La magnitud de la tragedia

Bluesky
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La expresión «la magnitud de la tragedia» se utiliza en la prensa y en las conversaciones del día a día como una herramienta lingüística para subrayar que un desastre ha superado los límites habituales, dando cuenta de una imagen subjetiva y algo etérea, para tratar de medir lo que no se puede, y así, en vez de dar sólo una cifra, se utiliza esta frase para describir el impacto emocional, humano y social de un hecho, como puede ser el de un gran incendio forestal.

Esto es lo que está pasando estos días en diferentes lugares de la Península Ibérica, de España, un fuego muy grave, el primero que sobrepasa las 100.000 ha, tan difícil, que tal magnitud que se hace difícil de imaginar, y por tanto de las consecuencias que tiene y tendrá.

Una auténtica tragedia, que al verla lejana impacta, por las imágenes y explicaciones de las personas afectadas, no acaba de ofrecer la auténtica realidad, el gran y grave perjuicio ambiental y socioeconómico que representa.

Sin embargo, estamos hechos de una materia, por la que necesitamos «ver y tocar, como Santo Tomás» (o «ver para creer«), es decir que no validamos las cosas y los hechos hasta que no tenemos pruebas claras y reales en la proximidad.

Por eso, se ha desarrollado una imagen, que vale más que mil palabras, en la que se traslada la superficie del gran incendio que todavía arde hoy en el centro de España, a un mapa de Cataluña, focalizándolo en la región metropolitana, que se extiende entre Tarragona y Barcelona, ​​con cerca de 4 millones de habitantes.

Dibujo desarrollado y cedido por Marc Castellnou (GRAF-GENCAT), el 26 de julio de 2026, en el que se superpone en la región metropolitana de Cataluña el gran incendio actual de Madrid, Ávila, Toledo. Este incendio se movería a lo largo de unos 100 km, desarrollándose en 32-35 horas y los colores muestran las temporalidades y superficie afectada. La dirección se ha seleccionado de oeste a este dado que el viento predominante ha sido el poniente.

En esta recreación, se puede ver cómo arrasaría en un día y medio un espacio de unos 100 km, entre el Montmell y el Montnegre, atravesando zonas altamente urbanizadas, por viviendas, industrias y centros logísticos, vías de comunicación y diferentes parques naturales, zonas que hace cincuenta años eran predominantemente agrícolas, y que han sufrido una transformación, que muestra de nuevo el drástico, no controlado e incluso no pensado cambio estructural a todos los niveles.

Cambio que se ha hecho con mucha dejadez, a pesar de los avisos recibidos con reiteración desde la academia, los habitantes y el sentido común, produciéndose con total ignorancia de las consecuencias de esta transformación, en el medio y al mismo nivel, en la sociedad y su funcionalismo.

Quizás, porque se ha hecho de forma demasiado ligada a un modelo de economía lineal, que es un sistema destructivo basado en extraer recursos finitos y generar residuos, el cual es radicalmente diferente al de la bioeconomía, que promueve un modelo sostenible centrado en sustituir los recursos fósiles por recursos biológicos renovables y procesos biotecnológicos.

El cambio climático ha hecho, hace y hará estragos en nuestro mundo, pero el modelo socioeconómico es el responsable de todo lo que nos está pasando, porque, no nos engañemos, todo el mundo sabe que si va a la cama con perros con pulgas se despierta…

Por este motivo, por esta decisión de corta mirada y bajo vuelo, nuestro territorio, no es inmune al fuego, y desgraciadamente a fecha de hoy su paisaje no es resiliente en el mismo.

Se tiene información, conocimientos, tecnología, compromiso, sentido común, pero no suficiente decisión, para hacer, que en parte se entiende, por el miedo a la incertidumbre hacia el futuro, pero sorprende la irresponsabilidad y la frivolidad en las declaraciones y actuaciones presentes.

Una, de las muchas potenciales soluciones que hay que pensar y aplicar, se está ya desarrollando en el territorio cercano al inicio de este fuego, es la Comunidad de Regantes del Penedès, que con el agua que gestionará y la información generada por IRTA/INCAVI/METEOCAT/ACA respecto a los lugares más idóneos para el cultivo del viñedo hasta finales del siglo XXI, se puede promover una ocupación resiliente del territorio, en aspectos tan básicos como el mantenimiento de la población, su economía y cultura, junto con el paisaje… al fin, al evitar el fuego y sus estragos.

Todo el mundo sabe que el reto no es diseñar y construir un nuevo paisaje, es hacerlo funcional, y eso requiere tiempo y voluntad, porque no es un cambio de imagen, es un cambio de modelo socioeconómico.

Nos gustaría que en unos años, se criticara este escrito por erróneo, no ahora, tildándolo de inoportuno y descabellado, este segundo modelo de crítica es el que tradicionalmente se ha utilizado, y nos ha llevado a las situaciones de riesgo que ahora tenemos.

 

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