Colonia, colonos y colonizados

En el desgarro general que se ha consumado en Cataluña, ya no hay barreras dialécticas ni cívicas. Todo vale. Incluso envenenar y poner en peligro la cohesión social con estereotipos malévolos y perversos que degradan las relaciones cotidianas con los familiares y con los vecinos.

La cosmovisión de la parte más combativa del independentismo ha convertido a los emigrantes que, a partir de los años 60 del siglo pasado, llegaron a Cataluña procedentes de las zonas más empobrecidas de España en “colonos” (siempre que no se hayan convertido a la fe procesista). Estos “colonos”, sea cual sea su posición en la escala social, se caracterizan por no haber renunciado a la lengua de sus padres y por votar a partidos no independentistas, por creer en la democracia constitucional y considerar España una realidad consolidada.

Siguiendo con este análisis -compartido por los intelectuales procesistas de cabecera- Cataluña es una “colonia” que España tiene sometida militarmente desde hace tres siglos para explotar sus riquezas. En este sentido, los emigrantes-“colonos” son la fuerza de ocupación demográfica que ha sido enviada desde el poder centralista de Madrid para desnaturalizar y destruir el “alma” catalana. Como la invasión china del Tíbet, mutatis mutandi.

Para liarla todavía más parda, el ex presidente Carles Puigdemont, residente en Bélgica, se ha descolgado con unas declaraciones en las cuales proclama la admiración de Cataluña por el proceso de construcción del Estado de Israel. Continúa, de este modo, la tradición iniciada por Jordi Pujol de comparar la lucha por la emancipación nacional de Cataluña con el proyecto sionista del retorno a Palestina.

Jordi Pujol tenía motivos personales y crematísticos para defender al Estado de Israel: el socio capitalista de su padre Florenci en la puesta en marcha de la aventura de Banca Catalana, Moisés David Tennenbaum, era un judío de origen polaco comprometido con la causa sionista y, por lo tanto, había que seguirle la bola…

En Cataluña, los enemigos de la independencia son los “colonos” que llegaron de fuera, buscando un futuro económico mejor. En cambio, en el Estado de Israel, los palestinos que vivían en estos territorios desde hace siglos han sido arrasados por oleadas de “colonos” de origen judío procedentes, sobre todo, de Europa, pero también de África, de América Latina…

La expulsión de los palestinos de sus tierras y de sus casas por los sionistas invasores y su reclusión en campos de concentración es una de las grandes tragedias humanitarias posteriores a la II Guerra Mundial. ¿De qué lado está el independentismo catalán? ¿De los “colonos” judíos que han ocupado Palestina a sangre y fuego? ¿O de los palestinos, masacrados y expoliados?

¿Qué tiene que ver un ruso, supuestamente judío, trasplantado a un asentamiento de la Cisjordania con un extremeño que vino a ganarse la vida en Cataluña? Según algunos independentistas, no son lo mismo: el primero ejerce sus derechos genéticos y el segundo es un ocupante.

El pasado viernes, el presidente Quim Torra inauguró la exposición “7,5 millones de futuros”, en el Palau Robert. La Cataluña de hoy ya no tiene nada que ver con los clichés de los años 20 del siglo pasado, por los cuales está tan abducido. Ni con la España en blanco y negro del franquismo. Según los datos del Idescat, entre estos 7,5 millones de catalanes hay más de 200.000 que nacieron en Marruecos (el equivalente a la ciudad de Sabadell); 90.000 rumanos (el equivalente a Sant Cugat); 60.000 chinos (el equivalente a Granollers); 45.000 pakistaníes (el equivalente a Vic); 33.000 hondureños (el equivalente a Olot); 30.000 bolivianos (el equivalente a Tortosa); 30.000 colombianos; 25.000 ecuatorianos (el equivalente a Molins de Rei); 25.000 rusos; 25.000 indios; 22.000 ucranianos; 20.000 senegaleses (el equivalente a Vilassar de Mar); 20.000 peruanos; 20.000 brasileños; 20.000 argentinos…

Esta gente que ha venido de todos los rincones del mundo a trabajar y que se deja la piel para intentar prosperar, cobrando a menudo salarios de miseria… ¿también son “colonos”? Es increíble esta “colonia” en la cual los supuestamente “colonizados” son, en general, los que tienen una vida más acomodada y cobran, de media, los mejores salarios -empezando por el mismo presidente Quim Torra y los miembros de su gobierno- y los supuestos “colonos” viven en los barrios marginales de las grandes ciudades y son los más expuestos a pasar penurias vitales.

La proclamada “subyugación” que sufre Cataluña en la España democrática es una falacia que no se tragan ni en la Unión Europea ni en las Naciones Unidas. Esto tiene un nombre, muy conocido en todas partes: egoísmo fiscal. En un mundo abierto y global, inmersos en la civilización de Internet, el catalanismo tiene que cambiar de valores y de argumentos si quiere persistir y adentrarse con garantías de éxito en el siglo XXI. Yo creo que el catalanismo tiene un sentido regenerador y una dimensión histórica, pero no estigmatizando a los vecinos de la escalera que no comulgan con la religión independentista tildándolos de “colonos”.

Puestos a ser una “colonia”, en todo caso Cataluña lo es… de Italia, como hace 2.000 años. La compañía Endesa, que casi tiene el monopolio eléctrico, es de capital mayoritariamente italiano. Igual que Abertis, la empresa que explota las principales autopistas de peaje de Cataluña, comprada por el grupo italiano Benetton, en alianza con Florentino Pérez. O Tele 5, del magnate Silvio Berlusconi, que es la cadena en español más vista y con más influencia aquí.

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