Santa Rita

El universo está de luto. Se ha muerto Rita de España, mártir y santa popular, venerada por los valencianos amantes de los carajillos y el caloret, y crucificada por los demonios sin cola que no pueden sufrir que la gente de bien se aproveche de la cosa pública para ir llenándose de duros los bolsillos. Las lágrimas de cocodrilo de los dirigentes populares comenzando por las de su presidente del miércoles pasado, el vergonzoso minuto de silencio del Congreso en su memoria y las alabanzas sin mesura a la finada, gran demócrata y mejor persona, han situado a la política española en un nivel de esperpento insoportable.

Rebuznaban algunas folclóricas populares de peineta y castañuelas que Rita Barberá se ha muerto por culpa de los periodistas, que no han dejado de perseguirla y de hacerle la vida imposible sin respetarle ni las canas ni las perlas. Su pobre corazón, acostumbrado a la fiesta pero no a la burla, no ha podido soportar este acoso y después de declarar ante el Tribunal Supremo que no sabe conjugar el verbo blanquear, ha dicho basta de tanto desprecio y se ha declarado en huelga indefinida de latidos. Rita se ha muerto en un hotel más sola que la una y no sé yo si su corazón herido lo estaba más por la persecución mediática o por el ostracismo al que la habían condenado sus propios compañeros de partido.

Rita nos ha dejado imágenes y gestos inolvidables, sobre todo de las épocas de vacas gordas cuando era alcaldesa y Valencia era una fiesta. Yo, sin embargo, quiero recordar especialmente un momento de estas últimas semanas. Era un video de la entronización de Mariano Rajoy como presidente del gobierno español donde salía ella recriminando cariñosamente a un diputado popular que ya no la saludase. Y es que últimamente iba la pobre como ánima en pena pidiendo abrazos de cariño por los rincones. Obligada por la cúpula marianista, tuvo que dimitir de un partido que tanto había ayudado a enriquecer y, aferrándose a la poltrona senatorial, se dedicó a vegetar en la última fila esperando entre siestas y ronquidos que el partido le restituyera el honor perdido.

Con Rita no ha podido ni la tensión arterial, ni el sobrepeso, ni la menopausia, ni la herencia genética, ni los excesos inconfesables, ni la depresión, ni la edad. Lo que la ha fulminado ha sido la marginación que ha sufrido de sus propios camaradas. La han condenado al olvido y la han convertido en invisible a pesar de su considerable volumen, y por eso creo que tendría que vengarse. Yo aconsejo a Rita que pase de seguir la luz que nos lleva al más allá y que se quede una buena temporada en Moncloa tocando la moral al carismático líder popular. Como no soy muy fan de los zombis, yo si fuera ella escogería la aparición fantasmal clásica con ruido de cadenas y movimiento de muebles para recordarle al gallego y a su banda de gaiteros que están muy equivocados si piensan que con ella bien muerta y bien enterrada se han acabado los dolores de cabeza de los populares valencianos.

Morirse es una putada y que se mueran los que quieres todavía lo es más porque afrontar la pérdida es una de las peores pruebas de la vida. Entiendo que su familia no haya querido ni periodistas ni políticos en su entierro. Estaba muy angustiada y deprimida, recuerdan algunos cuando se les interpelaba para que valorasen la vida de la senadora. No sé porqué pero no me ha sorprendido nada ver que los mismos que un día le giraron la cara el miércoles se llenaban la boca de halagos. Tampoco me ha sorprendido ver cómo aprovechaban para culpar a la oposición de la desgracia. Hábil estrategia, la de los cínicos populares, sacando como siempre han hecho beneficio político de la difunta todavía de cuerpo presente.

Espero que Rita, muy lista y larga también, haya tomado nota de toda esta comedia y ahora se dedique a impartir justicia en forma ectoplasmática. Tiene toda la eternidad.

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