Ser de Jerusalén es un gran privilegio que no está al alcance de todo el mundo. Es el lugar que eligió Dios para depositar sus mensajes divinos, convirtiendo esta tierra en Tierra Santa, en patrimonio de la humanidad y en principal manantial de culturas y de civilizaciones. A sus puertas cayeron todos los monstruos acomplejados de grandeza y los paranoicos dioses de la guerra. Así, me siento muy privilegiado por el hecho de ser de Jerusalén, y orgulloso, al mismo tiempo y como residente en Barcelona, por el hecho de ser también ciudadano del mundo. Orgulloso que desde mi nacimiento bebí de esta fuente de cultura y fui educado según los mensajes divinos: saber amar la tierra y defenderla, amar al prójimo y dialogar para vivir en paz.

De muy niño, cuando empecé a distinguir colores y figuras, los tambores de la Segunda Guerra Mundial me atormentaban y el hambre dejó su huella de sufrimiento imborrable. Todo parecía interminable: los segundos se convertían en minutos, en horas; las horas, en días, y los días, en semanas; las semanas en meses; los meses, en años, y los años, en siglos.

Pero nunca dejamos de creer en Dios y no nos equivocamos: cayó el paranoico y genocida Hitler. Nosotros, los árabes, y especialmente los palestinos, acogimos y abrazamos a sus víctimas, en especial a los judíos, en su momento, y el volcán se convirtió en una balsa de óleo y entonces surgió la esperanza, que no tardó en convertirse en desesperanza para nuestro país, Palestina, y para el resto del mundo árabe.

Los colonialistas ingleses traidores habían dividido el mundo árabe imponiendo regímenes dictatoriales y colaboracionistas, de forma que acabaron cumpliendo la promesa que el 1917 hizo el ministro de Exteriores británico, Lord Balfour, al movimiento sionista internacional de ofrecerles Palestina para construir un Estado judío. Y, todo esto, a pesar de que los árabes se alinearon y lucharon junto a los aliados, encabezados por Gran Bretaña, contra los otomanos en la Primera Guerra Mundial, a los cuales derrotaron y expulsaron, y así hicieron desaparecer de la zona a aquel opresor régimen islamista, cerrado y oscuro.

Fue así, pues, que las víctimas se convirtieron en verdugos. Las matanzas, el genocidio y la limpieza étnica por parte de las bandas terroristas sionistas más crueles – su número era superior a 80.000 y se habían infiltrado en Palestina armados hasta los dientes – derrotaron a la resistencia civil palestina y a los ejércitos árabes, que no disponían de más de 20.000 soldados, mal armados y peor entrenados, y se declaró el Estado de Israel.

Tres años después de la formación de este Estado racista, yo cumplí diez años. Los rostros de los terroristas y mercenarios sionistas que sembraban el terror con el tatuaje de la estrella de David en sus brazos no se borraron de mi retina. La rabia y la impotencia me hicieron crecer demasiado deprisa y, así, de repente, me sentí un adulto cuando todavía era un niño. Influenciado por un vecino nuestro, precisamente cristiano y dirigente del Partido Comunista, milité en sus filas y empecé a luchar contra el régimen dictatorial y pro occidental del rey Abdalá, traidor de la causa palestina y opresor del pueblo palestino. Aquel buen hombre que me introdujo en el mundo del activismo fue asesinado en el interior de la mezquita de Al-Aqsa, cuando distribuía panfletos del partido y daba instrucciones para el cambio de escondites y de refugios para algunos líderes perseguidos por el régimen. Más tarde, a los quince años, milité en las filas del Partido Nacionalista Árabe.

Por estas razones y presenciando el panorama político internacional, dirigido por un acomplejado presidente Donald Trump, muy creído, ansioso de poder y con un fuerte grado de analfabetismo político y racista, desconocedor de la historia, convertido en un títere en manos del movimiento sionista internacional y del lobby judío (IBAC); un presidente que alquila los miserables votos a cualquiera de estos ambiciosos faltos de conciencia, de honestidad y de amor a la tierra y asesorado por fundamentalistas masones, convencidos de constituir una raza superior a los otros, unidos por intereses económicos en la industria militar y petrolera, que ponen en jaque mate la paz mundial, la prosperidad y el bienestar, me veo obligado a escribir estas líneas rogando a Dios que alguien las pueda hacer llegar al señor Donald Trump.

