La R y la K; la violencia y el pacto

Mi reflexión de hoy mezcla ecología y política; a ver qué pasa. Según las leyes de la ecología, las comunidades de organismos utilizan dos estrategias básicas para salir bien: la llamada “estrategia de la r” (basada en el crecimiento) y “la estrategia de la K” (basada en la organización). Por lo tanto, o creces mucho (las algas unicelulares) o te haces muy grande (los elefantes) si quieres triunfar en la balsa o en la sabana africana. No hay más.

Ahora lo pasamos a otro nivel. Históricamente para que una nación consiga ser un estado solo hay también dos estrategias básicas: la violencia o el pacto. Algunos estados han surgido del pacto entre las partes: caso de Alemania o Italia. Algunos estados (muy pocos) también se han creado mediante el pacto de separación) como es el caso de Suecia y Noruega o el más reciente de Chequia y Eslovaquia. Esta estrategia de llegar a la independencia es muy parecida a la de la “K” de los seres vivos: un proceso tranquilo, de organización.

En cambio la mayoría de los procesos de independencia son violentos, se consiga llegar o no a ser un estado. Por ejemplo, los estados del sur de EE. UU. no lograron la independencia pero el conflicto, que duró cuatro años, se estima que produjo 750.000 muertos. Ni la independencia de Argentina, Cuba o Filipinas se logró sin violencia. Que India fuera un estado independiente costó decenas de miles de muertes, a pesar del pacifismo de Gandhi. También se produjeron muchas víctimas en el proceso de independencia de Irlanda o en la disolución de la Yugoslavia de Tito en 6 o 7 repúblicas. Y, finalmente, todos conocemos los costes en vidas para conseguir que Israel sea un estado judío en territorio palestino. Es decir, la violencia forma parte de muchos procesos de independencia, una estrategia que se podría comprar a la “r” de los organismos, puesto que en este caso se trata también de un proceso explosivo.

Los escenarios son bastante definidos: o “r” o “K”, o violencia o pacto.

Y he aquí que los dirigentes independentistas catalanes, que en mi opinión están dotados de pocas luces intelectuales, quieren ensayar una nueva vía, que hasta donde yo sé no ha usado nadie. Dicen que no quieren utilizar la violencia (cosa que es absolutamente loable porque nada vale una vida humana) pero a la vez no parecen muy decididos por el pacto. Se sienten colonia y en lugar de predisponer aquello que ellos consideran la metrópoli, se dedican a insultar y mofarse continuamente del resto de españoles (incluido el Jefe de Estado, el gobierno, las fuerzas de seguridad y el poder judicial). Y su canción del enfadoso es que lo volverán a hacer, una unilateralidad muy alejada del pacto.
Servidor, que en sus sucesivas vidas, se ha sentado más de una vez en una mesa para negociar algún tipo de pacto, he intentado hacer atractivo mi posicionamiento en lugar de insultar a diestro y siniestro. He escuchado las otras partes, he procurado entender su punto de vista y he buscado la seducción en lugar del confrontamiento continuado.

Por lo tanto, del mismo modo que ninguna especie vegetal o animal puede triunfar en un ecosistema si no es por crecimiento o por organización, no veo como una nación puede llegar a ser independiente si no quiere usar ni la violencia ni el pacto. Sustituir estos caminos fundamentales por gilipolladas (en el sentido de Plan) como lazos amarillos, pancartas, movimientos de masas todos los 11S sin pandemia, carnés de identidad de caña de bambú, Consejos de la República, medios de comunicación (públicos y privados) sometidos al poder, embajadas que no sirven por nada, gritar como energúmenos en el minuto 17:14 de los partidos de fútbol pre-pandemia, quemar retratos o ponerlos hacia abajo, hacer declaraciones de independencia que duran según, etc… puede incluso ser divertido (y suficiente para todos aquellos que en el fondo son unos cobardes o ya están bien como están) pero francamente no veo que sea un camino hacia ninguna parte.

Quizás hace falta más tiempo, pero ya llevamos casi una década perdida en Cataluña con esta estrategia de “ni carne ni pescado”. Es posible también que mi corto entendimiento no me haga ver la grandeza que hay detrás de la estrategia de los dirigentes independentistas y que después de tener la sensación de haber dado vueltas por el desierto, nos llevará a la tierra prometida. Pero si como ecólogo no veo que sea posible nada entre la “r” y la “K”, como ciudadano tampoco soy capaz de encontrar ningún camino entre violencia y pacto.

Haciéndome el osado aprendiz de Teilhard de Chardin, que integró ciencia y teología, he intentado compatibilizar ecología y política. Con una diferencia: la ecología tiene lógica y la política, casi nunca.

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