Me contacta una amiga del más allá. Tiene que venir a Barcelona por razones de trabajo y me pregunta cómo está de caldeado el ambiente. Le digo que espere un momento, que saco la cabeza por la ventana a ver. No ha de sufrir de momento por su vida, le respondo. Excepto algún samurái con catana haciendo de majorette y el típico Superman con capa estelada cortando calles pacíficamente, en Barcelona se respira sobre todo gases venenosos y meados como manda la tradición. Debe de ser la calma que precede a la tormenta que vaticina el helicóptero que está dando por el saco desde el sábado pasado o quizás es que todavía no nos hemos recuperado del todo del show del 12-O con el paracaidista colgado de la farola como metáfora de esta España que no sabe hacia dónde va.

La sentencia del Tribunal Supremo contra los presos políticos presos ha llegado para echar más gasolina al fuego. Me ha molestado la descarada filtración del veredicto que se ha hecho los días previos a través del órgano oficioso del gobierno socialista en un intento desesperado de desactivar posibles movilizaciones. Supongo que Pedro Picapiedra debe de haber pensado que siempre es menos doloroso que te empalen despacio y que el 10-N todo será ya historia. La república catalana bananera, su fracaso como presidente de gobierno, la momia de Franco dando por el saco y los fachas liándose a la hora de desfilar se habrán olvidado y el rebaño volverá a celebrar la fiesta de la democracia dando la mayoría absoluta a los socialistas. Lo tiene claro.

Decidme pesimista, pero yo lo que veo es un callejón sin salida, otra oportunidad perdida para volver al terreno de la política, que es de donde no tendríamos que habernos ido nunca si nuestros representantes públicos tuvieran dos dedos de frente. Y con un ciego que no quiere oír y un sordo que no quiere ver no vamos a ningún lado o quizás vamos directamente al precipicio, que es peor. Y así tenemos en un lado al burro Casado diciendo que “quien la hace, la paga” mientras se friega las manos de cara a la próxima cita electoral y en el otro al nada honorable Torra arengando a las masas para que se vuelvan a sacrificar por la patria y se dejan pegar por la policía, la española y la catalana, mientras él se esconde bajo la cama. Somos carne de cañón.

Para mí la sentencia no es solo un castigo al desquiciado independentismo. También abre la puerta a que a partir de ahora cualquier movilización ciudadana de protesta sea considerada un ataque al orden constitucional establecido y condenada a penas de cárcel indignas de un Estado democrático del siglo XXI. Todos aquellos que osemos protestar seremos unos sediciosos, según el Supremo. “La sedición no es otra cosa que una desobediencia tumultuaria, colectiva y acompañada de resistencia o fuerza”, indica el texto condenatorio de marras. Serán sediciosos los ciudadanos que quieran la independencia y también los que se encierren para reclamar más equipamientos o los que planten cara a la policía para evitar un desahucio.

Y mientras voy digiriendo la sentencia entre eructos de estupefacción, los plumíferos incendiarios de un lado y del otro vuelven a tener la palabra en este funesto folletín. Ni hablar de indultos, amnistía o reducción de penas por beneficios penitenciarios porque los condenados o no son culpables de nada o son culpables de todo. “Todos somos iguales ante la ley y todos la tenemos que cumplir”, dice Pedro en funciones aguantándose la risa. Gracias a todos por reanimar el proceso después de dos años de agonía y también gracias por distraernos de nuestra realidad cotidiana: la de las desigualdades y los recortes sociales, la del genocidio del pueblo kurdo, la de la muerte en vida de miles de refugiados que afrontan un nuevo invierno y la de la destrucción del planeta.