Italia sufrió durante años una infiltración mafiosa en las estructuras del Estado que un grupo de valientes jueces y fiscales -algunos lo pagaron con su vida- consiguió desmantelar (Operación Mani Pulitti). España también ha sido víctima de esta plaga. 

La joven democracia nacida -en un parto muy difícil- de la transición postfranquista, pronto fue prostituida y violada por un puñado de políticos sin escrúpulos que se aprovecharon de la buena fe de la gente y de la falta de controles para robar descaradamente y llenarse los bolsillos. El felipismo, el pujolismo y el aznarismo promovieron y encubrieron la corrupción, que emergió como un problema político y social gravísimo con el estallido de la crisis del 2007. 

La lucha contra esta lacra ha sido larga y dura. Algunos jueces, fiscales, policías y periodistas se la han jugado para combatir este monstruo, que se había infiltrado en todas las instituciones, empezando por la máxima representación del Estado, en la figura del rey Juan Carlos I

La corrupción es el principal enemigo de la democracia. Del mismo modo que no hay democracia sin libertad de información. Este es el convencimiento que explica la existencia y el combate de EL TRIANGLE, que pronto cumplirá 30 años de vida. 

La sentencia condenatoria de la pieza principal del caso Gürtel, el 25 de mayo del 2018, fue la gota que hizo colmar el vaso. Esto desencadenó la exitosa presentación de la moción de censura de Pedro Sánchez contra el entonces presidente del gobierno, Mariano Rajoy. Dos elecciones después (28 de abril y 10 de noviembre del 2019), estamos a punto de tener un gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos (UP) en España. 

No es un punto y seguido. Es un punto y aparte. El gobierno de Pedro Sánchez tiene que ser el de la refundación de la maltrecha democracia española, saqueada por décadas de corrupción y derroche de los recursos públicos, como acabamos de constatar nuevamente con la sentencia de los ERE de Andalucía. En esta voluntad regeneradora coinciden, afortunadamente, todos los partidos del arco parlamentario, den o no apoyo a la investidura del candidato socialista.

Espero que la lección haya sido bien aprendida por todos los políticos: corrupción, nunca más. Esta es la base sobre la cual tenemos que asentar la nueva etapa que se abre con la presidencia de Pedro Sánchez y, más temprano que tarde, con el nuevo gobierno que se forme después de las inaplazables elecciones al Parlamento de Cataluña.

La sociedad, para progresar, necesita poder confiar en la honestidad de los partidos y de los gobernantes. Esta es la premisa que da sentido al gran pacto político que hizo posible la aprobación de la Constitución del 1978. Sin corrupción, se puede hablar de todo.