2022 habría una guerra en Europa? El hijo y la hija, que solo han vivido en democracia, se imaginaban que el paradigma político y vital había sido siempre este. Pero no. Y ahora solamente les queda la lucha por su supervivencia. Una supervivencia que vive sumergida en una sociedad que está dominada por la destrucción, la muerte y el horror. Y también queda mi convicción que esta familia podría ser perfectamente la mía.

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