Los otros exiliados

En Cataluña parece que solo haya unos exiliados: los que marcharon al extranjero después de la fugaz proclamación de la DUI, temiendo, como así ha sido, la reacción represora de los poderes públicos del Estado español. Es decir, Carles Puigdemont, Lluís Puig, Toni Comín, Clara Ponsatí, Marta Rovira y Anna Gabriel.

Pero, desgraciadamente, también hay muchos catalanes que, en los últimos años, han tenido que hacer las maletas y cambiar de aires porque el ambiente tóxico del pujolismo, primero, y del independentismo, después, les impedía sobrevivir en el ejercicio libre de su tarea profesional. De estos, ni habla ni se acuerda nadie.

No son solo los miles de emigrantes económicos, que han buscado y encontrado una proyección personal mayor en capitales y países más potentes y que ofrecen más oportunidades de crecimiento que no Barcelona y Cataluña, sumidas desde hace años en la decadencia.

Hay, sobre todo, una tipología de exiliados interiores y exteriores -periodistas, escritores, actores, creadores, músicos, profesores…- que se han visto forzados a marchar o a cambiar de trabajo porque la censura y el ahogo económico con los que los gobiernos de Jordi Pujol, Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra han castigado su disidencia política les impedía ganarse la vida.

De los centenares de represaliados por la “dictablanca” nacionalista, Albert Boadella y la compañía que fundó, Els Joglars, son tal vez el ejemplo más emblemático de este exilio por motivos ideológicos que sufren tantos y tantos catalanes. Ahora, Els Joglars, bajo la dirección magistral de Ramon Fontseré, han regresado unos días a Barcelona, donde representan la obra “Señor Ruiseñor” en un teatro del Paralelo. Estarán hasta este próximo día 6 de junio y, si podéis, no os los perdáis.

El próximo año, Els Joglars celebrarán los 60 años de su primera actuación. En el ingente trabajo creativo desarrollado en estas seis décadas por Albert Boadella y su “troupe”, hay obras que han hecho historia, como “Alias Serrallonga”, “La torna”, “M-7 Catalònia”, “Olympic Man”, “Operación Ubú”, “Ubú presidente”, “La increíble historia del Dr. Floit y Mr. Pla”, “Daaalí”… que muchos –miles, millones- hemos visto, admirado y disfrutado, en el teatro o en la televisión.

Si Cataluña fuera un país normal, Els Joglars serían nuestra compañía teatral de culto y habría recibido, desde el 1980, un generoso y permanente apoyo económico de la Generalitat para poder desplegar toda su fabulosa capacidad artística y pasearla por los principales escenarios de todo el mundo. Pero no. El régimen nacionalista que hemos tenido y sufrido estos últimos 40 años en Cataluña consideró a Albert Boadella y a Els Joglars unos “enemigos de la patria” y los condenó a la miseria y al silencio.

Por eso, tuvieron que trasladar la compañía a Madrid, donde el PP (¡el PP!) los recibió con los brazos abiertos y Esperanza Aguirre (¡Esperanza Aguirre!) nombró a Albert Boadella director de los Teatros del Canal. Es así como Cataluña perdió el inmenso talento de los actores de esta compañía que, obviamente, pasaron a emplear la lengua española en sus nuevas creaciones.

Todos los proscritos y exiliados por la “dictablanca” nacionalista, denunciada en su momento por el presidente Josep Tarradellas, merecen un reconocimiento público y una reparación. No hay lazos amarillos en los espacios públicos que los reivindiquen. Muchos de ellos han pasado por situaciones personales muy difíciles por el hecho de no amoldarse y arrodillarse ante el omnímodo poder político catalán que, al final, se ha demostrado que era una hedionda cloaca de corrupción.

Yo soy un firme partidario de la concesión del indulto a los políticos condenados por los hechos del otoño del año 2017. Creo que es un gesto imprescindible y positivo para ganar la convivencia en paz y tolerancia y acabar con la pesadilla procesista, que tanto daño nos ha hecho a todos. Pero también me gustaría que, en paralelo, el nuevo Gobierno de la Generalitat y todas sus terminales “indultaran” a los catalanes, entre los cuales me cuento, que no hemos comulgado con la doctrina pujolista e independentista.

Las subvenciones públicas y la presencia normalizada en TV3 y Catalunya Ràdio son instrumentos imprescindibles para poder poner en marcha y mantener proyectos en el ámbito de la creación cultural o mediática en lengua catalana. Y aquí existe un sectarismo de raíz y una actitud totalitaria que margina y excluye a todos quienes el “politburó” nacionalista considera que somos unos “malos catalanes”.

TV3, por ejemplo, ha cubierto de millones a la productora El Terrat, de Toni Soler, pero ha castigado miserablemente a Els Joglars, que son los primeros y los indudables maestros de la sátira política. Con EL TRIANGLE ha pasado lo mismo, pero en mi caso he decidido quedarme en Cataluña y luchar, más solo que la una, contra los abusos y las corruptelas del poder. El precio a pagar ha sido carísimo: el silencio mediático, el ostracismo, la persecución judicial y el menosprecio. Pero ya sé de qué va, no me quejo y persevero.

Eso sí, espero que el nuevo presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, haga realidad su promesa de unos “nuevos tiempos” y que los exiliados interiores y exteriores del régimen nacionalista puedan volver y vivir y trabajar libremente y dignamente en Cataluña. Que se acabe el escandaloso favoritismo que reciben las productoras Mediapro, El Terrat y Batabat en TV3; que la publicidad institucional y las subvenciones no las acaparen los medios de “confianza” del poder político nacionalista; que TV3 y Catalunya Ràdio se abran a la pluralidad ideológica, política, cultural y mediática del país.

Ya sé que pido peras al olmo y que ERC tiene por objetivo convertirse en la nueva Convergència pujolista, con sus aberraciones y sus “chanchullos”. De entrada, ha nombrado a Josep Gonzàlez-Cambray nuevo consejero de Educación, obviando que está imputado judicialmente por colaborar en los trapicheos económicos de Xavier Vendrell con la Generalitat. Toda una declaración de intenciones, inimaginable en cualquier otro lugar de Europa que no sea Cataluña. El hecho diferencial.

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