«La patología del ‘procés’ es grave, y afecta la sanidad»

Entrevista a Antonio Barbará Molina
Antonio Barbará Molina
Antonio Barbará Molina

 

Médico de medicina interna, y activista social. Ha trabajado, desde 1970, en todos los sistemas de supervivencia, y ha escrito numerosos artículos. Fue fundador y es secretario de Dempeus per la salut publica, promotor de la Marea Blanca de Cataluña. Internacionalista, federalista y comunista.

Coincide en Cataluña el auge del nacionalismo con los recortes en la sanidad pública ¿Es esto casual?

De entrada, hay que distinguir entre salud y sanidad, algo que se utiliza de forma indistinta, pero que no es así. La sanidad es solo una parte, importante pero pequeña, de la salud. Yo la defino como una manera de vivir autónoma, solidaria y feliz. Cuando uno no es autónomo en un mundo global, no es solidario y no es feliz, porque vivir amargamente una situación, no se puede hablar de salud. Y esto entronca con la trayectoria del “Procés” que, como todos los hiper-nacionalismos, es una patología social seria, que a todo afecta, incluida desde luego la sanidad, que es la atención a la salud cuando se pierde. Recordamos la etapa Artur Mas-Boi Ruiz, que fue de una radicalidad extrema en los recortes, en la que se cargaron voluntariamente una financiación mínimamente decente de la sanidad.

¿No basta, entonces, con ir al médico para tratarse las enfermedades del “Procés”?

Lo importante es la vida, es la salud. La sanidad es un instrumento, aunque desde la perspectiva del negocio es fundamental, porque se lleva el ochenta y tantos por ciento del presupuesto. Pero lo que cuenta son los determinantes sociales, los derechos humanos. No se puede hablar de una sociedad saludable cuando hay unas tasas de paro o unas pensiones como las que tenemos, cuando se expulsa a la gente de sus viviendas, cuando respiramos un aire contaminado, cuando no se imparte una educación suficiente… Sin todo esto no hay salud.

Los males son pues más profundos. No se remiten solo a los servicios que proporciona el Estado de bienestar…

Claro. Porque para empezar el Estado, más que de bienestar, es de medio estar. No hay pastilla, aunque los laboratorios lo pretendan, para resolver los males profundos de nuestra sociedad, ni a título individual ni colectivo. La única salida, demostrada biográficamente, aunque lo nieguen, es la sanidad solidaria y colectiva. Se ha celebrado recientemente el 40 aniversario de Alma-Ata (el mayor encuentro internacional sobre atención primaria de salud de los años 70, organizada por la OMS/OPS y UNICEF, que fue patrocinada por la URSS), donde se actualizó el nuevo sistema de salud, que acaba concluyendo que los sistemas de salud no son solo cuestiones sanitarias sino que, inevitablemente, abarcan de los derechos, la situación social de las personas y del compromiso de las políticas, que son las que determinan la salud.

Volviendo a Cataluña, parece que al priorizarse de manera casi absoluta la causa nacionalista, se ningunean todas las demás políticas que atañen a las personas, entre ellas las relacionadas directamente con la salud…

Si, lo que está en juego es una cuestión realmente vital. De entrada, de supervivencia, de la manera de vivir, desde la perspectiva de quienes defendemos la dignidad. Para no ser tachado de tendencioso, me remito a las palabras que pronunció hace unos días un consejero de la Generalitat, diciendo que los recortes y las listas de espera no eran substanciales, que lo único substancial es la causa “procesista”. Es decir que, con la redención casi mística de una república catalana, que van a cambiar las derechas que han mandado, mandan y piensan seguir mandando. Es la panacea. ¿Una república que va a resolver las formas de gobernar neo-liberales, que siguen siendo las mismas? Lamentablemente, también desde Esquerra Republicana se siguen aplicando unas políticas de ajuste, que constituyen una desvergüenza. Las listas de espera, los recortes…, nos han puesto a la cola de España. La odiosa España tiene mejor presupuestos sanitarios que Cataluña. Y España, no se nos olvide, está a la cola de Europa.

¿Qué datos constatan esta tendencia al deterioro de la sanidad pública?

Los datos, que se pueden encontrar en la página de Marea Blanca, son contundentes. A título de ejemplo, se puede citar que en este momento en lista quirúrgica (que no es la única espera, porque la primera empieza cuando vas al especialista y te tienen que hacer una resonancia magnética) hay 600.000 personas, de las cuales Cataluña, la primera, aporta 170.000. De los recortes perpetrados por el equipo Mas-Boi Ruiz, se deriva que Cataluña, que estaba siempre en posiciones altas de la calidad asistencial, está en este momento a la cola.

