¡Qué gran espectáculo de camaradería, el del aquelarre popular de este fin de semana en Sevilla! Besos de Judas y abrazos mortales a la masterizada Cristina Cifuentes, siempre tan mona y repeinada. Ante las cámaras, cierre de filas y ovaciones sinceras de una cúpula de sonrisas falsas dibujadas en las máscaras. Entre bastidores, un alma en pena buscando el calor del macho alfa sabiendo que la suya es una tribu de caníbales que igual besan que muerden. Imagino a la diabólica Esperanza Aguirre partiéndose de risa desde su exilio forzoso visualizando a la presidenta de Madrid sin cabeza.

Ahora intentan los populares desviar el foco de atención del escándalo del máster falso diciendo que la culpa de todo la tiene un militante socialista, que filtró el pecado con intenciones vengativas. Inventarse títulos para suplir la falta de formación intelectual de políticos mediocres que han llegado a la cima del poder a base de liquidar a la competencia es un hecho que menudea en este país de pandereta. También es frecuente tunear las profesiones anteriores al cargo oficial para que el currículum dé menos vergüenza. Recuerdo a un alcalde que antes de serlo era vendedor de muebles pero que en su CV decía que era diseñador de interiores. Siempre mola más.

Vuelvo a la convención popular porque la Cifu no era la única con un título falso en el bolsillo. Para comenzar, el cicerone de la reunión, el presidente del PP de Andalucía nacido en Barcelona, Juan Manuel Moreno Bonilla, también pasó de ser licenciado en ADE a tener solo estudios de dirección de empresas y acabar sin ni un puñetero título oficial que colgar en su despacho de secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad. Sin embargo, su falta de formación intelectual no ha sido obstáculo para que el líder del clan lo colocase a dedo siguiendo instrucciones de la generalísima Cospedal aunque en Andalucía nadie supiera quién era ese joven sin ninguna gracia.

Otro caso de titulitis que tampoco acabó en dimisión per haber mentido fue el de la vicepresidenta del gobierno catalán. Joana Ortega fue diputada en el Parlament desde el 2006 hasta el 2015, primero como mano derecha de Josep Antoni Duran Lleida y después de Artur Mas. Sin embargo, hasta el 2011 no tuvo tiempo de borrar del currículum que era licenciada en Psicología.

Y si lo hizo fue porque alguien se atrevió a decirlo, asumiendo el descrédito que implica en este mundo denunciar mentiras, abusos de poder, nepotismo y corrupción. Como muestra tenemos el caso de Hervé Falciani, detenido en Madrid poco después de la huída a Suiza de Marta Rovira. Muy sospechoso.

Quizás porque ya estoy acostumbrada a que los políticos mientan, tampoco me parece tan terrible que Cifuentes tenga un máster de mentira en derecho público autonómico. Incluso me hace gracia que alguien del PP se crea esto del Estado de las Autonomías. Otra cosa es que la filtración de la jugarreta demuestra cómo se las gastan en la universidad pública Rey Juan Carlos. Ya no es solo que el anterior rector –Fernando Suárez- acumulase un largo historial de plagio de trabajos de colegas sin que nadie le exigiese la dimisión. Es que el rector actual y delfín de Suárez, Javier Ramos, insultó y amenazó a un catedrático que le denunció por un presunto delito de soborno. Por lo que parece, Ramos tenía el proyecto de contratar nuevo personal docente saltándose todos los protocolos reglamentarios.

Esto de pasarse por el forro los procedimientos para contratar personal no es un hecho limitado a la universidad popular. El mundo universitario es un pequeño universo de intercambio de favores, de plazas creadas a medida, de contrataciones a dedo de compañeros de partido y de concursos amañados. Y si esto es grave, todavía lo es más que todos lo sepan y nadie se atreva a denunciarlo porque convierte al que calla en cómplice de un sistema podrido que se perpetúa sin ningún castigo ejemplar. Por suerte no todos son manzanas podridas, pero el fichaje de incompetentes y el regalo de títulos a los amigos suponen un gran descrédito para la institución y un gran perjuicio para todos aquellos que se toman en serio la universidad pública.