¿Por qué no se va Artur Mas?

¿Puede ser verdad, como se dice, que Mas constituye un tapón para los ya conocidos o aún inéditos escándalos de corrupción? ¿Se trata de un reflejo, de vía estrecha, de lo que los marxistas llaman bonapartismo? ¿Responde, sencillamente, a un entêtement, que dirían los franceses? ¿Se deja querer por un entorno que le baila el agua? ¿Poseídos de miedo escénico, le animan a seguir sus socios de Junts pel Sí? ¿Se siente poseedor de la piedra filosofal del independentismo? ¿Cree estar obligado a quedarse para hacer ver que no da el brazo a torcer a los de la CUP? Quizá todo se reduce a que, como Jordi Pujol, de pequeño, al ver una masía en ruinas, recibió un impacto emocional y se decidió a salvar Catalunya de su postración.

En cualquier caso, el modo como se aferra Artur Mas a la presidencia de la Generalitat no es normal o, al menos, así lo interpretan muchas de las más de 18 millones de referencias que aparecen en Google a la cuestión de «porqué no se va Artur Mas». No faltan quienes opinan que nos encontramos ante un caso de terquedad recalcitrante porque, como les ocurre a quienes son de tal condición, aunque la realidad le demuestra que está equivocado, él insiste en su opinión y sus acciones. Se le califica de correoso (duro, indomable, incansable y difícil de doblegar) y seguidores del vampirismo (político) aseguran que Mas es un muerto viviente, quizás desde el 9 de noviembre de 2014.

También se dice de Mas que, entendiendo la política como prestidigitación (trilero se le ha llamado) ha acabado enredándose en el tacticismo del que ha hecho gala y acabará siendo víctima de él. Porque, a diferencia de los fogones, el ejercicio político no es mera cuestión de ingredientes, temperatura y tiempo («creatividad», en palabras de Francesc Homs) sino, sobre todo, de estrategia, de saber a dónde y cómo se va. En tal sentido, El País del 11 de noviembre, decía editorialmente, refiriéndose a Mas, que «se necesita algo más que la deslealtad táctica (agrupa a unos y a otros para desestabilizarlos después), el engaño leguleyo (promete atenerse a la legalidad y enseguida perpetra ilegalidades) y la trampa permanente (confunde, amenaza y veja hasta a sus propios consejeros): modos de conducta en los que desde hace meses Mas está concienzudamente doctorándose».

En este juego (peligroso), Mas se ha autoerigido en epicentro. Nadie de su partido cuestiona su absoluto protagonismo, sino todo lo contrario y en Junts pel Sí ocurre tres cuartos de lo mismo. Los «independientes» de la candidatura -Romeva, Llach, Bel, Forcadell…- no pierden ocasión de apretar filas en torno a la providencial figura del líder y ERC (encefalograma plano) se desvive por promoverle al podio. Todo lo cual conduce a interrogarse sobre la propia solidez del proyecto independentista que Mas lidera ¿Qué se puede esperar de una hoja de ruta que depende de una única persona?

En consonancia con la naturaleza de las personas que se aferran más allá de lo natural al poder, la trayectoria de Artur Mas está sembrada de cadáveres. Diluidos los espacios intermedios por obra y gracia del reduccionismo de Mas, formaciones políticas como el PSC, ICV y la propia Unió, su socio de gobierno durante tantos años, se han escindido. Y, lo que resulta más grave, también se han fragmentado los colectivos, las amistades, las familias…, en base a la falsa y estúpida dicotomía del «conmigo o contra mí». Un retroceso de décadas en la política catalana. Un atentado a la pluralidad, que quizá Mas interpreta como una «clarificación» del sustrato político o un engordamiento del nacionalismo y por eso no se va.

En paralelo, Mas ha protagonizado la mayor escabechina de la cosa pública, sin temblarle la mano. Con la mejor sonrisa business friendly ha privatizado la mitad de la sanidad catalana, precarizado la educación, abandonado el territorio, desindustrializado… Y ahí sigue, proponiendo tan campante un «nuevo país» con un sistema social similar al de Dinamarca -mientras mantiene en su gobierno consejeros-lobby como Jordi Ciuraneta (Agricultura) o Boi Ruiz (Sanidad)- y protagoniza un vergonzante exhibicionismo de perfil «socialdemócrata» para así justificar un pacto con la CUP. En la Catalunya de Mas se ha dejado de hablar de cuestiones sociales, mientras una parte significativa de la población sigue empobreciéndose.

En fin, rizando el rizo, a Mas acaba de ocurrírsele nada menos que invitar a los la CUP a «aparcar su tozudez» (cree el ladrón que todos son de su condición). «Más votar y menos vetar», ha recalcado imaginativo, sin pararse a pensar que tal eslogan en su boca solo podría despertar carcajadas sino fuera por el patetismo que lo envuelve. Con mucha menos mochila, cualquier persona decente hubiera recogido velas y pedido perdón. No es este el caso de Mas que, como otros personajes de su estilo, más que contribuir a que las cosas se aclaren con transparencia y honestidad, solo producen y dejan tras de sí lodo tóxico.

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