Buñuelos de viento

Siempre he pensado, y cada vez con más convicción, que el proceso independentista fue un buñuelo, y de viento. Según el diccionario Corominas, la palabra buñuelo viene de bulto, y dado que esta masa frita suele tener una forma irregular, la palabra ha terminado teniendo la acepción de algo malo, y el buñuelo de viento está vacío por dentro. Así, el legítimo anhelo independentista de la casi mitad de la población catalana acaba siendo una masa irregular en las formas y vacía en el fondo. Un buñuelo, vaya. Carles Puigdemont y Junqueras -como los Pepe Gotera y Otilio del gran Ibáñez– hicieron una chapuza, dicho de otro modo, buñuelo. En el libro de Puigdemont queda claro que se quería hacer un referéndum y poco más. Por otra parte, un buñuelo sólo superado por las reacciones políticas, policiales, reales y judiciales posteriores. Más buñuelos.

No me extenderé ahora y aquí en las incapacidades, ampliamente demostradas, del presidente Mariano Rajoy, que quiso apagar el fuego catalán con gasolina. Ha quedado sobradamente evidenciado que la crisis le vino grande y su incompetencia agrandó el conflicto. Una ineptitud que hizo que el asunto traspasara la barrera política, de donde nunca debería haber salido, para adentrarse en un peligroso pedregal judicial. También tenemos la desastrosa gestión policial del referéndum del 1 de octubre, con las injustificables cargas, que internacionalizaron torpemente el conflicto. Capítulo aparte merecería el discurso del rey Felipe VI, alejado de la necesaria neutralidad. Finalmente tenemos la condena, altamente desproporcionada y su posterior cumplimiento, cargado de incertidumbres y con sabor a venganza.

Todo este cúmulo de despropósitos llega a su punto más álgido con la suspensión del tercer grado. Una decisión que va por barrios (jueces). Mientras los presos encerrados en Lledoners esperan sin entusiasmo la resolución definitiva del Supremo, las presas gozan de mayor libertad gracias a las decisiones contradictorias de sus respectivos juzgados. Una disparidad de criterios incomprensible se coja por donde se coja, que viene a incrementar el cúmulo de despropósitos que acompañan el proceso en ambos lados de la contienda.

Todo ello sitúa el proceso en una especie de día de la marmota incomprensible y enquista un conflicto que lastra Cataluña desde hace demasiado tiempo. Es posible que haya llegado el momento de deshacer el nudo e indultar a los presos.

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