Con las cosas de comer no se juega

Los paparajotes que se prepararon en Murcia hace casi un año, salieron más ácidos que dulces. Diríase que el amargor de la hoja del limonero estaba demasiado presente, quizá se debió a haber seleccionado los ingredientes sin la necesaria mesura ni haber trabajado el rebozado con el tiempo que requiere.

Aquel postre hizo que alguien, sin pensárselo dos veces, preparase en la Villa y Corte unos barquillos de rauda factura, pecando de exceso de esa tan cordial como indigesta sal añadida para darle el toque “a la madrileña” antes de sacarlos a la mesa a toda prisa.

Transcurridos unos meses, llegamos a la pitanza servida en la extensa comunidad autónoma de Castilla y León, en el vasto territorio en el que tantos postres conviven en bandejas juntas pero no revueltas. Resultado: del exceso de huevos al cierto regusto de testosterona capaz de arruinar cualquier final de banquete, sólo hay un paso. Entre que las yemas de Santa Teresa que en Ávila han endurecido su liviana consistencia previa, que desde el Reino de León alguien viene regando los mantecados de Astorga con su generoso chorro de regionalismo o que la mantequilla de Soria salió esta vez con sabor a dulce recuento para unos y a grasiento escrutinio para otros, nos está quedando una mesa muy poco apetecible.

Desaparecen las fuerzas políticas necesarias para la función de bisagra, retrocede la racionalidad para dejar paso al empujón y al calentón, los particularismos flamean como nunca. ¿Quizá no se ha sabido interpretar la necesidad de cada territorio? ¿Puede que los grandes partidos tengan grandes objetivos para grandes territorios pero no el suficiente cable a tierra para que la sonda de lo particular sea de precisa medida?.

El péndulo identitario atrae en su magnetismo a más partículas sueltas que nunca, es el polo imantado eficaz de los tiempos que corren. ¿Hay que jugarlo o hay que rebatirlo con argumentos racionales pero también con eficacia en la gestión de lo próximo?

¿Hemos sobrealimentado la identidad construida, improvisando una reacción ante la acción de otra polarización identitaria previa? ¿Siempre es válido usar la mora verde para borrar la mancha de mora madura o hay otros quitamanchas eficaces fuera de esa lógica de “homeotintorería” natural?. ¿Y si negásemos la mayor, proclamando que la sublimación de la identidad no es más que otro mecanismo de control anestesiante para que nos inhibamos de los problemas reales?

Cuando se ha dado alas a personajes que “dan bien ante la cámara” porque representan lo pretendidamente común, que encienden polémicas porque sí y porque encenderlas remueve mecanismos irracionales y da audiencia, que ejemplifican el perfil de líder hecho a sí mismo, o que instalan los nativismos en el imaginario de los medios, se está sembrando reacción en lugar de razonamiento, impulso en lugar de reflexión, víscera en lugar de cerebro.

El mismo mecanismo que opera para hacer subir la audiencia como la espuma, llevando la clara al punto de bola idóneo para preparar la variedad de papeleta al aroma de dulce populismo, rellenando la urna de espumas del momento y de esencias de gaseoso impulso que igual votó anteayer al partido naranja que hoy a la candidatura verde lima, se está labrando el fin de la política como la conocimos.

¿Este voto representa la protesta de quien se siente ignorado?. ¿Esa bolsa electoral es sólo voluble o también piensa?. ¿Ese pensamiento ha sido convenientemente modulado por perversos muñidores desde oscuros despachos o todo es más sencillo de lo que parece?.

Si bien hay líderes políticos que sitúan el horizonte a un palmo de sus narices y en la perpendicular de su ombligo, también hay “buenos patrones” que gobiernan medios de comunicación a los que cabría exigir responsabilidad social. Cabría si no fuera porque todo lo hemos dejado en manos, no ya del mercado sin más (prescindimos del adjetivo “libre”: si es libre, no es mercado; si es mercado, no es libre), sino de la subasta de audiencias. Subasta que modela las mentes de quienes después votan. Y a ambos bandos habría que exigir responsabilidad: tirios y troyanos, líderes políticos y caciques de los medios.

Otras espumas emergentes en el pasado reciente son hoy recuerdo, apenas aroma, eco si acaso, en las bancadas de los parlamentos desde donde se decide sobre “las cosas de comer”, sobre nuestras vidas cotidianas y sobre nuestro cuerpo de derechos.

Del “calma, no son representativos”, al “son cuatro frikis, pasará“ o al “sólo son apoyos externos, no gobiernan” y de ahí al “ya están en el gobierno” ha transcurrido un tiempo demasiado valioso. Un intervalo precioso que nunca debimos habernos permitido perder. Es necesario ahora, y lo fue hace ya tiempo, construir un cordón sanitario, un escudo de protección que blinde los mínimos de la sociedad civilizada, del estado de derecho (con sus minúsculas de bien común y cotidiano) para que nunca nadie que pretende dinamitar las bases de la convivencia pacífica llegue a gobernar o a condicionar gobiernos.

Recordando el vetusto dicho “¿de qué color es el caballo blanco de Santiago?”, ¿qué más da ahora su color?. Ahora, el ínclito Santiago, recién descendido de su cabalgadura, ya hasta se permite señalar, bien henchido de soberbia, quién debe ser vicepresidente de ese maravilloso y extenso territorio desde el que emprender su embestida hacia horizontes más amplios. Y el propuesto como vicepresidente ya ha anunciado que su pretensión es derogar, de entrada, las leyes de violencia de género y de memoria histórica de competencia autonómica.

Alerta a todas las cocinas y a todos los obradores: dentro de no mucho nos espera otra lifara, esta vez más al sur y con muchos comensales, en la que puede que nos sirvan como postre unos pestiños difíciles de tragar.

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