Profesor y ensayista. Doctor en Historia Contemporánea por la UAB. Decano de la Facultad de Empresa y Comunicación en la Universidad de Vic. Articulista. Entre sus libros, L’Estat del benestar i els seus detractors, L’economia de l’absurd y Populismo y relato independentista en Cataluña. Ahora publica La razón y sus enemigos (El Viejo Topo).
¿Dónde, cómo, por qué la razón y sus enemigos?
Intento explicar la confrontación entre razón e irracionalismo, entre el predominio del conocimiento y, digamos, la emoción. Entre la preeminencia de lo colectivo o de lo individual. Sitúo el dominio de la razón cuando el pensamiento se abre paso en el siglo XVII y huye de las explicaciones teológicas. Esto generó ideas y comportamientos ilustrados y antiilustrados durante el XVIII y la Revolución Francesa. Hay dos líneas de pensamiento y dinámica, que son la razón ilustrada y los partidarios de lo emocional, lo individual frente a lo colectivo. En esta dirección intento explicar la hegemonía absoluta del individualismo liberal en últimas décadas.
¿El mundo de las emociones, al que te refieres, es herencia religiosa o más bien es consecuencia del romanticismo?
Es fundamentalmente el romanticismo, el pensamiento que se contrapone a la razón. Pone el individualismo, las culturas locales, en el centro. Heidelberg, el romanticismo alemán…, son referentes en Francia. Los contrailustrados -Joseph de Maistre, Louis de Bonald…- están contra la Revolución Francesa, que sería el resultado, digamos, de la razón ilustrada. El romanticismo es un movimiento que, a nivel artístico, es interesante y atractivo, pero desde el punto de vista ideológico es reaccionario.
¿El marxismo forma parte del pensamiento racional, incluso como un referente?
El marxismo y también el liberalismo teórico son hijos de la Ilustración, de la razón ilustrada. Bajo ideologías muy diferentes, comparten las ideas racionales, la ciencia, la organización de la vida social a partir de las estructuras políticas…
Así las cosas, nos ponemos en los años 70 del siglo XX, en el post-Mayo del 68… ¿Y qué pasa?
Aparece un pensamiento reaccionario respecto al de la razón y de la ilustración. En los años 60, todo lo que es el posmodernismo renuncia al mundo de la razón, al concepto de progreso, a la validez de la ciencia… Niega que pueda haber proyectos de emancipación y transformación. Todo se reduce a gestionar las pulsiones individuales, el individualismo, el principio de placer. Todo es relativo… Gilles Deleuze, Félix Guattari y Jean-François Lyotard… son algunos de sus exponentes. Su pensamiento procede de Heidegger, que, a su vez, entronca con el irracionalismo de finales del XIX y principios del XX, que son Fischer y Schopenhauer. Hay una línea que va de Heidegger en la Escuela de Frankfurt, que no acepta la idea de progreso. Adorno hace una crítica abierta a la idea de la Ilustración. Considera que el totalitarismo es un producto de la Ilustración. Todo ello lo recoge el pensamiento francés. Algo curioso, porque el modernismo se plantea en Francia, pero a partir de pensadores alemanes, y acaba triunfando en las universidades americanas.
¿Este «mal francés», también tiene que ver, en sus orígenes, con el marxismo?
Al principio es marxista. Está vinculado al estructuralismo marxista, pero, a principios de los 60, la mayoría de estos pensadores lo abandonan. En algunos casos pasa, a nivel político, por el trotskismo o por el maoísmo. Se acaban instalando en planteamientos absolutamente antirrevolucionarios.
Al mismo tiempo, ¿surge también lo que podríamos llamar un posmodernismo de derechas?
Este mismo posmodernismo, aparentemente vanguardista, de los Foucault y compañía, de los 70 y 80, se transforma en el posmodernismo de los nuevos filósofos franceses: Glucksmann, Bernard-Henri Lévy…, que son claramente de derechas. De hecho, en las elecciones presidenciales apoyaron a candidatos como Giscard d’Estaing. Estaban instalados en este relativismo, ya no hay transformación… Todo ello coincide con las necesidades de un determinado capitalismo.
¿Conecta todo esto, de alguna manera, salvando las distancias, con los neocons americanos?