Señor presidente, no sé si usted sabe lo que significa la meditación. Si lo sabe, le aconsejo que busque un refugio en la Casa Blanca, aislado con su esposa y sus hijos, y acompañado por un historiador honesto, para que le explique, simplemente, la historia de nuestro mundo, que yo le puedo ir avanzando en un breve resumen: todos los imperios han caído. Incluso, algunos han desaparecido cuando el último emperador de estos imperios creyó que era Dios, o su sombra en la Tierra e, invencible, perpetraba atrocidades con su afán de dominar la tierra, declaraba una guerra detrás la otra, ocupaba países y expoliaba sus riquezas materiales y humanas, estratégicas y geográficas… Sí, ganaba momentáneamente aquellas batallas, salía victorioso de las guerras, pero no se imaginaba – el poder lo ofuscaba – que, al mismo tiempo, estaba sembrando el odio hacia él y su imperio en cada palmo de tierra ocupada y sometida.

Señor presidente, ignoro si escucha a los millones y millones de gargantas gritando “No a la guerra”. Ignoro si usted ha visto las aterradoras imágenes de millones de niños, mujeres y ancianos muertos, quemados o mutilados por sus misiles y bombas, que llevan, solo, racismo y muerte. Estas guerras en Siria, Palestina, Yemen, Libia, Irak, Somalia…

Ignoro si usted sabe que ha perdido toda la credibilidad como persona al demostrar ser un hombre robot sin sentimientos y sin conciencia. Y también como gobernante. Usted ha hecho posible que América y los americanos hayan perdido el simbolismo que alguna vez distinguieron a su nación: la democracia, la libertad, el libre pensamiento, la tolerancia, el respecto al prójimo…, valores, estos, que levantaron la Estatua de la Libertad e hicieron de Nueva York la ciudad más famosa del mundo, Meca de todos los oprimidos y pobres, de los apasionados de la ciencia y del conocimiento. Pero usted ha puesto los colmillos y ha vestido con una capa de Drácula la Estatua de la Libertad…

Y como juez único que hoy dirige la política internacional, ha demostrado tener doble moral cuando compra los votos del jurado popular o los amenaza para dictar sentencia para aplicar la legalidad internacional y siempre a favor, precisamente, de quienes no la cumplen, que normalmente son su satélite ejecutor, el Estado antinatural y artificial, cloaca de mercenarios y de usureros, el Estado de Israel.

Señor presidente, desactive los mecanismos de la guerra, ordenando a Israel el cumplimiento de la legalidad internacional: las resoluciones del Consejo de Seguridad 194-242-338 y así los palestinos podrán construir su Estado laico, ejemplar en democracia, justicia, igualdad y desarrollo para así pacificar todo el Oriente Medio.

Le recuerdo que en su campaña electoral usted prometió a su pueblo convertir América en la más grande y ser la primera, “America first”, pero lo que ha hecho es lo contrario, convertir al Estado sionista ocupante en más grande y ha instalado al movimiento sionista en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Usted practica auténticos métodos mafiosos imponiendo impuestos a los caciques, dictadores y corruptos gobernantes del régimen saudí wahabita y a los sinvergüenzas del Golfo Árabe que han financiado el terrorismo islámico oscuro en todo el Mundo. Le recuerdo el atentado de las Torres Gemelas.

Por último le quiero preguntar: ¿Quién es usted para regalar la capital histórica de Palestina, Jerusalén, al Estado sionista ocupante? ¿Esta es la justicia? Le aseguro que los palestinos defenderán con uñas y dientes para recuperar su Ciudad Santa. Para su conocimiento, mi familia es de Jerusalén desde antes del nacimiento de Jesús.

Mi consejo, señor presidente, es que medite y reflexione para no pasar a las páginas de la historia como un monstruo, un Dios de la Guerra, que sembró la muerte, el terror, la destrucción, el hambre, el sufrimiento y el enfrentamiento entre civilizaciones, borrando la refulgente historia de América, símbolo de la democracia, de la libertad y de la solidaridad. Estoy seguro que todavía tiene tiempo para corregir el rumbo, designando nuevos colaboradores, gente sabia y humana, políticos libres, sin complejos y no afines a intereses económicos ni religiosos. Tiene que volver a ser el compositor y maestro que toca la sinfonía del diálogo y enterrar por siempre jamás más el hacha de la guerra, porque América tiene todas las capacidades para hacerlo
”.