Pujol, Rajoy & Ábalos: los traidores a la democracia

Bluesky
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El calendario ha hecho coincidir en el tiempo los juicios al clan Pujol, a la “policía política” montada por el PP y a la trama de corrupción del ministro socialista José Luis Ábalos. Desgraciadamente, no todos los que estaban implicados en estas fechorías se sientan en el banquillo de los acusados, como Jordi Piera –el ex-directivo de FCC, factótum en la sombra de la obra pública en Cataluña durante el régimen pujolista–; Mariano Rajoy, perceptor de los sobres de la Gurtel, o María Dolores de Cospedal, ex-secretaria general del PP, ex-ministra de Defensa y ama del “lobo” Villarejo.

Los tres juicios, aunque afectan a partidos diferentes y a menudo enfrentados visceralmente en la plaza pública, tienen un denominador común: la prostitución de la política para el enriquecimiento personal y de un reducido entorno de cómplices, mediante el uso espurio de los recursos del Estado. Los hechos que se juzgan abarcan un largo período de la historia: desde el año 1990, cuando Jordi Pujol Ferrusola empieza a hacer negocios aprovechándose del poder omnímodo de su padre en Cataluña, hasta el año 2021, cuando el presidente Pedro Sánchez cesó a José Luis Ábalos como ministro y secretario de Organización del PSOE por pérdida de confianza: más de 30 años de la vida política española, manchados por la corrupción y el saqueo de los presupuestos.

Estas conductas aberrantes y absolutamente impropias en democracia son las que, en última instancia, están dando alas al fulgurante crecimiento de partidos de extrema derecha como Vox. Y eso que su líder, Santiago Abascal, también es un despiadado ladronzuelo, según denuncian algunos ex-dirigentes del partido.

Transparencia y cuentas claras en la administración y gestión del dinero público. Esta es la condición sine qua non para salvaguardar las libertades frente a los carroñeros que, como Donald Trump, asaltan el poder en nombre de la libertad a través de las urnas y luego se convierten en peligrosos tiranos.

La corrupción es el cáncer de la democracia y, como vemos, afecta a todo tipo de partidos y banderas. Estos tres juicios deben servir para sanear y recuperar la nobleza de la vocación política.

Solo el pueblo salva al pueblo. Los españoles y los catalanes de hoy venimos de una sanguinaria guerra civil y de una larga y cruel dictadura. Conseguir las libertades, la democracia y el Estado de Derecho fue una lucha tenaz que costó sangre, sudor y lágrimas. Por eso debemos estar firmemente vigilantes para impedir que nos arrebaten los avances logrados.

A los dirigentes políticos elegidos en las urnas hay que exigirles autodisciplina, coraje y decisión para cortar todas las ramas podridas, para que el árbol social crezca recto y sano. También, mientras ocupen cargos públicos, deben actuar con extrema modestia y honestidad en su ejercicio, público y privado.

La política no es una profesión: es un servicio a la sociedad que una persona, por amor a los demás, decide asumir durante un período de tiempo de su vida. La limitación de mandatos es el principal antídoto contra la tentación de patrimonializar el poder y abusar de él, con la corrupción, el amiguismo y el nepotismo.

Esta es una de las cosas buenas que tienen los sistemas constitucionales de Estados Unidos y de muchos otros países americanos: circunscriben la temporalidad de los mandatos presidenciales a una legislatura (México, Colombia, Guatemala, El Salvador, Paraguay, Chile…) o como máximo a dos (Estados Unidos, Brasil, Argentina…). Precisamente, los intentos de dos importantes líderes de la izquierda americana (Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador) de cambiar la Constitución para prolongar su estancia en el poder fueron el detonante de su lamentable caída en desgracia.

El gran “pecado” de Jordi Pujol fue su voluntad de perpetuarse en el poder de la Generalitat durante 23 años, usurpando la esencia de nuestra institución de autogobierno e intentando crear un régimen dinástico, a través de su hijo Oriol. Si hubiera tenido decencia democrática, ya habría dimitido en 1989, cuando estalló el caso Casinos, el peor escándalo de corrupción que ha sufrido Cataluña —junto con el caso del Palau de la Música— y que mancha toda su trayectoria política.