El posmodernismo en Estados Unidos aterriza en todo lo que es woke, en el mundo universitario. Esta izquierda posmoderna, que se convierte en su manera de hacer en una especie de comisariado cultural. Todo esto llega también a Silicon Valley. El mundo de la bahía de San Francisco es hijo del underground, que, a su vez, es hijo de este pensamiento francés. No es emancipador, sino reaccionario. Pero también hay sectores de los neocom que proceden de la izquierda…
¿Hablas del acomodo de la clase obrera, del abandono de la lucha de clases, pero no hay en eso un elemento estructural, de base, como la propia desaparición del proletariado?
La fábrica fordista desaparece. El trabajador de cuello azul se va extinguiendo. Pero la izquierda, en lugar de incorporar como sujeto a la nueva clase obrera o a las nuevas clases populares, en realidad el nuevo fundamento de la izquierda va siendo el de las clases medias universitarias. Va dejando lo que fueron su sujeto histórico, que acaba en manos de la extrema derecha. En Francia, ya en los años 80, y en otros países, después. También se rehuyen los planteamientos transformadores, emancipadores. Se escapa de lo que los posmodernos llaman metarelatos, o relatos integradores. Así, lo que plantea el pensamiento woke es que lo transformador sólo puede estar ligado a la identidad personal: el género, la raza… No se plantea como problema fundamental lo socioeconómico, la propiedad de los medios de producción, sino temas personales, que tienen que ver con sentimientos de identidad, muchos de los cuales configuran una especie de supermercado de la identidad.
Un supermercado donde, como dice Andrea Zhok, no aparecen casi nunca en las estanterías intereses y lucha de clases, salarios justos, revolución… Y eso, objetivamente, le va muy bien al neoliberalismo.
La situación del capitalismo a partir de la Segunda Guerra Mundial es estimular el consumo. La individualización, la ruptura de los lazos colectivos… es consecuencia y forma parte de ello. Ya dijo Margaret Thatcher que la sociedad no existe, sino sólo los individuos, y eso se ha llevado hasta las últimas consecuencias. De hecho, en medio, todo el tema del mundo digital contribuye mucho. El consumo es la explicación de todas las cosas. El sociólogo francés Gilles Lipovetsky lo explica muy bien. Habla de la felicidad paradójica. Perseguimos objetivos de consumo, y en el momento en el que los conseguimos nos sentimos frustrados… y tenemos que volver a plantearnos volver a consumir. La satisfacción a través del consumo es como perseguir una sombra.
¿El mercado es ya la nueva religión global, o más bien el anticristo?
Esto ya comenzó en los años 20, en Estados Unidos, con la sociedad de consumo, pero es a partir del final de la guerra cuando se dispara, y con ello la individualización. Así, el consumo adquiere la categoría de elemento capaz de justificar nuestro paso por el mundo. Se convierte en nuestro propósito. Buena parte del consumo es posicional. No satisface. A partir de los 80, aparece el low cost, que permite estimular el consumo a bajos precios, y con ello el acceso a muchos productos por parte de las clases populares. Así, una buena parte se convierte o acaba considerándose clase media. El pensamiento posmoderno se añade a todo esto. Inicialmente, parece ser vanguardista. Foucault sigue siendo muy citado en los círculos y la gente de izquierdas, pero en realidad fue un reaccionario.
¿Qué se puede decir de las expresiones políticas de la posmodernidad: Laclau, Chantal Mouffe, Judith Butler…?
Plantean este populismo de izquierdas, que a veces se reclama marxista, pero que, como es el caso de Laclau, simpatiza más con Carl Schmitt: crear el enemigo, batalla de identidades…
¿Arrivati a questo punto, como dicen los italianos, cabe preguntarse como Lenin, qué hacer?
Mi opinión, en este momento, es que esta izquierda posmoderna es poco reciclable. Se radicaliza en sus planteamientos para acabar meando fuera del tiesto. En lugar de atender los problemas estructurales, el debate acaba girando, como ocurrió en España el año pasado, en torno a cuestiones periféricas. Con esto las clases dominantes están muy tranquilas. Hay que confiar, más bien, en la evolución en positivo de la socialdemocracia. A veces es exageradamente bussines friendly, como el laborismo de Tony Blair, que hizo mucho daño, pero no ha caído en estas explicaciones reduccionistas de la posmodernidad. Si se rearma política e ideológicamente, veo más futuro en la socialdemocracia y grupos afines.













