Populismo y pensamiento mágico

Hace siete años que dos buenos amigos, Enric Llorens y Jaume Moreno, publicaron un libro titulado Con ases en la manga, donde intentaban explicar cómo la política había adoptado formas y técnicas del mundo de la magia con el propósito de despistar a la gente, llevar su atención lejos de lo que verdaderamente está pasando. La realidad ya no tenía ninguna importancia, lo que verdaderamente contaba era el relato, la historia, el cuento que se explica al público para tenerlo entretenido.

Fueron pioneros. Hace sólo unos días el Financial Times publicaba un artículo titulado Lo que la magia nos enseña de la desinformación y partía de un principio básico de los magos: las cosas que tenemos ante nuestras narices son las más difíciles de ver. Hecho al que podríamos añadir un segundo principio: las cosas se perciben en función de nuestras creencias. Es a partir de estas dos ideas que se explica el fenómeno de las fake news y, también, son la base sobre la que se ha construido toda la comunicación política desde los primeros años de este siglo, lo que puede explicar en buena parte del éxito de los populismos.

Las fake news juegan con un hecho interesante, y es nuestra dificultad para discernir entre la verdad y la mentira, cosa que solucionamos creyéndonos lo que confirma nuestro universo mental. Pero lo más interesante es que el criterio para compartir noticias es diferente. Difundimos lo que nos hace sentir parte de una comunidad.

Pongamos un ejemplo, el mismo que aparece en el artículo del que hablábamos antes: si leemos que Donald Trump se planteó deportar a su mujer Melania tras una fuerte discusión en la Casa Blanca, seguramente no nos lo creeremos, pero si somos simpatizantes del Partido Demócrata, nos costará muchísimo no compartirlo, y nuestros amigos probablemente darán credibilidad al rumor, en primer lugar por ser una noticia proveniente de una persona cercana y, en segundo, por tratarse, probablemente, de un grupo que comparte buena parte de nuestras ideas.

Susana Alonso

Es así como, poco a poco, la falsedad se abre paso en nuestra sociedad. Es lo que explica cómo en medio de una pandemia que ha causado decenas de miles de muertos, un debate electoral lo gana el que centra su discurso en la apertura o no de los bares y confunde la libertad con una caña de cerveza. Hablamos de Madrid, pero los catalanes fuimos líderes en eso, con un procés que Artur Mas impulsó para tapar cualquier posible debate sobre unos recortes que le resultaban incómodas. Fue lo que se llama echar un gato a la mesa. Sacar un tema que puede ser incómodo, pero que sirve para desviar la atención y cambiar totalmente el objeto del debate. Una vez más Convergencia fue trumpista antes de Trump. Al fin y al cabo, Jordi Pujol se atrevió a lanzar como eslogan electoral el Catalunya primer décadas antes de que el expresidente estadounidense hablara del America first. También fue en Catalunya donde la tozudez de un presidente en mantener sus mentiras provocó, no una, sino dos veces, el asalto a un Parlamento.

La mentira y la distracción nos han conducido hacia un tribalismo absurdo en un mundo cada vez más globalizado, pero que es electoralmente rentable si eres capaz de dejar los escrúpulos de lado. El problema es que alimentar ese tribalismo exige exacerbar los agravios y los miedos; eliminar cualquier tipo de duda, dividir el mundo entre buenos y malos, silenciar a los tibios.

La magia funciona porque es capaz de construir una ilusión ajena a la realidad que el público quiere creer. Como decía Petronio, mundus vult decipi, ergo decipiatur (el mundo quiere que le engañen, así que, engañémoslo). Y para que el engaño se mantenga es necesaria la complicidad de aquellos que lo perciben, pero prefieren permanecer callados por temor a ser señalados o, simplemente, porque les resulta conveniente.

El precio que pagan las sociedades por sentirse confortablemente engañadas por los populismos suele ser elevado. Lo estamos viendo estos días en la India, ya hace tiempo que lo vemos en Brasil, lo hemos visto en Estados Unidos y lo estamos viviendo en Catalunya. Sociedades fracturadas y difíciles de reconciliar.

El populismo consiste en construir realidades paralelas y confortables a base de mentiras y de engaños consumidos con avidez por sociedades que no se gustan, y poco a poco crea enemigos allí donde antes no había. El resultado es un mundo peligroso e inquietante.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario