«Yo lidero, me mojo y doy la cara», afirmó Joan Laporta con su habitual vehemencia en la entrevista de fin de mandato, antes de dimitir hace unos días, concedida a Barça One, aquella ventana de streaming que primero enterró Barça TV y que al cabo de un tiempo dejó de emitir, en teoría porque un nuevo canal tenía que desterrarla para ofrecer en directo y en exclusiva la pretemporada del equipo de Hansi Flick y el Gamper.
Como es sabido, el invento fracasó estrepitosamente porque nada permanece ni sobrevive a la demostrada negligencia de la administración laportista, paradigma del caos, la inutilidad y la impericia. Todo, excepto el teatro, las apariencias y el suflé mediático, la especialidad de la casa, empezando por su propio discurso de despedida y por aquella frase pretensiosa y grandilocuente. «Yo lidero, me mojo y doy la cara», clama quien tardó dos meses en salir a defender el club del caso Negreira, sin mucho éxito, por cierto, ni la contundencia esperada. En aquel caso concreto, aunque igualmente significativo, ni lideró, ni se mojó por el Barça y, muy seguro, tardó una eternidad en dar la cara. Como cuando, tras el voto de censura de 2008 y largas semanas de silencio, reconoció que «he tenido que hacerme el muerto para sobrevivir».
La costumbre de envolver y engalipar a su gente forma parte o, mejor dicho, es el hilo conductor del show en el que se ha convertido una presidencia de la que hay que inferir que su relato intenta ocultar la realidad porque suele ser, por desgracia para el Barça, no solo menos ideal que la propaganda, sino la mayor parte de las veces justamente lo contrario.
Laporta es quien dijo que renovaba a Messi y le dio la patada y quien ahora, por ejemplo, ha saltado del barco dejando ir otra lista de mentiras.
«Hemos evitado el colapso del club tomando decisiones con valentía, rapidez e ideas claras», afirma quien acaba de firmar las peores cuentas de la historia del Barça y de triplicar las pérdidas que ya dejó en 2010 al final de su primer mandato.
«Consolidar la recuperación económica y la estabilidad presupuestaria», dice que han sido las claves del éxito de este mandato, a pesar de haber dejado un rastro de 150 millones de fondos propios negativos y unos gastos inexplicables que prácticamente igualan la masa salarial y que, a su vez, siguen lejos de la regla 1:1 y empeorando hasta el punto de que probablemente la temporada actual también acabará en números rojos.
«El balance es bueno, la institución es fuerte y el equipo enamora», sostiene sobre la única base que, coincidiendo la llegada de Hansi Flick con la explosión de Lamine Yamal y la segunda generación de oro de la Masía, cien por cien herencia de Josep Maria Bartomeu, los resultados de la temporada anterior sí mejoraron los del Madrid por primera vez en cuatro años, desde su regreso al palco azulgrana, periodo en el que el R. Madrid ha ganado dos Champions y el mismo número de ligas. La institución, en cambio, nunca ha dado la sensación de estar peor en todos los sentidos, socialmente destrozada por sus políticas de acoso y derribo a los socios, de pisar sus derechos estatutarios y de una vulnerabilidad financiera también sin precedentes.
«Seguir apostando por Masía + Flick + Deco«, ha añadido, aunque todo el mundo sabe que despidió el primer día a quienes descubrieron Lamine Yamal y compañía y que, desde 2021, ha reducido un 30% el gasto en el fútbol base porque, entre otros problemas, todavía hay que pagar los más de 40 millones que costó Vítor Roque.
«El Espai Barça ha sido la gran decisión de mandato», proclama, agregando que solo él se ha atrevido a empezar las obras y que en muchos años nadie había hecho nada. La verdad es que Laporta, al llegar, pudo concentrar todo su esfuerzo en cambiar las normas para dar las obras a Limak gracias a que desde hacía siete años las dos directivas anteriores habían impulsado dos MPGM en Sant Feliu, Sant Joan Despí y Les Corts, construido el Johan Cruyff, urbanizados los cambios viarios del paso norte, acordadas las expropiaciones, adecuado la exigente infraestructura en materia de electrificación y de un nuevo y potente transformador requeridos por la obra, realizado el túnel interior de servicios, imprescindible, la ampliación del acceso de vehículos industriales de Travessera de Les Corts, completados los concursos arquitectónicos del estadio y del Palau y, sobre todo, culminada la tramitación de las licencias de obras con el Ayuntamiento de Barcelona que fueron concedidas al FC Barcelona, y no antes, en 2022. Laporta también se encontró la financiación muy adelantada con Goldman Sachs, que él sí consiguió descarrilar con su innata capacidad para arruinar todo lo que toca. Hoy, nadie debe más que el Barça por un préstamo que se le cobrará 1.500 millones en intereses a pagar como mínimo hasta el año 2050.
