Un error

El independentismo vivió el otoño de 2017 como su  punto y final. Cataluña dejaría de formar parte de España. Por eso, durante meses y meses varios propagandistas recorrieron Cataluña palmo a palmo prometiendo la buena nueva tal como profetas de una nueva fe.

Por eso, en septiembre de 2017 el Parlament fue el lugar donde se tenía que certificar el primer round de esta ruptura. Fue un largo pleno, de los días 6 y 7 de septiembre. A pesar de no estar en el orden del día, las fuerzas independentistas forzaron la votación de dos leyes clave: la del referéndum y la de desconexión con España.

El itinerario jurídico lo había diseñado Carles Viver Pi-Sunyer. El exvicepresidente del TC español se pasó al independentismo después de la sentencia al Estatuto, una norma que él había tutelado.

A pesar de todo, los políticos tenían mucha prisa. Más de uno había pronosticado en 2012 que solo quedaban 18 meses para marcharse de España. La CUP, que ya había enviado a la papelera de la historia a Artur Mas, forzaba ir de prisa. La ANC y Òmnium mandaban más que los gobernantes elegidos democráticamente. Marta Rovira i Jordi Turull estaban de acuerdo en ir por la vía rápida. El gobierno catalán, con Carles Puigdemont, no lo tenía tan claro. Prefería más prudencia. Pero la calle estaba muy caliente. Los propagandistas habían dejado claro que ya estaba hecho. Que la independencia era factible. Que España no se opondría. Decían que la secesión tenía el apoyo internacional, con Estados Unidos e Israel al frente, con la simpatía de Europa. Y el pueblo se lo creyó.

Llegó el 6 de septiembre y los grupos independentistas forzaron una modificación del orden del día. Ni los avisos del TC ni del Consejo de Garantías sirvieron de nada. Adelante con la ley del referéndum. Pero horas más tarde, se volvía a forzar el reglamento de la Cámara para aprobar las leyes de desconexión. Muchos diputados independentistas (tanto convergentes como más de un republicano) fruncían el ceño, pero ninguno de ellos levantó ni la voz ni el dedo para mostrar su oposición. La CUP era quien mandaba en el Parlament, con la ANC y Òmnium de vigilantes de las esencias.

Han pasado cuatro años y ya hay quien con nombre y apellido reconoce el “error”. Marta Pascal, en un artículo en El Periódico, asegura que “no supimos plantarnos”. Entonces era diputada de Junts pel Sí y coordinadora del PDeCAT. Ahora, escribe lo que decía en voz muy baja: aquellos días se rompió un principio de equilibrio entre la legitimidad democrática y el principio de legalidad. Si ella, y unos cuántos más, aquel día se hubieran plantado, la historia no hubiera sido la que fue. Aquellas leyes no se hubieran aprobado. El 1 de octubre no se habría hecho. El gobierno catalán no habría sido destituido ni encarcelado. Además de Pascal hace falta que algunos de los protagonistas de aquellos días entonen su propio mea culpa y pidan perdón a todos los catalanes, tanto los que se creyeron que ya había llegado la independencia como los que se angustiaron por aquellos hechos.

Cataluña tiene que dejar de mirar atrás y trabajar por el futuro. Hace falta la reconciliación entre independentistas y no independentistas. Hay que acabar con las trincheras. Cataluña y los catalanes merecemos algo más que banderas. ¿No han pensado los independentistas que aquel paso en falso detuvo el verdadero proceso independentista?

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