¿Por qué retrocede la izquierda?

A veces hay que recordar lo que es más obvio para entender lo que nos está pasando, y lo que le pasa a la menguante izquierda europea es que ha olvidado su razón de ser, que no es otra que la eliminación de las desigualdades sociales y la búsqueda de la equidad. Una buena prueba es ver cómo en un momento en que las diferencias sociales, económicas y laborales crecen de forma exponencial, el discurso de la izquierda gira en torno a cuestiones como el medio ambiente o el feminismo, temas importantes, ya que nadie que crea de verdad en la igualdad puede dejar de ser feminista, y en la cuestión ambiental nos jugamos nuestro futuro como especie, pero no nos engañemos: ni las causas conforman una ideología ni la izquierda, como ya le dijo hace muchos años Valéry Giscard d’Estaing a François Mitterrand, tiene el monopolio del corazón y de los sentimientos.

Siento desilusionarlo, pero si usted se considera ecologista, pero cree que hay que rebajar impuestos aunque ello suponga recortar prestaciones sociales a los más desfavorecidos, que el mundo pone a cada uno en su sitio y que quien no se gana la vida o no tiene trabajo es a buen seguro un tarambana, por mucho que recicle y haya invertido unos buenos dineritos en poner paneles fotovoltaicos en su casa, es un neoliberal de la altura de un campanario. Si es feminista, pero cree que algo de paro puede tener un efecto positivo en la economía, que los sindicatos son un estorbo y que el Estado no tiene por qué prestar servicios públicos, seguramente Margaret Thatcher se sentiría orgullosa de usted.

Los partidos de izquierda se han volcado en causas que consideran justas, y que seguramente lo son, y les han dado cabida en su seno hasta el punto de convertirse en rehenes de lobbys internos que han hecho que el debate político gire en torno a cuestiones como la legalización de la prostitución -que lleva a la defensa de cosas tan poco nobles como legitimar el uso del cuerpo de las mujeres como una simple mercancía sexual- o la autodeterminación del género. Temas sobre los que hay que debatir, pero que tienen poco que ver con la lucha por los menguantes derechos de unos trabajadores que se sienten cada vez más huérfanos políticamente.

Susana Alonso

La izquierda ha olvidado el uso de la autoridad pública para redistribuir la riqueza en beneficio de los sectores más desfavorecidos, el combate contra la falta de equidad arraigada en la competencia del mercado y la concentración de la propiedad, la protección social contra las desigualdades y construir instrumentos imprescindibles para garantizar la igualdad de oportunidades. Con ello ha creado el caldo de cultivo que permite creer que ser progresista es estar en contra del statu quo, razón por la que personajes como Laura Borràs pueden definirse sin sonrojarse como de izquierdas y, lo que es peor, que propuestas como la creación de una banca pública que pueda prestar servicios que nunca ofrecerán los bancos privados sean consideradas propias de la radicalidad más extrema.

¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en que alguien tan poco sospechoso de ser comunista como François Mitterrand ganaba elecciones prometiendo la nacionalización de la banca!

Posiblemente la izquierda no se ha dado cuenta de que es imprescindible ser conservadores con cosas como la sanidad y la enseñanza públicas, universales y gratuitas, que hoy forman parte de un statu quo que hay que preservar y profundizar. Que no es lo mismo hablar de la necesidad de construir con urgencia un parque público de vivienda que haga posible que todos puedan acceder a un piso, que construirlo, o que hay que luchar de forma efectiva contra salarios insuficientes y contra la pérdida progresiva de derechos sociales.

No deja de ser significativo que la estrella emergente de la izquierda española sea hoy Yolanda Díaz, posiblemente la única que trata sobre estas cuestiones, con el añadido de que no olvida que la política es pacto y acuerdo. Son olvidos que, mezclados con el miedo, la incertidumbre respecto al futuro y la constatación de que el conjunto de la sociedad vive peor que hace sólo un par de décadas tienen como consecuencia el ascenso de la extrema derecha gracias a un discurso aberrante y incapaz de ofrecer soluciones, pero que señala de la misma manera al Estado y a los más débiles como responsables de la situación que vivimos.

Cuando el neoliberalismo nos ha culpado durante años de nuestras desgracias y la izquierda se encuentra perdida en debates estériles y alejados de los intereses de los trabajadores, resulta un discurso atractivo.

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