La guerra. Valor y precio

Bluesky
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De necios es confundir valor y precio. La ignorancia es poder que se sustenta en la mentira y en la adulación que encandila a los sátrapas. Netanyahu ha logrado seducir a Trump para que continúe amparándolo y se involucre directamente en la guerra, incumpliendo sus compromisos electorales, propio de un empresario felón reconvertido en político.

El Estado de Israel fue impuesto tras la Segunda Guerra Mundial al amparo de un relato mitológico: un pueblo milenario, elegido por Dios, perseguido y vilipendiado a lo largo de los siglos, busca imponerse a sus enemigos y sobrevivir a la adversidad. Las etnias que lo integran comparten la religión judía, aunque muchos ni la practiquen y alrededor del 60% no tenga conexión alguna con el Holocausto nazi. En nombre de la seguridad y continuidad expulsa, expolia y matan a palestinos y libaneses para ampliar territorio y consolidarse como gendarme de Oriente Medio con la protección de Estados Unidos.

Estados Unidos fueron construidos por emigrantes que se independizaron de Gran Bretaña hace dos siglos y medio, mataron a nativos y se apropiaron de sus territorios. Está formado por una mezcla de pocos indígenas, euroamericanos, latinos, afroamericanos, esquimales y múltiples grupos mestizos. Nación fuerte e independiente con tendencias imperialistas y abuso de posición dominante. El neoliberalismo decadente, la potencia científica y tecnológica, cierta beatería religiosa y el individualismo economicista marcan su identidad.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial se convenció a millones de trabajadores de que debían matarse entre ellos en lugar de enfrentarse a quienes los explotaban. Se les dijo que era para defender la Nación, esa abstracción que alberga tanto a obreros como a amos. Los primeros murieron o se arruinaron; los segundos continuaron obteniendo beneficios.

La guerra siempre tiene efectos devastadores. Destruye vidas, degrada la dignidad humana, viola derechos y libertades y obliga a desplazamientos forzosos. Impide la empatía y debilita la compasión. Socava la solidaridad, la cohesión social y la confianza, y obstaculiza la libertad, la justicia y el desarrollo cultural.

También destruye infraestructuras y reduce la producción de bienes y servicios. Alimenta la recesión, la inflación y el endeudamiento. Dispara el gasto militar -operativo, logístico y de mantenimiento-, dificulta el acceso a alimentos y energía e interrumpe las cadenas de suministro. Sin embargo, el complejo militar-industrial -del que ya advirtió Dwight D. Eisenhower- junto con los sectores financiero y tecnológico salen fortalecidos.

La guerra deteriora los valores mientras eleva los precios.

En las guerras se defiende lo que poseen quienes ya lo tienen y se ataca para arrebatar lo que poseen otros. A las guerras de religión le sucedieron las nacionalistas, con notable eficacia política. Ese señuelo generó un sentimiento de pertenencia a un ente difuso que dificulta la lucha de clases y facilita la sumisión, también la digital. El enemigo propiciatorio fue Rusia; ahora parece ser Irán. Con China, el verdadero rival estratégico, aún no se atreven.

Cada vez se disimula menos. En Venezuela e Irán está el petróleo; en Ucrania, las tierras raras; en Groenlandia, los recursos estratégicos. Y, además, el aumento de los presupuestos de defensa para comprar armas, financiar guerras y sostener el sistema de los petrodólares.

Ante todo, beneficios para los más ricos, incluido Trump. Se rechaza la inmigración, que se utiliza y explota; desprecio del mundialismo y la multiculturalidad. El enfoque estratégico se basa en la disuasión militar, la acción armada preventiva y, llegado el caso, la guerra abierta.

Resulta vergonzosa la deplorable sumisión de algunos dirigentes europeos -como Mark Rutte, Ursula von der Leyen o Friedrich Merz- y de políticos españoles -como Feijóo y Abascal– rendidos ante un déspota lunático y narcisista.

Si quieres la paz, prepara la paz, no la guerra. Por eso, es digno de elogio que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, proclame su rechazo a la guerra y mantenga su oposición al incremento del gasto militar.

Precisamos reivindicar un patriotismo cívico, plural e inequívocamente democrático, tanto en la sociedad como en la empresa: respetuoso, empático y solidario, comprometido con la paz, la igualdad y la legalidad internacional. Para hacerlo posible es necesario organizar a los trabajadores y a las personas de buena voluntad, dotándolas de proyecto y dirección para la acción colectiva.

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