Los medios de comunicación dominantes presentan las denuncias de las privatizaciones como una cuestión más bien de radicales o, en cualquier caso, como una nebulosa difusa y carente de significado. Sin embargo, estas existen, son bien reales y demostrables…

De entrada, utilizan un mecanismo perverso que son los eufemismos. Cambian el nombre a la cosa, para que la cosa siga siéndolo mismo. No existen los copagos. Existen los repagos. Volver a pagar por lo que ya hemos pagado. Tratan de que la gente pique en una patología triple, que es que se resignen, tengan miedo y se sientan culpables. “No se os puede dar gratis todo lo que pedís”, dicen. En realidad, no nos dan nada gratis. Nos dan poco y mal repartido porque, además, practican otra perversión que se llama “externalización”, que no es más que una forma de privatización. Lo que pasa es que Cataluña es otra vez pionera en ese modelo de ocultación, de opacidad, con un sistema que consiste en echar mano al cajón de los recursos públicos, que está muy escaso y entrar en una cosa llamada “ingeniería financiera” y a través de un mecanismo denominado “consorciación” (que nosotros llamamos conxorxa) introducir cualquier tipo de interés espúreo y comercial. En definitiva, se trata de que una parte sustancial acabe yendo a os cajones de lo privado, que en estos momentos reciben más del 3º% del presupuesto de Sanidad, directamente. Cuanto peor le va a la asistencia sanitaria pública, mejor le va a la privada. Ya lo explicó Boi Ruiz el primer día de su mandato: vienen tiempos difíciles; el que pueda que se haga de una mutua privada y el que no que arree.

¿Se trata entonces de esto que llaman colaboración público-privada, tan a la page?

No es cuestión de radicalidad. El propio Tribunal de Cuentas europeo recomienda no practicar este tipo de partenariado porque, además de opaco, es un nido de corrupción. Hace que todo se vuelva lento, ineficiente… pero, eso sí, hace que produzca grandes beneficios privados.

¿Cuál es la tendencia?

Nunca se ha revertido nada de lo hecho. De vez en cuando, aparecen estilos distintos. Comín, que nos leía y nos copiaba, utilizó el léxico de los “determinantes sociales”, recuperó (porque se acababa el contrato) un hospital pequeño en Sabadell y dijo que él era el gran des-privatizador pero, paralelamente, la privatización siguiendo funcionado a todo gas. Además, hemos pasado una etapa casi más patológica. Tenemos, una consejera prácticamente inexistente, que suelta un discursito hablando de lo público para practicar una ausencia de políticas reales y, en definitiva, dejar que todo se mueva según la lógica del mercado, que es a la que no piensan renunciar. Y aquí no hay trampa: “O sirves a la salud como derecho, o como negocio”.

¿Los médicos, como pieza importante del sistema sanitario, como encajan en el puzle de damnificados?

Nosotros (los pacientes) no nos resignamos a ser “pacientes”. Somos más bien impacientes. No nos resignamos a ser meros receptores de un sistema, ni sus “clientes”. Nosotros somos los titulares del sistema, porque el sistema es nuestro. Y como tal tenemos todo el derecho a recuperar la titularidad necesaria de la participación social en los temas de salud. Los profesionales pueden resolver muchas cosas, pero no todas. Si esperamos que las batas blancas resuelvan los problemas de la Sanidad, vamos dados. Hay miedo, la competencia interna es brutal. Pero hay también esperanza. Hay una generación de médicas jóvenes, un espacio por fortuna muy feminizado, que están volviendo a la atención a las personas. Están abriendo brecha a costa de jugarse mucho. “La gente se está marchando” se dice. Y no se van a Inglaterra o a Alemania. Se van a Aragón, a Valencia, a Mallorca, donde tienen salarios y estabilidades muy superiores. En Cataluña hay gente que sale llorando de las guardias…

¿Qué hacer, pues, como diría Lenin?

Visto el diagnóstico, el tratamiento no es otro que comprometernos políticamente, para cambiar las políticas. Y, como los que las hacen, no van a cambiar, hay que cambiarles a ellos. Digo política, recalcándolo. No politiqueos, adanismo, mangoneo. No ilusiones falaces. Hablar de política es algo que debemos hacer desde el respeto, la historia, el rigor, la ciencia, la pasión… Salud es lucha, porque luchar es salud.

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