En 1999, Hollywood nos obsequió con una película singular: Matrix. El filme, dirigido por las no menos singulares hermanas Wachowski, se ha convertido en un icono del género de ciencia ficción: sus escenas de artes marciales y sus protagonistas esquivando balas con movimientos inverosímiles han pasado a la historia del cine. Hasta aquí, la lectura superficial de la cinta. Pero Matrix es mucho más que eso. La película posee tal carga ideológica, que no exagero al afirmar que se trata de una de las metáforas más crudas y descarnadas que se hayan hecho de nuestra sociedad. Una metáfora que se resume en la espléndida frase que Morfeo, uno de los protagonistas (interpretado por un soberbio Laurence Fishburne), pronuncia en un momento del filme:“Matrix es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad”.

Es fácil aplicar esta máxima a nuestro mundo. Incesantemente, desde que apenas tenemos uso de razón y para que se nos grabe hasta el tuétano, una vasta maquinaria compuesta de políticos, funcionarios, leyes, reglamentos, maestros de escuela o de universidad, tertulianos, intelectuales, policías, libros de texto y medios de comunicación (oh sí, sobre todo medios de comunicación) nos repite ciertos dogmas que, literalmente, construyen nuestra realidad: Todos somos iguales ante la ley; el ciudadano es un sujeto político de derechos; los políticos están al servicio del Bien Común.

Sin embargo, todos, en algún momento de nuestra vida adulta, hemos podido comprobar cómo Matrix no es más que una ficción, un simulacro. Quien ha tenido problemas con la ley siendo pobre ha sentido cómo el no poder permitirse un abogado caro le condicionaba de forma insalvable; o cómo los derechos proclamados en leyes y constituciones se convertían, a la hora de aplicarlos, en papel mojado. O cómo nosotros, sujetos de derechos, éramos ninguneados por los mismos políticos que previamente habíamos elegido.

Sin embargo, he de confesar que pocas veces había visto caer el velo de la impostura de forma tan descarada como en este mes de julio, durante el debate de Investidura. Recientemente, el diario El País ha tratado de reconstruir el guión del desencuentro entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Olvídenlo. Nunca sabremos la verdad, porque cada cual dirá lo que le convenga. Frente al dogma de Matrix (“los políticos están al servicio del Bien Común”), la realidad se mostró en toda su crudeza: lo que presenciamos en el Congreso fue una lucha obscena por el Poder, dirimida entre dos individuos de egos elefantiásicos. Unos individuos que poco o nada pensaban en el bienestar del ciudadano cuando forcejeaban desde la tribuna por uno, dos o cinco sillones ministeriales. Ha sido simplemente pedagógico, aleccionador. Quien ha saboreado el Poder, quien ha sentido la sumisión, el servilismo, la adoración acrítica, incluso el miedo que provoca, comprenden bien a Pedro y Pablo. Eso -y no otra cosa- es la Política (y los políticos): máquinas voraces de conquistar, poseer y ejercer Poder. Todo lo demás -salvo escasas excepciones- es Matrix.

Por lo demás, el debate nos ha dejado otros momentos irrepetibles: un diputado que siempre se había conducido con maneras de matón de barrio (Gabriel Rufián), regalando libros de cuentos infantiles, en una renovada pose de hombre sosegado y reflexivo. O una Derecha embarcada en una lógica perversa: al tiempo que acusa a Pedro Sánchez de “echarse en brazo de los separatistas”, lo empuja irremediablemente hacia ellos, al negarle su abstención en la Investidura. La misma Derecha que se autoproclama “única defensora” de España y de su unidad.

Dos años después del estreno de Matrix, en 2001, una crisis económica devastadora asoló un país que había sido uno de los más ricos del mundo a principios del siglo XX. El gobierno se vio obligado a limitar por decreto la retirada de efectivo de los bancos, medida que popularmente fue bautizada con el nombre de corralito. Entonces la gente, llena de rabia, se dedicó a aporrear los cristales de las sucursales bancarias al grito unánime de “que se vayan todos”. Tal vez haya llegado, amigos, la hora de que nosotros nos pongamos a gritar también.