Gana la vida

En los avatares humanos, la vida ha sido considerada una variable más, muchas veces menos relevante que otras, como la fortuna, la gloria o Dios. Ahora, en la lucha contra la Covid-19, no parece estar ocurriendo esto. Aunque parezca mentira, estamos poniendo la vida por delante de todo. Cosa que supone un cambio de paradigma en la condición humana

Sin remontarse a las 22 grandes epidemias que, con anterioridad al 431 AC, habían asolado el mundo, la peste negra, el cólera y otras epidemias que, periódicamente, como las guerras, contabilizaban muertes por millones, en marzo de 1918, también un coronavirus apareció en la base militar de Fort Riley (Kansas). Acabó con la vida de 50 millones de vidas, 15 millones solo en la India, 600.000 en EE.UU. y 300.000 en España, aunque la cifra oficial fue de 147.114. Hasta el rey Alfonso XIII resultó contagiado. La quinina y las sangrías fueron los únicos remedios. Sus víctimas preferidas fueron personas de entre 20 y 40 años.

A pesar de su origen americano, esta epidemia fue bautizada como “española”, y así ha pasado a los anales. Porque, como ahora, se trataba de echar el muerto a otro, y nadie mejor que España, que no estaba en guerra, como el resto de Europa. Cosa, también se dice ocurrió, porque aquí se habló de la epidemia, a diferencia de la mayoría del planeta, que censuró férreamente cualquier información sobre ella. En 1957, la denominada “gripe asiática” produjo cinco millones de muertes en todo el mundo. En España, enfermaron más de cuatro millones de personas y murieron 10.000, siempre según datos oficiales. En 1968, la gripe de Hong Kong infectó a 3,5 millones de españoles y produjo 8.400 víctimas. Los episodios, siempre fueron calificados de “insólitos” y “asombrosos”.

Consideradas, como las guerras, castigos bíblicos, las epidemias se asumían con horror y resignación. Ante ellas, solo cabía someterse a remedios mágicos o rezar. Luego, a pesar del avance de la medicina, se optaba por ocultarlo, haciendo valer, claro, el atavismo de la fatalidad humana. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Bilbao, que dispone de registros documentales de luchas contra las epidemias desde 1507, ignoró por completo la de 1957. No solo en su boletín estadístico o en sus libros de actas, sino que ni siquiera se puede encontrar rastro de ella en ninguna disposición municipal, ni en la prensa. Oficialmente, se calificó de benigna y la única medida que se adoptó fue obligar a las farmacias a abrir los domingos. Eso era el franquismo.

Naturalmente, con la Covid-19 no ha faltado el pulso entre la bolsa y la vida. Es demasiado el lastre como para soltárselo de la noche a la mañana. Pero en esta ocasión, Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsorano y el coro universal de quienes anteponen los dividendos a la vida, han fracasado estrepitosamente. Se nos anuncia, machaconamente, que el PIB caerá en picado, que el paro se disparará, que se cerrarán miles de empresas… Pero la acción dominante de los poderes públicos, más allá de la obsesión por el crecimiento, la prosperidad y los negocios, está siendo la de salvar vidas. Decisión inédita, que certifica un cambio significativo en la jerarquía de valores de la humanidad y que puede estar anunciando un futuro en el que la vida no seguirá barajándose con el dinero, la religión, las banderas, la guerra y otras quimeras humanas. Sino todo lo contrario. 

Sin ir más lejos, durante la última crisis económica, muchos gobiernos se entregaron con todo descaro a intereses privados, como por ejemplo lo hicieron, de manera ejemplar, los que presidió Artur Mas, en Cataluña. Vendieron al mejor postor, con premeditación y alevosía, partes importantes de los servicios públicos, como la sanidad, y en eso siguen. Pero, gracias a Dios, algo indica que esto empieza a cambiar. Que pregunten a la gente los aficionados a los referéndums si deberíamos dedicar más recursos públicos a la sanidad, la investigación médica, la lucha contra el cambio climático…

El confinamiento está resultando una lección de civismo, disciplina colectiva y empatía social…, en un contexto que creíamos desarticulado, dominado por un egoísmo estructural y sin límites. Está siendo la mejor lección para unas derechas que, envueltas en banderas patrióticas, quieren dejarnos a las personas aisladas, sin raíces ni identidad colectiva, sin defensas ante las fuerzas económicas. Está siendo, en fin, una gran lección de humanismo aplicado, que podemos seguir desarrollándolo para socorrer a los supervivientes de la pandemia, porque recursos los hay, y de sobra. Y que el fuego divino caiga sobre los sinvergüenzas de todo pelaje que intenten sacar tajada de ella.

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