El infierno oculto

«Yo, Daniel Blake«, la estupenda película de Ken Loach, no sólo pone de manifiesto la maraña de aberraciones administrativas actuales en Gran Bretaña (idénticas a las de aquí) como reza su hoja de presentación, sino algo mucho más grave y trascendente: el cuestionamiento puro y duro del Estado del Bienestar, no formalmente, sino peor, en su propio sentido y percepción social.

El argumento del filme es bien sencillo:Daniel Blake, obrero, 59 años y viudo, tiene un infarto y el médico le prohíbe seguir trabajando. Por el contrario, la Seguridad Social considera que es apto para ello y le obliga a hacerlo. De ello dependen las magras ayudas para seguir viviendo. Tras procedimientos aberrantes, caras agrias y otras peripecias vuelve a tener otro infarto y muere. En una de sus visitas a la oficina de empleo conoce a Katie, dos hijos, sin trabajo y obligada a aceptar un alojamiento a 450 kilómetros de su ciudad para evitar un centro de acogida. Acaba prostituyéndose.

Esta y otras historias similares, que se repiten a miles y cotidianamente en todos los ámbitos de la protección social, el film no nos habla del qué y el cuanto (a quién se ayuda y qué dinero se pone para ello), sino del cómo se realizan las prestaciones y, sobre todo, en qué contexto y a partir de qué valores. Cosa que merece una urgente reflexión en las izquierdas que, obsesionadas muchas veces por las partidas presupuestarias, olvidan que sobre esa capa, decisiva no cabe duda, hay algunas otras que rascar como, por ejemplo, la de los valores que se nos venden y que muy a menudo compramos.

Dice a este propósito el filósofo Slavoj Zizek que, cuando ya no confiamos en el empleo a largo plazo y se nos obliga a buscar un nuevo empleo precario cada par de años o quizá incluso cada par de semanas, se nos dice que ahora gozamos de la oportunidad de reinventarnos y descubrir nuestro potencial creativo inesperado; cuando tenemos que pagar por la educación de nuestros hijos, se nos dice que somos «empresarios del yo«, que actuamos como un capitalista que escoge libremente cómo invertirá los recursos que tiene (o ha pedido prestado), en educación, salud, etc.

Este modelo de «empresario del yo», nítidamente visible en la figura del «emprendedor», tan del gusto de la ideología dominante, propone gestionar la propia vida personal y familiar como si de una empresa se tratara: trazarse objetivos, manejar las finanzas, hacerse marketing… Todo ello, con talante de triunfador y con el objetivo de alcanzar el éxito. Así, apunta Zizek, incapaces de romper este círculo vicioso por nosotros mismos, como individuos aislados, puesto que cuanto más actuamos libremente, más nos esclaviza el sistema, necesitamos despertar de este sueño traumático de falsa libertad zarandeados por la figura de un Amo.

Este «empresario del yo», a que estamos siendo reducidos, en flagrante contradicción con cualquier atisbo comunitario, niega nuestra propia condición como seres sociales y, en consecuencia, lo que de ello se deriva, como el Estado del Bienestar. Y lo hace de manera sibilina, no tanto cargándose por las bravas los sistemas de protección social, mediante recortes de las prestaciones (que también), sino desprestigiándolas, degradándolas y, lo que es peor, inoculándonos el veneno de que todo eso está hecho para gentuza que no tiene derecho a la vida, porque no sabe ni cómo buscársela ¿No nos suena acaso la música de que fulanita o menganito se aprovechan cobrando ayudas por aquí y por allá o yendo al médico cuando no lo necesitan? ¿No percibimos como vergonzante tener que cobrar el paro e incluso acudir a una oficina de desempleo?

A todo esto, debemos añadirle la gestión externa de los servicios y prestaciones (Daniel Blake, tras el primer infarto, fue evaluado para el trabajo por una empresa americana contratada por la Seguridad Social) y el propio talante de unos funcionarios (ellos también «empresarios del yo») que acaban maltratando a los usuarios (de las mil maneras que tal cosa puede hacerse) porque en definitiva los ven como perdedores, que es lo peor que se puede ser en la jungla humana en la que se nos quiere hacer vivir.

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