Café para todos

¿Qué puede unir al muy honorable Carles Puigdemont y al gerente de recursos municipal Joan Llinares? Una buena taza de café. La confluencia de los dos espacios políticos catalanes más diametralmente opuestos desde el punto de vista ideológico es una pequeña cafetería en la Baixada de la Llibreteria que ha acabado con el reinado de décadas del mítico Mesón del Café y de sus carajillos ahora substituidos por aguados mojitos para turistas desorientados. Sin embargo, es un error pensar en la posibilidad de un amigable encuentro de dos de los personajes públicos más poderosos a lado y lado de la plaza Sant Jaume para hablar, por un decir, del proceso soberanista. Cada uno bebe de la taza a horas diferentes y lo hace a su manera.

Se ve que el presidente de la Generalitat es cafetero pero no tanto como su esposa. Siempre que puede se escapa a media mañana con su escolta y algún miembro de su extenso equipo de asesores a tomar un café que no acostumbra a pagar siguiendo la tradición del ex-honorable Pujol. Como la cafetería es pequeña y sólo tiene una barra, el presi se sienta al fondo de todo y se esconde bajo su cabellera y detrás de las amplias espaldas del mosso para que sea difícil verle desde la calle. A veces aprovecha los diez minutos del café para airear la mente o para hablar informalmente con algún consejero. En una de sus últimas escapadas cafeteras se le vio conversar con el consejero de Cultura, Santi Vila, y el cantautor Paco Ibáñez.

Joan Llinares es más espartano y para antes de entrar en el Ayuntamiento de Barcelona a abrir cajones y armarios como le ha pedido la hAda Colau. Acostumbra a tomar el café solo y en silencio, y lo acompaña con un cruasán que se ha de mirar con lupa. Todo él es contención y concentración, tal como demostró en su época como martillo de herejes en el Palau de la Música de la banda de Millet y Montull que ahora juzga la hermana de la ex-diputada ecosocialista Comas d’Argemir. Espero que a media mañana pare para ingerir un bocadillo porque aguantar hasta la hora de comer con el estómago vacío pasando la aspiradora bajo las alfombras en busca de irregularidades y sin perder la cordialidad que le caracteriza tiene mérito.

En esta mezcolanza de siglas políticas que calienta las mismas sillas a la hora de comer en los restaurantes La Empanada y Cervantes, el estirado grupo municipal ex-convergente se mantiene a una distancia prudencial para no contaminarse. Acostumbrados los concejales de la antigua CiU a los festines en el comedor privado que se regalaban a cuenta de los barceloneses durante la época en que gobernaron la ciudad por accidente –la prueba es que sólo duraron una legislatura-, ahora se sienten bastante incómodos porque se tienen que mezclar con plebeyos y turistas. Sin embargo, esta incomodidad no es nada comparada con el terremoto que ha provocado la escisión protagonizada por el sinuoso Gerard Ardanuy y que ha dejado el grupo con nueve regidores mondos y lirondos.

El concejal es el único representante del esperpéntico partido de Antoni Castellà. Explica Ardanuy sin ningún sentido del ridículo que la decisión se ha tomado después de la consulta realizada esta semana entre la militancia demócrata en el comedor de su casa. Por lo que se ve la mayoría ha votado presentarse en solitario a las elecciones municipales del 2019 convencida que tiene más futuro que la sopa de letras que forman convergentes y democristianos y que, por no tener, no tiene ni candidato. Ardanuy deja el grupo municipal enfadado porque se han copiado el nombre, pero no deja la poltrona para disgusto de Xavier Trias, que quería jubilarse dejándolo todo bien atado como han hecho otros antes que él con más gracia. A perro flaco, todo son pulgas que se dice.

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