Ester Muñoz: encefalograma plano

Bluesky
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Escribo estas líneas todavía con la esperanza de que la portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados, Ester Muñoz, pida disculpas por comparar la detención de un soldado español miembro de la misión de paz en Líbano por parte del ejército de Israel con un control de tráfico. La frase humillante para el soldado, para su familia y para toda España fue “Yo he estado en controles de tráfico que me han tenido bastante más tiempo retenida”. Mucho me temo que esas disculpas no van a llegar. De hecho, portavoces del partido con la misma catadura moral que ella, José Luis Martínez Almeida y Miguel Tellado, ya han apoyado a la política leonesa, culpándonos al resto de que queremos buscar tres pies al gato.

Esto es lo que pasa cuando al frente de una organización se pone a una niñata que, ya con su mirada y su pose, muestra una crueldad y una deshumanización dignas de cualquier persona malvada. Porque reírse de la detención ilegal de un casco azul español que lleva dos meses soportando la presión de unos bombardeos también ilegales, viendo cómo sobrevuelan por encima de su cabeza y oliendo la muerte de civiles a escasos metros, es propio de malas personas, pero también de cobardes.

No es la primera vez que expreso mi deseo de mirar a la cara a esos individuos que, o bien no saben lo que dicen, o quieren destacar con algún improperio con el objetivo de hacerse visibles. Quiero imaginarme a Ester Muñoz muy justa en sus estudios, muy apartada de las conversaciones de gran calado. Por eso, siempre destacó por alzar el tono, aunque este supusiera humillar, ofender o menospreciar a otras personas. A ella no le importa eso, porque sabe que así llama la atención.

Aunque también creo que en la derecha española subyace una cobardía intrínseca que es comparable a la que un niño o niña muestra ante los poderosos. Quién sabe, igual Ester Muñoz fue de esas alumnas que, frente al más fuerte, se debilita, se afloja y acaba subyugada a su dominio. Tanta españolidad, tanto llenarse la boca con la rojigualda, tanta pulserita y, al final, acabas bajando la cabeza ante un estado cuyo primer ministro está siendo imputado por el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

 

Resulta patético y hasta grotesco que Ester Muñoz intente decir algo con sentido, puesto que, además de su ignorancia, posee el don de la vacuidad, del vacío cerebral más absoluto. Podríamos pensar que es superficial, que no sabe por dónde va, pero el caso es mucho más grave. Cuando no funciona ni una sola de las neuronas, es imposible hablar claro. En más de una ocasión se ha visto a Ester Muñoz rascándose el cuero cabelludo ante la pregunta de un periodista. Se la aparta un segundo de su zona de confort y se pierde. Y se acaban diciendo cosas como “que Israel no está atacando el Líbano, sino a un grupo terrorista financiado por Irán, Hezbolá”. A ella le dan igual las víctimas civiles y la destrucción de hospitales, escuelas y viviendas. Nunca pronunció la palabra “genocidio” ante lo que está pasando en Gaza y Cisjordania.

Banalizar la detención violenta del soldado español en misión de paz es un ataque a los más de seiscientos que se encuentran en ese tipo de operaciones, repito, para garantizar la paz. Ester Muñoz se ríe del asunto porque sabe que ninguno de esos soldados va a decirle nada. Ni se lo merece, porque cada uno de ellos entendió desde el primer momento que no vale la pena responder a una piedra. De hecho, la piedra es uno de los elementos que más se asocia a la cobardía. Se lanza, y se esconde la mano. Así es Ester. Mucha soberbia ante el micrófono y toda la cobardía del mundo, incapaz de reconocer su error.

Es posible que sea algo drástico, pero a las personas que, como Ester Muñoz, revolotean en el lenguaje para justificar la barbarie y la guerra y no molestar a los de arriba, me gustaría que les arrancaran de sus familias a sus hijos y se los llevaran al frente a luchar bajo las bombas, a ver los cuerpos destrozados de otros hijos antes de que les enviaran en una bolsa a los suyos. Quizás entonces se activarían sus cerebros y sus corazones. En el caso de Ester, sería completamente imposible porque no tiene ni lo uno ni lo otro. Es lo que sucede cuando se es cómplice de asesinos.

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