Las otras colas

Todo aquello relacionado con la pandemia, con el virus y con las vacunas está dejando imágenes y situaciones que quedarán para siempre en nuestras memorias. Aunque la cifra de contagiados y de fallecidos sigue impactando, la realidad se ha trasladado a los centros de vacunación. Largas colas de personas adultas se agolpan ante centros cívicos o espacios habilitados para que alcancemos algún tipo de inmunidad que nos facilite la vida futura, que nos aparte un poco de los riesgos, para que podamos afrontar los meses venideros con algo más de tranquilidad. Pero hay detalles que pasan desapercibidos en esta Catalunya nuestra que se empeña en lanzar mensajes de insolidaridad, de poco tacto, de rechazos incomprensibles, de “primero los nuestros” y “a los otros nada”. Lo hemos visto con el desprecio más absoluto a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado por parte del Gobierno de la Generalitat, mintiendo de manera muy clara con respecto a la vacunación de ese personal que presta sus servicios a todos los catalanes. Una decisión con indudables objetivos políticos que muestra una vez más el odio como forma de actuación hacia determinados colectivos que se cree que “actúan contra el pueblo catalán”.

La pluralidad de Catalunya no está exenta de profundas grietas que tienen que ver con la cohesión de nuestra colectividad, ahora completamente destrozada por la deriva independentista y seguramente nunca bien soldada. Quizás la más profunda es la que nos ha mantenido separados por barrios, por lenguas, por culturas, por rentas. Existen ciudades donde esas barreras son muy pronunciadas, donde la mezcla de sus ciudadanos es casi inexistente, donde la gente de los barrios suele bajar al centro para tareas administrativas y la del centro nunca se desplaza al extrarradio. Además, las actividades culturales se concentran deliberadamente en el centro y eso provoca la separación por guetos. Como pueden imaginar, no se ha trabajado en cohesionar esas ciudades, muchas veces por las presiones de entidades elitistas que se han negado a trasladar sus actividades a los barrios.

La decisión de crear centros de vacunación en puntos alejados de las zonas de residencia habitual, está creando situaciones que muestran esa dolorosa partición que se da en muchas ciudades. La semana pasada pude constatar esto que les explico cuando un par de señoras del centro de Sabadell se desplazaron al Centro Cívico Rogelio Soto en el barrio de Campoamor. Al situarse en la larga cola, una de ellas le comentó en catalán a la otra que “nunca había estado allí “ y que “se veía gente normal, incluso bien vestida” y que “parecían educados”. También, aprovechado la explosión verdosa de árboles y plantas, con montones de flores en los parterres de los alrededores y también el fruto de las rehabilitaciones de los edificios durante el mandato del tripartito, añadió: “pues no vive mal esta gente, porque, siendo pobres, los tratan muy bien, con sus árboles bien cuidados y sus pisos bien arreglados”.

Como pueden imaginar, la reacción no se hizo esperar. Y lo fue de una manera muy correcta. La crispación política podría haber aflorado de forma verbalmente violenta, pero una señora que lo había entendido todo les dijo en castellano: “hombre, no somos ciudadanos de segunda, hemos ido al colegio, sabemos leer y escribir, tenemos educación; es más, mi marido y yo solemos ir a los conciertos de la Orquesta Simfònica del Vallès. Nos encanta. ¿Y qué me dicen de Els Pastorets? A mis hijos los llevé de pequeños. Una gozada. ¿Han venido ustedes alguna vez a las actividades que organizamos en el barrio? Serían bienvenidas”. La mirada cabizbaja de las dos mujeres fue su única respuesta, mientras las sonrisas de los que habían estado atentos a la situación eran el reflejo de la aprobación del contraataque efectuado por la mujer castellanohablante.

Quién sabe. A lo mejor estas colas logran lo que no han conseguido años de gobiernos interesados en ignorar a la parte mayoritaria del pueblo catalán. Lo mejor, sin lugar a dudas, la meditada respuesta de la señora herida por las palabras de índole racista y supremacista de las dos otras. Un zasca con claras finalidades educativas. Porque es que, al final, la educación es la solución.

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