Una lectura sociopolítica de la victoria de Joan Laporta

Joan Laporta vuelve a presidir el FC Barcelona. Fue el encargado de construir uno de los mejores Barça de la historia, de poner en valor el famoso «círculo virtuoso» que entronizó quien fue vicepresidente suyo, Ferran Soriano. Y, en un momento en que el FC Barcelona vive una triple crisis (económica, deportiva e institucional), el recuerdo de aquellos años ha sido bastante significativo para que haya ganado las elecciones del 7 de marzo sin bajar del autocar.

El recuerdo del personaje y, sobre todo, el recuerdo de los triunfos que consiguió: ha explotado, en positivo, el sentimiento de la nostalgia y esta ha sido la clave del éxito. Posiblemente, no fue el candidato que presentó el proyecto más sólido. De hecho, estoy casi seguro que Víctor Font hacía mucho más tiempo que preparaba el asalto al palco del Camp Nou. Pero, el votante del Barça también se guía por las emociones, sigue a quien es capaz de capitalizar mejor las dotes de liderazgo y de hacerlo vibrar. Y Laporta lo tiene todo: es un líder nato y tiene un currículum en la gestión futbolística que lo avala.

La campaña electoral que enfrentó a Laporta, Font y Freixa tuvo bastante fair play, tal como se vio en la noche electoral en la explanada del Camp Nou. Quien más quien menos desenvainó la espada – «usted hacía PowerPoints mientras yo ganaba Champions», espetó Laporta a Font durante la campaña-, pero el abrazo final entre los tres candidatos hace presagiar unos meses de paz social para poder reestructurar la maltrecha situación de la entidad.

Laporta arrasó, pero sumando los porcentajes de voto obtenidos por él (54,28%) y Víctor Font (29,99%) se puede percibir una clara voluntad de cambio en la institución. Al final, Freixa era el que abanderó la defensa de la gestión de Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu, tal como esto le llevó a confraternizar con la herencia del presidente Josep Lluís Núñez. La lectura, pues, es fácil: en estas elecciones también se venció, definitivamente, al nuñismo sociológico que siempre había intentado controlar el backstage de la entidad. Esta es una de las noticias de la noche: en el debate sobre los ismos, parece que lo que perdurará como esencia del FC Barcelona es el legado de Johan Cruyff, en el terreno de juego siempre, y ahora también recuperando el palco del estadio. A pesar de la obra de gobierno de Núñez, no hay que olvidar que fue Laporta quien lideró la junta que, contra todo pronóstico, derrotó al establishment en 2003 y tuvo la visión de transformar el club en una «empresa». Transformaron el club en una multinacional del entretenimiento siguiendo la aureola que marcaba Peter Kenyon al timón del Manchester United.

Una lectura sociopolítica de las elecciones nos hace pensar que, también con Joan Laporta, el independentismo ha recuperado el control de la institución. Laporta y Font, por ejemplo, no han tenido problemas en pronunciar la expresión «presos políticos», mientras que Freixa ha jugado más con la ambigüedad en el debate nacional. Laporta no esconde sus simpatías políticas, que le llevaron a recibir el apoyo explícito de gran parte de la clase política del país cuando decidió presentarse a las elecciones.

Veremos hasta qué punto el presidente se verá atraído por alinear el Barça con determinados intereses particulares, pero no hay duda de que el catalanismo se acentuará con el aval de casi el 55% de los votos y, estoy convencido, con el aval de la mayoría de votantes también de Víctor Font.

Laporta da miedo en Madrid, no sólo en el Bernabéu que tiene ganas de «volver a ver», sino al establishment político de la capital, que sabían que con Bartomeu tenían la principal institución deportiva del Principado tranquila y expresamente al margen de lo que pasaba en la plaza de Sant Jaume y el Parlament. ¿Cómo se puede entender, si no, que ni 24 horas después de la victoria de Joan Laporta, el ministro de Cultura y Deporte advirtiera al nuevo mandatario culé que no tuviera tentaciones de alinear el club con una determinada opción política?

En Madrid saben que lo que Laporta dijo en campaña de que el club debe posicionarse en cuestiones de país, es capaz de llevarlo a cabo. El Camp Nou puede volver a ser una caja de resonancia para el independentismo, difícil de controlar a partir de ahora. Pese perfiles conocidos, como el propio Laporta, se vislumbran aires de cambio en el palco del Camp Nou y en la forma en que la marca Barça se ha construido en los últimos años.

Veremos qué Laporta ha votado el socio: si el del contrato con UNICEF o el de los trapicheos con Uzbekistán.

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