«La extrema derecha intenta polarizar más a la sociedad»

Entrevista a Steven Forti

Profesor asociado de Historia contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador en el Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nova de Lisboa. Es coautor de Patriotas indignados (Alianza editorial), y acaba de editar Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (Siglo XXI).

¿Por qué extrema derecha 2.0?

Este concepto trata un poco de aclarar qué son las nuevas formaciones de extrema derecha en la actualidad, desde el trumpismo a Vox; Salvini, Le Pen, Orbán, Bolsonaro… Son algo distinto de las extremas derechas del pasado. Algo que conecta con un debate largo y tendido que sigue habiendo tanto en la Academia como en los medios de comunicación. La pregunta gira no solo en torno a cuáles son las razones de su auge, sino también cómo vamos a denominar el fenómeno ¿Son fascismo? ¿Neofascismo?… Con 2.0 quiero remarcar que es algo distinto, lo cual no quiere decir que no haya elementos de continuidad, más o menos visibles según los países, partidos…  Pero es un fenómeno radicalmente nuevo. No es ni el fascismo de los años de entreguerras, ni los neofascismos de la segunda mitad del siglo XX. Tampoco es el populismo. Vivimos en una época empapada de populismo y si entendemos el populismo no como ideología (porque carece de corpus doctrinal), sino como lenguaje, retórica, estilo… No son únicamente las extremas derechas quienes utilizan las herramientas populistas. Lo hacen prácticamente todos en la última década, algunos más que otros ¿La extrema derecha es populista? Sí, pero no es lo que la define, principalmente.

¿Tiene el 2.0 algún parentesco con las TIC, como su nombre indica?

Sí, con el 2.0 se requiere remarcar la importancia de las nuevas tecnologías y de las redes sociales. Han sido usadas con mucha habilidad y de forma incluso ilegal, en muchos casos, por parte de los partidos de extrema derecha, para difundir su discurso y aumentar sus consensos. También hay que remarcar que, aunque el trumpismo y Vox tienen muchas diferencias, o que Salvini y Bolsonaro también las tienen, al final son más los elementos que comparten con los que les diferencian. Así, podemos hablar de una macro-categoría, que engloba a todas.

“Nosotros, primero”; “nos roban”… ¿Qué comparten las extremas derechas?

Hay una serie de elementos, desde el punto de vista ideológico, que todas estas formaciones comparten. En primer lugar, un nacionalismo exacerbado, la defensa de la recuperación de la soberanía nacional. Algo que enlaza con la crítica al multilateralismo, y a instituciones supranacionales, como es en nuestro caso la Unión Europea. También coinciden en presentar el pasado nacional como una arcadia feliz, a la cual se puede y se debe volver. Algo de lo cual forma también parte la soberanía… Otra cuestión compartida es la islamofobia y la presentación de los emigrantes como una amenaza. La teoría del gran reemplazo, de la sustitución de la población blanca, cristiana europea o norteamericana, con emigrantes procedentes de otros países. En Europa, sobre todo de países musulmanes de África y Asia. Además de la xenofobia, aparece la amenaza a la identidad étnico-racial; el identitarismo o nativismo, una mezcla de nacionalismo y xenofobia. 

¿Todo ello, con la ceremonia de la confusión?

También resalta el parasitismo ideológico de estas formaciones. Se presentan como ni de derechas, ni de izquierdas; de derechas (sin extremos, ni radicalismos), y hasta de izquierdas. Juegan con el confusionismo y utilizando un lenguaje que, a veces, es transgresor, provocador, rompedor… Con figuras, como Gianopulos, influencer trumpìsta, explícitamente gay, misógino, anti-emigración… Sobre todo, recurriendo a las que Spinoza definía como pasiones tristes: el miedo y el odio. Cuestiones, viralizables, que hacen que se difundan más. En su estrategia, todas estas extremas derechas se presentan como formaciones que defienden el sentido común, de la gente de a pie. No se consideran extremistas, radicales. Algo que tiene también que ver con el fascismo histórico. No se habla de líderes con chupa de cuero, una esvástica tatuada, el saludo romano y la cabeza rapada. Se presentan con americana y corbata, y entre ellos hay también mujeres. Recurren a las emociones, en contra de la racionalidad, en su discurso político. Cosa que se ve muy bien en las redes sociales. En cada lugar, claro, esta extrema derecha adquiere perfiles propios, en función del contexto político, la cultura, la historia…

