Periferias

Bluesky
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Es un término muy utilizado que describe el contorno o superficie exterior de un cuerpo. Sin embargo, también puede aplicarse en su parte interna limítrofe con el exterior, es decir, es la zona de transición entre dos realidades físicas distintas, que además evolucionan a lo largo del tiempo hacia situaciones previsibles o no, que afectan y condicionan cada vez a más espacio y personas.

En plena zona metropolitana de Barcelona, se oye hablar muchas veces de la periferia de las zonas urbanizadas, muchas veces olvidando que estas áreas construidas, no hace ni medio siglo eran las periferias del mundo rural, de los campos y bosques que configuraban el sector agroforestal, dibujabando un paisaje y, por tanto, un territorio, un país muy diferente al actual.

Eran tiempos donde la ruralidad era una forma de vivir, de ser y estar, que suministraba alimentos y recreo excursionista a los urbanos, preocupados algunas veces por los fuegos forestales lejanos en espacio, y de la concepción del paisaje como un todo.

Ni que decir tiene que nada de todo esto es la realidad actual, en la que la elevada y extensa concentración metropolitana de personas, bienes y servicios, contrasta con el cada vez más importante despoblamiento y vaciado del territorio rural.

Llegados a este punto, a esta realidad, se plantean situaciones dicotómicas, muchas veces interesadas, entre el mundo rural y el urbano, pero siempre irreales en cuanto al fin, debido a que en la globalidad actual son lo mismo con envolturas distintas.

Así en plena región metropolitana de Barcelona, justo en el centro se encuentra la sierra de Collserola, que tiene unas dimensiones aproximadas de 11.100 ha de superficie, con una longitud de 17 km y 6 km de ancho. Presenta un relieve suave y bastante asimétrico, así mientras que los montículos del Vallès son largos y con un descenso suave, las vertientes orientadas al mar son cortas y con una pendiente pronunciada.

Además, en 2010 es declarado Parque Natural y desde 2021 goza de un plan especial de protección, es decir es un lugar natural de especial importancia rodeado por unos cuatro millones de habitantes, con mucha construcción de vivienda residencial de distinta tipología y legalidad, una autopista, una línea ferroviaria y tres carreteras… y con un elevadísimo índice de frecuentación por muchas personas en actividades distintas, incluso variopintas…

En él, el sector agrario es residual. Mostrándose el conjunto como un claro ejemplo, a escala reducida, de cómo ha evolucionado el uso del territorio en buena parte del país en el último medio siglo, y por tanto la tipología y funcionalidad del paisaje.

Es la culminación de un proceso de urbanización del paisaje, el directa y el indirectamente afectado, que tienen en común la periferia con muchos puntos de contacto entre dos concepciones y, por tanto, funcionalidades y funcionalismos, que promueven muchas situaciones complejas y complicadas, con un alto peligro (situación o acto con potencial para causar daño) y riesgo (combinación de la probabilidad de que suceda un hecho peligroso por la gravedad que puede ocasionar).

Todo lo cual, sitúa al Parque de Collserola en situaciones límite, posiblemente sin más opciones de guarda, que el seguimiento exhaustivo de las muchas y distintas actividades que en él se realizan, demasiadas veces bajo una incorrecta valoración de lo público, que a menudo se entiende como el lugar donde poder hacerlo que apetece, ya que es de todo el mundo, y donde precisamente por eso, hay que hacer lo que ecológicamente sea lógico, propiciado ineludiblemente, a la necesidad de una profunda discusión de los objetivos globales, que contienen a las zonas periféricas, en la nueva realidad climática y social.

Hay muchos retos asociados al cambio global y su derivada climática, como son la pérdida de biodiversidad, el desequilibrio agroforestal, el fuego forestal…, pero, sobre todo, está el de su uso.

En este contexto es y será importante para la viabilidad del territorio, la potenciación del sector agroforestal primero, y justo a continuación del sector agroalimentario, en la periferia, sin quede modo que nada tenga que ver con los productos, técnicas y sistemas empleados en la agricultura altamente intensiva, que generaron grandes y graves ambientales, ni con la agroecología bucólica y autodenominada verde, de baja y errática productividad.

Así teniendo en cuenta conceptos de la ecología desarrollados en el lejano siglo XX, debe considerarse que cada vez hay y habrá más energía en el sistema tierra, es decir, en todos los ecosistemas y los individuos sus relaciones, en el entorno abiótico, biótico o antropogénico, y en consecuencia en las zonas de transición, en las periferias.

Lo que está perfectamente reflejado en las RCP (representación de las vías de concentración de gases en la atmósfera), que indican cómo cada vez debido al efecto invernadero se acumula más energía en la biosfera, lo que da lugar a un incremento metabólico global, pero ponderado por el lugar, tiempo y estructura que recibe este incremento energético.

Estas certezas, motivan a plantearse si las prácticas agronómicas, ganaderas, pesqueras y forestales, requieren otro enfoque para su tratamiento, y también, si el sector agroalimentario y forestal, puede seguir encarando con la realidad actual y futura como hasta ahora.

Seguro, que un sistema con más energía incorporada no puede tratarse igual que un sistema generado hace más de cincuenta años, en situaciones y circunstancias distintas de las actuales y, por tanto, futuras.

Se dispone de suficiente conocimiento acumulado, que a pesar de la gran incertidumbre del sistema y en él de los lugares de conexión y transición, moldear y aprovechar estas periferias, para alcanzar objetivos de preservación dinámica del paisaje resiliente, mediante la implementación de un sector agroforestal autosuficiente, con tutela pública, dada la complejidad de la periferia, i la incertesa del mercat.

Así, ante la realidad climática y la emergencia social que se deriva, y la incertidumbre asociada, posiblemente sean necesarias actuaciones más preventivas, con menos rutinas o improvisación, tratando de ser más próximamente prescriptivos, lo que conlleva una relación más estrecha, continua y ponderada entre los diferentes actores involucrados en el parque.

También hace falta y será necesario, informar y formar a los consumidores en la verdad y la realidad de los productos que se consumen y el paisaje que nos rodea, ya que es importante pedir y proponer, pero reclamar sin más, es nada.

Con trabajo plural y coral, sobriedad y sentido común, se pueden y podrán generar soluciones para mantener la producción en el sector agroalimentario y forestal, en el marco ambiental y económico necesario para hacerlos viables, obtener alimentos y servicios ecosistémicos.

La necesidad de un paisaje, todo él, funcional y saludable, requiere especial atención a las periferias, que actúan como zonas de amortiguación de las presiones, como refugio y zona de proyección de organismos y sistemas, como barrera frente a estreses ambientales abióticos, bióticos y antropogénicos.

Todas las alarmas, las teóricas antes y las reales ahora ya han sonado con fuerza y ​​persistencia, por tanto, para resolver la situación hay que escuchar y valorar la voluntad popular, pero sin duda se requieren profesionales que, desde visiones transversales y plurales, que pueden incluso ser corales, con conocimientos y compromiso, las sepan transformar en soluciones, para que a continuación la política diseñe, legisle y actúe en beneficio de todas y todos, o como mínimo de la mayoría actual y futura.

¡No va de metrópoli o parque, de espacio público o privado, de zonas más o menos antropizadas, va de territorio, de país, y en él, como ejemplo, Collserola!

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