¡Que vienen los chinos!

«Enriquecerse es glorioso». La consigna de Deng Xiaoping, expresada el año 1992 durante su célebre «viaje al sur» –a las ciudades industrializadas de Shangai, Shenzhen y Guangzhou-, marca el que, hoy, ya percibimos como el proceso industrial y económico más intenso y colosal que ha conocido la historia. Unos años antes, durante el XI Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) de diciembre de 1978, las tesis de Deng Xiaoping se habían impuesto al igualitarismo de Mao Zedong, muerto dos años antes. Se iniciarían así las reformas económicas y se adoptaba el libre mercado y la economía socialista de mercado bajo la tutela inflexible del PCCh. Una tutela confirmada en los 90, con la cúpula china vigilante, tras el expolio salvaje padecido por la URSS, estado comunista en quiebra, a manos de los especuladores –después multimillonarios- rusos con el asesoramiento del FMI.

A lo largo de dos décadas, exceptuando los últimos cinco años, el crecimiento del PIB chino se había instalado alrededor del 10%, punto arriba, punto abajo. La dinámica ha sido gradual, pero inexorable: del «todo a cien» barato e irrisorio de los primeros años, a la «fábrica del mundo». En China se han llegado a producir el 90% de ordenadores personales, el 80% de aires acondicionados, el 80% de paneles solares, el 70% de teléfonos móviles o el 45% de la construcción mundial de barcos, entre otras muchas mercancías. Commodities, como dicen los anglosajones… Una «fábrica» que tendría los días contados – India y Vietnam pugnan por el relevo- a la vista del agotamiento de la fórmula elemental del capitalismo experimentada en China: los salarios se ajustan y la mano de obra china ya no es tan competitiva. El resultado actual es que, según datos del FMI, el PIB (PPA, en paridad de poder adquisitivo) chino es de 21,2 billones de dólares contra los 18,5 billones de Estados Unidos. Aquella profecía que auguraba que el gigante asiático sobrepasaría a los Estados Unidos hacia el 2020 se ha hecho realidad antes de tiempo.

El crecimiento chino de los últimos 25 años ha trastornado el equilibrio geopolítico del planeta. Nos encontramos en unos momentos de reubicación desconcertante, ideológica, económica y geopolítica. Ahora que la propaganda mediática había conseguido consagrar la globalización como dogma inapelable, ahora que Europa había renunciado al estado de bienestar en favor de las tesis neoliberales con la resignada impotencia de la izquierda, ahora, pues, resulta que el Gran Mentor de Occidente aboga por el proteccionismo, arremete contra la OMC, abraza el Brexit hiriendo de muerte a la Unión Europea y renuncia a los tratados de libre comercio. «China es nuestro enemigo. Nos quieren destruir«, escribía Donald Trump en la red social ya un lejano 2011.

La decisión del presidente Trump de abandonar el tan preciado Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), firmado en febrero del 2016 por Obama y que representaba el 40% del PIB mundial, ha sido aprovechado por China para expresar su voluntad de formar parte del mismo. Una eventualidad que trastocaría el equilibrio de poderes en la región asiática. Y la intervención el mes pasado del presidente Xi Jinping en el Foro Económico Mundial de Davos confirma la voluntad china de convertirse en la potencia hegemónica del libre mercado y la globalización. Quién lo iba a decir…

Pero es en el continente africano donde la diplomacia china, hace unos pocos años, ha establecido el nuevo estilo de expansión comercial –neocolonial, según sus detractores- bastante efectivo y discreto. Mientras los esfuerzos norteamericanos se concentran en la futura ubicación militar del AFRICOM (Centro de Mando en África), todavía instalado en Stuttgart, los chinos han impuesto su presencia económica: más de 2.600 empresas distribuidas por todo el continente. La guerra comercial africana no tiene color. Según la revista Time, los intercambios comerciales entre Estados Unidos y el continente africano han rondado entre los 33.000 millones de dólares en el 2002 y los 70.000 millones de dólares en el 2015. Por otra parte, si el comercio bilateral entre China y África apenas llegaba a los 10.000 millones de dólares en el 2000, quince años después se elevaba hasta los 222.000 millones de dólares.

Pero las condiciones laborales, de seguridad y de salud en las empresas de propiedad china –especialmente las mineras- son dramáticas, según denuncian numerosos informes de la organización Human Rights Watch Africa. Aún así, la diplomacia china se jacta de haber establecido unas prácticas favorables –el famoso win-win– entre el gobierno y las empresas chinas y los países africanos. El apartado de infraestructuras es un buen ejemplo de ello: pantanos en el Congo y Sudán –el mayor de África-, centrales hidroeléctricas y tren de alta velocidad en Nigeria, red de ferrocarriles en Angola, red de autopistas en Camerún, aeropuerto internacional en Angola, 5.000 viviendas sociales y el estadio nacional en Maputo (Mozambique)… Y todo ello en sólo siete años. Según el diario oficial China Daily, las inversiones chinas en infraestructuras en el continente africano alcanzarán el billón de dólares en el 2025.

Y si a esta demostración de fisioculturismo comercial le añadimos el corredor económico entre China y Pakistán, con el macropuerto de Gwadar, en el océano Índico, la revitalización de la Ruta de la Seda, un titánico proyecto de transporte de mercancías, pasajeros e hidrocarburos que afectará a 4.400 millones de personas y 65 países o la Organización de Cooperación de Shangai (OCS), una plataforma económica y militar que vincula a China con Rusia, las ex- repúblicas soviéticas de Asia central, India y Pakistán, tenemos una aproximación de los más que previsibles cambios que se producirán en el tablero mundial a lo largo de los próximos años. El juego de equilibrios, más o menos presente hasta ahora, se alterará considerablemente y la Unión Europea, huérfana, intrascendente, desorientada y envejecida, se deberá reinventar si no quiere convertirse en un simple, aunque elegante, parque temático que visitarán los turistas indios y chinos de aquí a veinte años.

No hay demasiadas opciones. Antes de ser cazado, el candidato de la derecha francesa François Fillon, nada sospechoso de bolchevique, esbozó una: la aproximación estratégica hacia Rusia. La teoría de una Europa desde el Atlántico hasta los Urales defendida por el general De Gaulle siempre ha tenido adeptos en el país vecino. No demasiados en el resto de Europa. Otra opción, ciertamente utópica, es el redescubrimento del Mediterráneo como aquel puente de mar azul que siglos atrás marcó el tiempo de la historia. A estas alturas, sin embargo, el Mare Nostrum no deja de ser una infinita frontera, una inmensa fosa común de inocentes. Una más, y ésta la ha avanzado el presidente Trump, es el regreso a la Europa precomunitaria, más debilitada y dependiente, pero, eso sí, bajo la protección del músculo militar norteamericano, que en eso sí que gana por goleada: el presupuesto de Defensa norteamericano ha ascendido este año a casi 600.000 millones de dólares; el chino, a 146.000 millones de dólares.

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