Barrera y los nazis

Nunca me gusta hablar de mí, pero hoy lo haré. Yo voté la candidatura que encabezaba Heribert Barrera en las primeras elecciones generales del 1977. ERC, su partido, no había sido legalizado todavía y el Partido del Trabajo, maoísta, le ofreció la posibilidad de obtener el acta de diputado, cosa que pasó.

Seis años después, en 1983, fui invitado a participar en una tertulia en Ràdio 4, donde el protagonista era Heribert Barrera, que en aquellos momentos era presidente del Parlamento de Cataluña, gracias al pacto subscrito por ERC con CiU, UCD y el Partido Socialista Andaluz (PSA) que había llevado a Jordi Pujol a la presidencia de la Generalitat. La campaña electoral de ERC del 1980 la pagó la patronal Fomento del Trabajo, con el objetivo declarado de cerrar el paso a un posible gobierno de izquierdas de PSC y PSUC.

Es decir, Heribert Barrera fue elegido diputado español en 1977 con los votos obreros de los maoístas –muy numerosos en aquella época- y tres años más tarde, fue diputado catalán gracias al apoyo financiero de Fomento del Trabajo, que entonces estaba en manos de empresarios franquistas del ala dura. Esta chocante contradicción hizo que, como periodista, decidiera sumergirme en la vida y milagros de Heribert Barrera. ¿Quién era realmente aquel catedrático de Química Inorgánica de la Universitat Autònoma de Barcelona, convertido en el primer presidente del Parlamento de la Generalitat recuperada?

La investigación me llevó a la ciudad de Montpellier, donde Heribert Barrera vivió exiliado, entre 1939 y 1952. Allí tuve la oportunidad de hablar con catalanes que conocían bien al Heribert Barrera de aquella época y me rememoraron un episodio muy inquietante y muy poco estudiado: durante la ocupación nazi de Francia, un grupo de militantes de ERC entró en negociaciones con emisarios del III Reich para conseguir la independencia de Cataluña, en el marco de la Europa dominada por el führer.

Es una trampa parecida en la cual también cayeron otros movimientos nacionalistas, como los flamencos, los bretones, los croatas… Pensaban que, una vez lograda la victoria total del III Reich, los nazis moverían las fronteras estatales interiores para dar la independencia a estas nacionalidades, que quedarían supeditadas, eso sí, a la bota tiránica de Berlín.

Heribert Barrera formaba parte de este complot de algunos catalanes exiliados con los nazis, según confirmaron varios testigos que entrevisté en Montpellier. Y me explicaron que su padre, Martí Barrera, consejero de Trabajo de la Generalitat en el Gobierno de Lluís Companys, al enterarse, le propinó, indignado, un bofetón.

Intenté documentar este episodio y encontré referencias en algunas publicaciones catalanas clandestinas editadas durante la II Guerra Mundial, que denunciaban este aberrante noviazgo de algunos círculos de exiliados con los cantos de sirena de los nazis que, obviamente, obtenían a cambio valiosas informaciones y vías de infiltración. Yo trabajaba entonces en el Diari de Barcelona, en su etapa autogestionaria, y publiqué varios reportajes con los resultados de mis investigaciones en Montpellier.

El año 1983, en aquella tertulia matinal en Ràdio 4, pregunté educadamente a Heribert Barrera por esta página de su biografía. En vez de contestar, el presidente del Parlamento reaccionó como un energúmeno y, con el micrófono en directo, exigió que fuera expulsado de la emisora. Si yo no marchaba, amenazó que sería él que se iría. La tensión era enorme y, finalmente, decidí abandonar la tertulia, ante el azoramiento y la incomodidad del director del programa, Xavier Foz, y de los otros periodistas presentes.

Esta imagen de persona intolerante y violenta que conocí de primera mano en Ràdio 4 ha quedado asociada para siempre a mi recuerdo de Heribert Barrera. Por eso, nunca me han sorprendido sus excesos verbales posteriores, vertidos en libros y entrevistas, que se han convertido en piedra de escándalo.

Desgraciadamente, en Cataluña hay más barreras: independentistas intransigentes, amorales y con tics autoritarios que constituyen un peligro objetivo para la convivencia colectiva. Son pocos, pero tienen poder y son ruidosos.

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