Increíblemente, la justicia exoneró a los partícipes en el caso Casinos —con el “patricio” Miquel Roca Junyent como principal protagonista de este episodio de corrupción—, pero, al mismo tiempo, fue el origen de la caída a los infiernos de la familia Pujol. La sensación de impunidad que creó el archivo del caso Casinos fue el terreno abonado sobre el cual proliferó una nauseabunda “cultura de la corrupción” en Cataluña, que encontró refugio de sus fechorías en Andorra, donde los Pujol, entre muchos otros, escondieron el “tesoro” de su rapiña.

Desgraciadamente, la democracia española y catalana se construyó sobre un magma subterráneo de corrupción que unificaba intereses políticos aparentemente diferentes. No se entiende el caso Casinos sin la complicidad subyacente de hacer negocios comunes entre el clan Pujol y el clan de la Zarzuela, con Javier de la Rosa como gran intermediario.

El caso Gürtel, que hundió al PP, es una copia a gran escala del 3% ideado por Convergència Democràtica para “tarifar” las adjudicaciones de obras públicas. Jordi Pujol Ferrusola hizo grandes negocios gracias a los pactos del Majestic de su padre con el PP. No podemos olvidar que fue socio de Ignacio López del Hierro, el ex-marido de María Dolores de Cospedal. Tampoco que Jorge Fernández Díaz, cuando era el dirigente del PP en Cataluña, comía de la mano de Convergència, siendo posteriormente defenestrado por Alejo Vidal Quadras, que acabaría siendo el fundador de Vox.

Es lo que ocurre en el mundo de la mafia: los antiguos socios acaban convirtiéndose en los peores enemigos. La enemistad visceral entre los comisarios Marcelino Martín Blas y José Manuel Villarejo hizo aflorar las “cloacas del Estado”; la mala relación entre Jordi Pujol Ferrusola e Ignacio López del Hierro provocó que José Manuel Villarejo atacara como un “lobo” las entrañas financieras de la familia Pujol; Jorge Fernández Díaz pasó de ser socio de CiU a factor determinante de su destrucción; Víctor de Aldama, el “gánster” particular de José Luis Ábalos y Koldo García, acabó convirtiéndose en su ruina política y personal.

Han pasado 50 años desde la muerte del dictador, pero la democracia sigue siendo muy frágil y, además, se ve amenazada por el auge de la ultraderecha autoritaria y el terrorífico tecnofascismo que nos llega de Silicon Valley. Solo predicando con el ejemplo contra  la corrupción y combatiendo frontalmente a los enemigos que quieren destruirla lograremos salvarla.

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1 comentario en «Pujol, Rajoy & Ábalos: los traidores a la democracia»

  1. Tengo la muy desagradable sensación que en España hay una tendencia imparable hacia una polarización que puede destruir todo el país sin poder remediarlo. Las amenazas que leemos cada día nos están llevando a la conclusión que la única alternativa es la violencia. La tecnología va a destruir la civilización y los que la sobrevivan serán sus esclavos, la libertad va a destruir la convivencia y la verdad va a eliminar la amistad y la familia. El prólogo perfecto para que en cada rincón del mundo surjan miles de tiranos que lo destruyan todo en nombre de una justicia que precisamente brilla por su ausencia. A veces me pregunto si en unas décadas alguien desenterrará nuestros debate y se sorprenderá que nos rendimos sin ni siquiera luchar por la verdad y la justicia,
    Esto se está yendo de las manos. La política de confrontación nos está volviendo a los tiempos del 34 en España y en Alemania. O se pone voluntad por atajar esto o acabará muy mal. Es una vergüenza que los políticos fomenten esto y lo permitan. Para cuando quieran reaccionar, será demasiado tarde.

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