La hora de Xavi marcará el futuro de Laporta

La expectativa de recuperar al mejor Barça de la historia es demasiado riesgo para un equipo que ha fichado a Alves pero que ha perdido a Messi

Hace apenas ocho meses, el barcelonismo votaba en masa a Joan Laporta porque el Barça prometido superaba de largo las expectativas del resto de los candidatos: era un Barça con Messi, renovado y más motivado que nunca, probablemente con un entrenador de bandera, tipo Klopp o Nagelsmann, o el propio hijo de Cruyff, que podía reencarnar la figura de su padre para dirigir la nave. 

También fue prometida la recuperación económica, fácil, sencilla y rápida una vez eliminado el principal obstáculo que era Josep Maria Bartomeu, así como la inminente llegada de cracks sin descartar a nadie, bien podía ser Halaand, Mbappé o Neymar, al que se le hizo llegar una oferta. 

¿Y por qué no los tres…? Laporta no dijo que no y llegó recibir al padre y al representante del delantero noruego en Barcelona para darle pábulo al posible fichaje.

Hoy la única promesa de Laporta es que no descarta a Iniesta ni a Messi después de haber recogido del paro a Dani Alves tras analizar unos vídeos del extraordinario defensa brasileño que, por lo que se ve, sigue en plena forma a sus 38 años. Ha sido una suerte que no hubiera rivales en el mercado, ninguno, y que quedara un pequeño rescoldo del margen para fichar con el que, confirmado desde el propio club, no habrá ninguna otra incorporación en el mercado de enero a menos que se produzcan ventas del todo extraordinarias.

Que se sepa, en ningún momento Laporta prometió, ni mentó siquiera, a los jugadores de la Masia que han de salvar la temporada y mucho menos a Xavi, del que sí admitió que ni estaba preparado ni vendría porque Víctor Font no ganaría las elecciones. 

No entraba en su cabeza ponerse en manos de Xavi, motivo principal por el que decidió mantener a Koeman, al que tampoco quería ni estaba dispuesto a mantener. Koeman, eso sí, no le daba problemas, permitía los traspasos, aceptaba el cuadro técnico de fisios y preparadores físicos, nunca se quejó por perder a Suárez, Rakitic, Messi o Griezmann y hasta cooperó con la misión imposible de jugar con Luuk de Jong en punta. 

Incluso calló cuando, sospechosamente, el equipo tenía la Liga en sus manos, tras ganar la Copa del Rey, y algo o alguien se lo cargó metiendo un virus en el vestuario. Lo mismo que, tras arrancar dándole un meneo a la Real Sociedad, hoy líder de la Liga, ese virus tan extraño volvió a activarse.

Claro está que al presidente no le importó cantar y bailar junto a Xavi en la presentación del nuevo fenómeno técnico al que, obligadamente por las circunstancias, pero sobre todo porque Laporta nunca ha tenido ningún plan deportivo ni personas en las que depositar su confianza, ha encadenado su futuro. 

Ahora parece estar claro, también, que Laporta ya ha quemado varios de sus cartuchos, la mayoría en forma de promesas incumplidas y de espejismos sobre una realidad que emerge implacable por encima de tanto humo y de una cobertura mediática ciertamente eficiente y organizada. No hay medio ni periodismo que no esté dispuesto a excusar y justificar sus decisiones, nadie le tose ni le discute, al contrario, lo que diga o haga porque si alguna habilidad posee es la de controlar ese poderoso entorno de la prensa.

Laporta, sin embargo, no es un gran comunicador sino alguien tan capaz de mentir sin pestañear como de decir hoy lo contrario de ayer y de parecer indignado cuando alguien sugiere que sus embustes no se sostienen. Ese Laporta, imbatible, ya exhibió esas mismas constantes, asombrosas, durante su primer mandato. Llegó a decirse de él que era el “Kennedy catalán” y a ser postulado como futuro presidente de la Generalitat. Se decía entonces que el Barça le quedaba pequeño. 

Eso fue mientras tuvo la cobertura de una directiva con notables y dignísimos barcelonistas que, como no podía ser de otro modo, le fueron abandonando. Cuando a él le tocó gestionar de verdad acabó siendo objeto de un voto de censura del que se salvó haciendo todas las trampas posibles y a su alcance. Aun ganando luego títulos y más títulos el socio le dio completamente la espalda eligiendo a Sandro Rosell como presidente con una más amplia mayoría, arrastrando al laportismo al olvido.

La historia se repite con la diferencia de que ahora todo va más deprisa y que se ha dado prisa en evitar que nadie controle ni fiscalice todo lo que el ojo no ve, las mil diabluras de un día a día de gestión interna plagada de actuaciones sospechosas, irregularidades y ventajistas. Vuelve a hacerlo, vuelve a aprovecharse escandalosamente de su poder como presidente y a exprimirlo. 

Xavi es la nueva distracción, como Alves, y no descarta, dice, a Iniesta y a Messi, poseído por esos arrebatos que también dejan a la prensa en shock. Eso le encanta, es su fuerte, nombrar a Messi en vano, y muy arriesgadamente, o decir, porque se le ocurre, que ampliará el Johan Cruyff a 50.000 espectadores.

El peligro es que, en el plano deportivo, vive al día, improvisa, ofrece pan y circo a la plebe sin calcular las enormes expectativas que ahora despierta el equipo y sin medir las consecuencias de cada paso. Equivocadamente, Laporta cree que ahora ya no se le juzgará a él por lo que pase en el campo sino a Xavi. La gestión de Koeman, pésima en todas las direcciones, la mentira sobre la renovación de Messi y sobre el súper equipo prometido son cuestiones que efectivamente se olvidarán rápido porque de eso se trata, de gestionar tapando agujeros de un día para otro hasta que esa manera de obrar se proyecta de pronto en su conjunto. 

A Laporta le conviene, mucho más de lo que cree, que Xavi le dé lo que el barcelonismo espera, recuperar ese equipo maravilloso del 2008-09. 

La cuestión es si con Xavi en el banquillo, Alves reciclado y Messi en París esto va a salir como se espera. Ese equipo, ese juego y esos éxitos encadenados no volverán en mucho tiempo. Porque eso sí es imposible.

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