¿Guerra en Ucrania? No, gracias

Que no se equivoquen los líderes políticos mundiales. Si la población del planeta ha seguido mayoritariamente sus instrucciones y restricciones durante la pandemia de la covid-19 no ha sido por su cara bonita ni por su carisma ni por el miedo al castigo. El factor determinante de este ejemplar ejercicio de obediencia y de disciplina colectiva que hemos protagonizado durante los últimos dos años ha sido por responsabilidad personal y familiar y porque contaba con el firme aval de la inmensa mayoría de científicos y de los médicos.

La respuesta de la humanidad para protegerse y proteger a los demás de la covid-19 no quiere decir que seamos un rebaño de corderitos, fácilmente dirigibles y manipulables por los poderes políticos. Al contrario, la intensa circulación de la información -a pesar de la interferencia de perversiones indeseables como las fake news– nos hace más adultos y más libres a la hora de tomar nuestras decisiones y de actuar en consecuencia.

Desde esta constatación, hay que expresar un no contundente, rotundo y definitivo a los tambores de guerra que resuenan al este de Ucrania y a la supuesta agresión bélica que, según la OTAN, prepara, para los próximos días, el presidente ruso, Vladímir Putin.

¿Una guerra en Europa en el año 22 del siglo XXI? No, gracias. A quien le pase por la cabeza, justifique y difunda esta hipótesis tiene que ser señalado y expulsado de la vida pública internacional de manera fulminante. Si hay que organizar una manifestación planetaria contra esta amenaza de guerra, yo seré el primero en apoyarla e ir. Imaginar que se tiene que producir, de manera inminente, una masacre de población civil ucraniana por un conflicto absurdo y ridículo entre la OTAN (Estados Unidos) y Rusia es un insulto a la inteligencia.

Si Vladímir Putin, Joe Biden y los dirigentes de los principales países europeos son incapaces de reconducir esta artificial escalada de la tensión, es el momento que la sociedad civil organizada les haga frente y les haga sonrojar de vergüenza ante las pulsiones criminales y genocidas que demuestran tener y que no saben gestionar ni controlar. También es la hora que los buenos hombres, como António Guterres, secretario general de la ONU; el papa Francisco o Kiril I, el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa, levanten su poderosa voz para calmar los ánimos, apelar a la cordura e imponer la paz.

Ucrania, como la mayoría de los Estados que hay en el mundo, es una sociedad plural y mezclada, fruto de una historia secular y a menudo traumática. No por eso, está condenada a la conflagración bélica ni a la limpieza étnica. Al contrario, la buena política sirve para aprovechar los valores y las aportaciones de la coexistencia pacífica entre diferentes. Suiza nos ha dado ejemplo de ello desde hace centurias.

En el mundo se calcula que hay más de 30.000 armas nucleares, en su gran mayoría en manos de los Estados Unidos (OTAN) y Rusia. La capacidad de destrucción de este escalofriante arsenal atómico, si se utiliza, puede aniquilar centenares de veces la vida sobre la Tierra, incluyendo la totalidad de la población humana. ¡Hasta este punto ha llegado la locura y la peligrosidad de los dirigentes políticos, pasados y presentes, de las superpotencias mundiales!

En este contexto, imaginar una invasión rusa de Ucrania con armamento convencional (tanques, cañones, aviones de combate…) es una broma grotesca, a pesar de las reiteradas advertencias en este sentido de la Casa Blanca y del Pentágono. Toda la parafernalia militarista que estamos viviendo estos días, con la movilización de tropas y el despliegue preventivo de material bélico, es un teatro que, eso sí, tiene como consecuencia directa la subida incesante de los precios del petróleo y del gas.

En el porvenir está escrito que la Unión Europea y Rusia están condenados a estrechar todavía más las relaciones comerciales y políticas, creando una potente comunidad euroasiática. Del mismo modo que la OTAN y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), que lidera Rusia, tendrán que desinflamar su vocación militarista para dedicarse a garantizar la estabilidad de un mundo en paz.

Hay países donde la coexistencia Este-Oeste es difícil y, a veces, saltan chispas, como es el caso de Ucrania, pero también en Bielorrusia, Georgia, Kazajistán, Kurdistán… o en los confines del polo norte. Pero no hay nada que la diplomacia, si está guiada por un propósito constructivo, no pueda apaciguar y arreglar.

En plena Guerra Fría, los presidentes John F. Kennedy y Nikita Jruschov fueron capaces de parar y desactivar la crisis de los misiles, mucho más peligrosa que no el conflicto originado por la oposición frontal de Rusia a la posible entrada de Ucrania en la OTAN. Si todo el mundo, empezando por China y la Unión Europea, trabaja por un futuro planetario en paz, y dado el inconmensurable potencial destructivo de los arsenales nucleares existentes, lo más sensato y razonable es hacer caso a la reclamación de Vladímir Putin, que, como es lógico, no quiere los misiles del OTAN en la puerta de su casa.

Los rusos y los europeos tenemos una larga historia de relaciones comunes y, objetivamente, nos necesitamos para vivir juntos mejor. No es solo el gas o las materias primas. El entendimiento entre el mundo eslavo y el mundo europeo puede ser todavía más fructífero, empezando por la adhesión de Serbia al club de Bruselas. En este sentido, Ucrania y Bielorrusia pueden ser puentes -en vez de trincheras- que faciliten -en vez de enturbiar- este inevitable reencuentro y consolidación de un espacio euroasiático de colaboración profunda y de largo alcance.

Paz, solo paz y siempre paz. La humanidad ha aprendido de sus errores/horrores y ya no aceptará, nunca más, el lenguaje de las armas ni de las guerras. Los líderes políticos mundiales tienen que ser conscientes de esta convicción irreversible incrustada en nuestra genética colectiva y que nadie conseguirá modificar, ni con manipulaciones ni con mentiras.

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