«Normalización institucional: UEFA, FIFA, LaLiga y fin de la Superliga», ha sentenciado, tras cinco años de ir equivocadamente en la dirección opuesta, de enemistarse con la UEFA, que además le ha multado con 60 millones, y de ir acompañado de Florentino Pérez, servil y genuflexo, presumiendo de haber desplegado la mejor estrategia contra el enemigo, los clubes estado como el PSG, cuyo presidente ahora es el nuevo jefe de Laporta en la European Football Clubs (antes ECA), y contra LaLiga, a la que ahora ha corrido a defender para que nadie saque del medio a Javier Tebas, de quien tanto había renegado.
El resumen es que el Barça, en cada giro laportista por culpa de sus errores, por imprevisor, por compulsivo y por priorizar sus intereses personales, es quien siempre pierde en todos los órdenes, empobrecido y endeudado como nunca.
Laporta sabe que, pese a toda la fanfarria, sigue sentado en el marcador porque el socio del Barça, anestesiado y conmocionado aún por tantos goles encajados, ha apagado las luces largas hace tiempo. Se trata de evitar el despertar inevitable que algún día llegará tarde o temprano.
La última del repertorio preelectoral, como era de esperar, fue el anuncio de «Completar el proyecto de retorno definitivo al Spotify Camp Nou y un nuevo Palau», añadiendo que «Limak ha demostrado una alta capacidad ejecutiva» y que prevé «más inversión en secciones como la de baloncesto». Promesas que hacen reír.
Laporta es muy de la broma o pasa que, en el fondo, se ha vuelto temeroso, cobarde y plenamente consciente de que solo le queda aferrarse a este relato capaz de ocultar el verdadero escenario de precariedad tóxica en el que sobreviven y conviven él y su secta, los miles de socios fanatizados y ciegos que tienen decidido votarlo, pase lo que pase y sea cual sea esta cruda realidad, secundaria e intrascendente que han elegido no ver.
Su comportamiento y su seguimiento de un líder exclusivo, sin ni siquiera un ‘segundo’ de cierto calibre, son inequívocos de un estado de sumisión extrema, pensamiento rígido y dicotómico, de todo o nada, aislamiento del entorno previo y progresiva pérdida de la autonomía personal.
Otro rasgo es la devoción exagerada hacia Laporta, visto como una figura carismática, incuestionable, idealizada o casi sagrada, no admitiendo cualquier duda, defecto o error en la toma de decisiones y, en consecuencia, la supresión del pensamiento crítico, a menudo reforzada o justificada por la prefabricada reiterada e insistente sensación de que el mundo barcelonista se reduce a un «ellos contra nosotros» y que «no hay vida» fuera del laportismo.
Como si la seguridad solo la pudieran encontrar en este gueto presidencialista, el resultado es un grupo característico definido por una docilidad enajenante, de extrema obediencia y de aceptación radicalizada en el sentido de que quien no comparte las creencias está equivocado, son enemigos o están manipulados.
Por este motivo, aceptan ciegamente que, por ejemplo, un día Messi sea el elegido y al día siguiente el malvado, que Javier Tebas, LaLiga y la UEFA pasen de ser la representación de Satanás a convertirse en el único hábitat posible para el Barça o que el propio Florentino Pérez también parezca ahora la peor de las amenazas después de cinco años siendo el hermano mayor, referente, guía y el mejor compañero de viaje. Los cambios bruscos de amistades, actividades, orientación y abandono de intereses anteriores son frecuentes y aceptados.
En conjunto, sí, el laportismo es cada vez más una secta que una expresión realmente sana y espontánea del barcelonismo. Y las sectas, por definición, también se caracterizan por ser un día el súmmum de la perfección y al día siguiente todo lo contrario. No suelen acabar bien.











