El hábito no hace al monje

A juzgar por sus reacciones, al PSOE, El País, amigos, colegas y simpatizantes en general, les ha debido sentar muy mal el anuncio de Podemos de que también ellos se sienten socialdemócratas. Quienes han puesto el grito en el cielo ante el gesto quizá no son conscientes de que, como sostiene Zygmunt Bauman, «vivimos en un mundo en el que las identidades son semejantes a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma» o, simplemente, instrumentalizan el asunto para barrer para casa en las inmediatas elecciones.

Es cierto que, con el uso, el concepto «socialdemócrata» había pasado a identificarse con los partidos socialistas europeos de centro izquierda, incluidos el Labour británico y hasta el Partido Demócrata norteamericano. Para algunos, sinónimo del único reformismo posible en una sociedad capitalista y para otros, arquetipo de traición a la clase obrera. Y también es verdad que, desde el final de la II Guerra Mundial, la socialdemocracia ha hegemonizado el discurso de la izquierda, al tiempo que actuaba como eficaz rótula del bipartidismo dominante. Modelo, en fin, que vivió su edad de oro hasta la caída del muro de Berlín, cuando todavía el sistema se permitía el lujo de detraer algo de los bolsillos privados en favor de la justicia social.

Según el politólogo Ramón Vargas Machuca (citado por el columnista de El País Patxo Unzueta), «la socialdemocracia se caracteriza por conciliar voluntad redistributiva y lealtad institucional, por considerar al Estado de derecho un marco irrebasable para sus aspiraciones de justicia social, por hacer de los principios y procedimientos de la democracia constitucional un criterio de legitimidad». «En eso -puntualiza Machuca- consiste la moderación socialdemócrata y la diferencia con otras izquierdas». Pulcros preceptos no exentos de sombras como, por ejemplo, las que envuelven eso de «conciliar voluntad redistributiva con lealtad institucional». Aunque, en definitiva, no requieren mucha aclaración si, en definitiva, la socialdemocracia, como sostiene el experto, se reduce a la «moderación».

En cualquier caso, la socialdemocracia no es un coto cerrado o propiedad de alguien, sino todo lo contrario. Cualquiera es muy libre de creerse socialdemócrata e incluso de interpretar la socialdemocracia de manera dispar. Es más, cuando Pablo Iglesias se reclama (también) de este credo, no sólo avala las tesis del mundo líquido de Bauman, sino que engarza con una tradición de la izquierda muy anterior a la actual versión de la socialdemocracia. Recuérdese, por ejemplo, que el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, fundado por Lenin en 1898, fue el que organizó el asalto al Palacio de Invierno. De hecho, no fue hasta el año 1918 que muchos partidos socialdemócratas empezaron a denominarse «comunistas». O sea que para la izquierda europea la socialdemocracia, como el Antiguo Testamento para los cristianos, está en su ADN.

Por otra parte y teniendo en cuenta el mal cartel que luce la socialdemocracia de un tiempo a esta parte, Pedro Sánchez hasta tendría que agradecer a Pablo Iglesias su contribución a lavarle la imagen, en vez de reaccionar con un sentido tan agudo de la posesión como lo ha hecho. Porque, objetivamente, el gesto de Podemos amplía las potencialidades de la socialdemocracia y, sobre todo, la aggiorna, como hizo el Concilio Vaticano II con la doctrina católica.

Pero, sobre todo, a quien le viene bien tal «pedrada en la charca» es al futuro de la izquierda, porque contribuye a superar las viejísimas fisuras que la encorsetan y que, a día de hoy, son solo papel mojado. Porque si siguen así las cosas ¿dónde queda aquello de Alfonso Guerra, de que «a la izquierda de la socialdemocracia el vacío»? Sin ir más lejos, el propio Jeremy Corbyn, que lidera el laborismo británico, ha puesto de manifiesto que en la socialdemocracia, como en casi todo, caben muchas lecturas. Sin salir de casa, el viejo laborismo británico puede empezar a parecerse más a Podemos que al PSOE y si en el PSOE hubiera cuajado un ala izquierda consecuente quizá ahora no tendría sentido hablar de esto.

En cualquier caso, a quienes no parece gustarles nada lo de Podemos es, además de a los rocosos, a los profesionales de segregar, etiquetar y finalmente machacar a las parentelas de la izquierda. A los que se frotan las manos cada vez que hay una pelea de familia en sus filas. Lo contrario, inédito, no podía menos que amargarles la fiesta. Y, en definitiva, si alguien se enfada, mosquea o, sencillamente, es partidario de que las cosas sigan, inamovibles, cada una en su casilla, quizás les alivie darse cuenta que, además, «el hábito no hace al monje».

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