Trump, el jugador de béisbol encallado en Ormuz

Bluesky

Se ha escrito mucho sobre cómo funciona el cerebro de Donald Trump, de que se considera un elegido y un ganador. También se dice que es una persona con poca o nula capacidad para empatizar. Hay quien dice que está loco, pero más allá de que esta terminología es rechazada por psiquiatras y psicólogos, ya que englobaría a personas con diferentes patologías y trastornos mentales, de conducta o de personalidad, si fuera sencillamente un loco, habría arruinado en pocos años el imperio inmobiliario y empresarial que heredó de su padre.

Hace ya dos meses que comenzó de la mano de Netanyahu su guerra contra Irán que probablemente arruine su mandato y su legado político ante la historia. Y ha destituido generales, cambiando la cúpula del ejército y los jefes de los servicios de inteligencia que le llevaban la contraria, algo no debe hacerse al iniciar una guerra.

Dicen que políticos y generales que a lo largo de la historia ganaron importantes batallas militares o políticas eran buenos jugadores de ajedrez. Como Napoleón Bonaparte, Lenin, Winston Churchill, Fidel Castro, o Barack Obama. Para afrontar exitosamente una campaña militar el que la empieza o el que se ve abocado a ella porque le atacan, debe tener cualidades propias del jugador de ajedrez. Conocer sus propias fuerzas, saber qué piezas tiene el adversario y plantearse cómo las gestionará. Hay que conocer al adversario, saber cómo piensa, y sobre todo intuir cómo reaccionará ante cada jugada, cada derrota o victoria y qué estará dispuesto a sacrificar a corto plazo para intentar ganar después.

Algunos presidentes de Estados Unidos como George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Woodrow Wilson, también eran buenos jugadores y políticamente tuvieron presidencias exitosas. Donald Trump nunca jugó a ajedrez, ya que hay que pensar demasiado, cuestionarse a uno mismo y saber esperar. Pero en la universidad Trump sí jugó a béisbol, ocupando posiciones como primera base y receptor o catcher, también como lanzador o pitcher. Era muy veloz, pero le costaba trabajar en equipo si no mandaba él. Pero su altura, poco más de metro noventa, y su poder económico y su no piedad con los débiles, le han ayudado en los negocios y la política. Y sobre todo no reconocer nunca sus errores ante los electores y la prensa, culpando a los demás de lo que ha salido mal.

Hace cinco meses Trump obtuvo una victoria con la captura de Nicolás Maduro, un líder populista y conocedor como él de las técnicas de manipular a las masas, con quien, por cierto, compartía la misma altura. Y con Maduro en una cárcel de Nueva York, aunque en aquellos momentos Marco Rubio mantenía negociaciones en Omán con Irán para recuperar el acuerdo nuclear que Trump mismo había roto, se dejó engañar por alguien más listo que él, Benyamin Netanyahu. Comenzó la guerra con Irán, matando al Líder Supremo, Alí Khamenei y otros dirigentes del régimen.

Trump pensaba que el régimen teocrático caería y la Guardia Revolucionaria se plegaría a sus órdenes como han hecho los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez en Venezuela. Pero a los dos meses de empezar esta guerra de la que tampoco aclaró qué objetivos tenía, las cosas no le están saliendo bien. El régimen no sólo sigue fuerte, aunque no sepamos realmente quién está al frente ya que al nuevo Líder Supremo no se le ha visto en público. Irán bloquea el estrecho de Ormuz, haciendo subir el precio de petróleo en todo el mundo y deteniendo el comercio mundial y cadenas de producción, también en Estados Unidos. Si Trump supiera jugar a ajedrez quizás habría pensado cómo respondería Irán al ataque, y sabría que el régimen tiene un número indefinido de peones, alfiles, caballos y también rey dispuestos a ser sacrificados. Y que es capaz de reemplazar sin problemas las 32 piezas del tablero si están muertas o sacrificadas.

Hay quien dice que a Trump se le debería aplicar la vigésimo quinta enmienda de la Constitución y destituirlo. También lo dicen muchos que le ayudaron a llegar al poder convencidos de que cumpliría lo que prometía de sacar al país de guerras ajenas, no empezar ninguna más fuera de casa, y poner América primero. Pero lo que ha puesto por delante de todo son los intereses de Benjamin Netanyahu y su deseo de guerra eterna para no ir a la cárcel y sobre todo hacer Israel más grande, controlando ya el sur del Líbano, partes de Siria, y expulsando cada día a más palestinos de sus tierras en Cisjordania.

A Trump se le acercan las elecciones de medio mandato en noviembre, y las encuestas dicen que la guerra con Irán es ya más impopular que la de Vietnam o las de Irak y Afganistán. Y después de anunciar varias veces que la guerra ya estaba casi ganada, duda si hacer lo que dijo que nunca haría, el envío de tropas de tierra. Pero no se puede ganar una guerra si tampoco se sabe cuál es el objetivo. ¿Hacer caer el régimen teocrático chií? El régimen, a pesar de tener mucha gente en contra, no caerá porque no hay ninguna estructura militar, civil o social para sustituirlo y hacer una transición no sabemos hacia dónde. Parece que ignore que la base del chiismo es aceptar el martirio como tuvo el imán Hussein en Kerbala poco después de la muerte de Mahoma, por defender los chiíes el verdadero islam, y sin miedo a nada, los chiíes esperan el regreso del doceavo imán, el Mehdi, el Mesías o el Esperado que traerá la paz y quizás también, creen, el fin del mundo.

Repito que no se puede ganar una guerra que no sabes qué objetivo tiene, por más que la empieces con la fuerza y la velocidad de un jugador de béisbol, y amenaces con destruir con bombas convencionales o nucleares una civilización como la persa. Poco conoce Trump el orgullo de los persas haciendo esta amenaza. Y si el objetivo era conseguir un nuevo compromiso nuclear, eso es lo que se estaba negociando días antes de comenzar esta guerra. El objetivo ahora no puede ser solo abrir Ormuz, porque ya estaba abierto antes de empezarla. El problema es Trump, que como una ballena que a pesar de su fuerza le falla el sónar o sentido de orientación y no sabe de dónde viene ni dónde va, y queda embarrancada en la arena esperando la muerte. Trump está embarrancado en Ormuz, e Irán amenaza con cerrar también con la ayuda de los houthis del Yemen, el Mar Rojo por Bab el Mandab, que en árabe significa «Puerta de las lamentaciones o del arrepentimiento».

Y con Ormuz cerrado, el petróleo y la inflación sube, mientras las elecciones se acercan y los votantes de Trump quizás no perdonen.

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