El hámster merece un descanso

Cataluña merece una tregua. Desde el 2012, en el que Artur Mas nos montó en el Dragon Khan -término acuñado antes por Joan Carretero para definir los vaivenes del primer tripartito de izquierdas- no hemos parado de vaivenear. Estamos mareados. Ha sido un largo periodo procesista, pronto hará nueve años, sin resultados tangibles, más allá de los efímeros 56 segundos de independencia de octubre de 2017 -tiempo que transcurrió desde que el entonces presidente Carles Puigdemont proclamó la independencia, los consecuentes aplausos, y la suspensión-. Hay dos fotos que describen con precisión extraordinaria el momento vivido, las hizo el fotógrafo de Reuters, Iván Alvarado, y en ellas se puede ver un grupo de gente, con el Arco de Triunfo de fondo, celebrando la proclama, primero, y desesperándose segundos después por su suspensión. Ni un minuto, 56 segundos de nada y una factura muy elevada: presos y expatriados -el indulto tarda demasiado.

Para describir la reincidencia, hizo fortuna en su día la metáfora del hámster que da vueltas de manera incesante en su rueda, ad eternum, siguiendo un mismo camino sin llegar a ninguna parte. Desde el 2012, tengo complejo de hámster. Salvo dos hechos desgraciados, los atentados de Barcelona y Cambrils y la pandemia de la covid, la sensación es de dar vueltas a la rueda, y más vueltas, sin atender otra cuestión.

Las elecciones del 14-F confirmaban que, a pesar del agotamiento mencionado, el anhelo legítimo del independentismo suma y sigue. También confirman, sin embargo, que Cataluña sigue empatada con ella misma, y el equilibrio entre los que quieren y los que no la independencia se mantiene, lo que hace de mal resolver el conflicto. Por otra parte, la mitad que quiere la independencia se muestra dividida, casi a la mitad. Así, desde el 14-F y hasta ayer, Cataluña no ha proclamado presidente –Pere Aragonès-. Un tiempo en que se ha evidenciado, una vez más, que los dos principales actores independentistas, ERC y Junts, se detestan. No obstante, se agotaba el tiempo y el no-acuerdo llevaba Cataluña a otras elecciones. Y ya se sabe que la política hace extraños compañeros de cama. Con el comedero en juego, en tiempo de prórroga, se ha cerrado el acuerdo. Así, Cataluña ya tiene Govern y, si quiere y/o puede, ya puede empezar a gobernar.

Volviendo a la idea inicial de la tregua, sería bueno que destináramos los próximo cuatro años a gobernar. La pospandemia merece, ahora sí, toda nuestra atención. Viene un periodo difícil, el virus ha hecho mucho daño y sus consecuencias harán mucho más. Por ello, sin renunciar a ningún anhelo legítimo, sería bueno que el nuevo Govern priorizara con sensatez y se dejara también de peleas estériles. El hámster merece un descanso.

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