La Ilustración ha perseguido liberar a los hombres del miedo. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad, comienzan diciendo Adorno en su Dialéctica de la Ilustración…

Vivimos en unas sociedades en las que se están produciendo transformaciones muy drásticas, en el mundo del trabajo (digitalización, robotización, inteligencia artificial…), en los medios de comunicación, en las mismas relaciones personales, el cambio climático… Todo esto produce, al menos, preocupación. Una sensación que puede ser racionalizable, pero que, cuando se desborda (a veces, ayudada por algunos partidos), aparece el miedo. Una emoción, un sentimiento muy difícil de controlar y con consecuencias políticas muy claras. Por ejemplo, como utiliza la extrema derecha a los emigrantes para hablar de invasión. Con el bombardeo mediático, hay gente que compra respuestas sencillas a problemas complejos.

¿La distopía, tan a la mode, también se inscribe o abunda en las corrientes catastrofistas que alienta y explota la extrema derecha?

Cada fenómeno tiene sus peculiaridades, pero claro que la extrema derecha instrumentaliza los negacionismos y alienta una visión oscura del futuro. Está clara, por ejemplo, la infiltración de la extrema derecha en el movimiento antivacunas, en Italia, Austria, Holanda, Bélgica… La extrema derecha trata de polarizar más la sociedad. Crear una masa de descontentos, enfadados, enragés, para pescar en río revuelto. Lo hacen con todo. Sobre todo, con cuestiones que dividen mucho y pueden romper los roles clásicos izquierda-derecha, incluidas las que los politólogos llaman “culturales”: aborto, migrantes, LGTBI o el feminismo.

El último invento de la extrema derecha, el francés Eric Zemmour, a contracorriente de las imágenes mostrencas propias del movimiento, se presenta como un intelectual refinado, aunque faltón. Surfea, se dice ¿Es esto lo que nos espera?

Veremos qué pasa con Zemmour. Podría ser un fuego fatuo. En cualquier caso, no creo que representa un ejemplo del intento de rearmarse de la extrema derecha. Lo han venido haciendo y han dado la batalla cultural desde los años 70, como menos, con Alain de Benoist. Luego, en los 90 y en la actualidad, vemos los frutos de ese trabajo. Lo más significativo de Zemmour, en línea con Salvini, Trump, Bolsonaro, Abascal inclusive, es el estilo provocador de alguien que se enfrenta a un supuesto marxismo cultural hegemónico, a la izquierda y contra la dictadura “progre”, o del políticamente correcto. «Yo digo lo que me da la gana”. Esa transgresión del concepto de libertad, vaciado.

¿No hay un vínculo maldito entre este estilo y el uso de las redes, tan proclive a la especulación, a quien la dice más gorda?

Las extremas derechas son fuertemente tacticistas. No es que no tengan ideas, pero pueden cambiar rápidamente de posición sin casi inmutarse. Fíjate cómo ha ido cambiando Marine Le Pen o Salvini respecto a la Unión Europea. Ya no defienden la salida del euro o de la propia Unión. Es cierto que la fungibilidad, digamos, de la información parece favorecer el tacticismo de extrema derecha, pero también lo es que ahora nos olvidamos de lo que se decía hace una semana. Lo que intentan es marcar el debate. Piensa en los tuits de Trump, que se convertían en auténticas bombas, y a las 24 horas decía otra cosa distinta. 

¿Qué decir de los conservadores históricos, siempre mirando obsesivamente a su derecha, como es el caso aquí con el PP?

Este es un tema crucial ahora y en el futuro. Los conservadores son actualmente el eslabón débil de la política europea. Si acaban abrazando a la ultraderecha, apaga y vámonos. Ya lo vimos con los fascismos. Fueron los conservadores quienes alentaron la bestia y acabaron devorados por ella. Hay diferencias: en Gran Bretaña los tories acabaron convertidos en el Brexit Party; en Italia la derecha liberal fue hegemonizada por Salvini; vemos lo que está pasando en España, con un PP cada vez más cercano a VOX. En Alemania, sin embargo, Merkel estableció un cordón sanitario con la extrema derecha. Veremos qué pasa ahora.

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