Profesor de filosofía en el IES de Alcúdia. Divulgador, hombre de radio y colaborador en diferentes medios escritos. Proviene de un ámbito medioambiental. Ha escrito varios libros, entre ellos La alteridad en el diálogo y A la sombra de la filosofía. Ahora publica El libro negro de la filosofía (Leonard Muntaner Editor).
¿Por qué El libro negro de la filosofía?
Porque es, un poco, una provocación. Asimilar hoy en día «negro» a «negativo» es políticamente incorrecto. Entonces, el libro es políticamente incorrecto. Recupera una historia oculta de la filosofía, donde los filósofos caen en prejuicios, ideas preconcebidas…, en la discriminación contra las mujeres; de alguna manera alientan el odio hacia los pobres, la discriminación de los discapacitados o, por ejemplo, la filosofía antidemocrática, totalitaria. Así, hasta diecinueve capítulos, cada uno dedicado a alguna discriminación, ofensa o idea que hoy en día no consideraríamos razonable, ni comprensible.
¿La filosofía está dotada de una cierta aureola religiosa?
Tiene una parte, no sólo por los filósofos creyentes, sino porque ha habido más de diez siglos de vínculo directo entre filosofía y religión, donde los filósofos eran teólogos. Se dedicaban a subordinar la filosofía, como si fuera un método para demostrar las cuestiones de fe. La razón subordinada a la fe. Esto ha condicionado la visión exterior de la filosofía, y también la interior. Eso ha hecho más daño que bien a la filosofía. En Europa, el vínculo de la filosofía con la religión hace que ésta se interprete como algo de capellanes. Por eso la filosofía, en algunos momentos de su historia, ha intentado independizarse. La filosofía cuando se ha puesto del lado de la religión ha perseguido y dogmatizado.
En cualquier caso, el buenismo sí que parece formar parte de sus atributos.
El libro no pretende sustituir la verdad de los hechos. La filosofía ha contribuido al progreso humano, pero también ha lanzado muchas ideas negativas que, a su vez, le han perjudicado. En este sentido, intento hacer justicia. La filosofía ya es bastante incomprendida en la sociedad contemporánea para hurgar en sus aspectos negativos. En cualquier caso, ha habido una cierta voluntad de ocultar o poner el acento sobre una parte de su historia. Mi idea no es censurar ni cancelar la historia buena de la filosofía, sino complementarla. La filosofía debe ser crítica con ella misma. Esa es la intención del libro. No se deben esconder las vergüenzas, sino al revés, demostrar que, los que queremos a la filosofía y creemos en ella, también somos capaces de desmarcarnos de determinadas ideas que la propia filosofía ha contribuido a expandir. No pasa nada, o sí. Pero hay que hacerlo.
¿Que la misma ciencia se cuestione sus saberes, sus fundamentos, e incluso su propia filosofía, es una buena razón para que lo haga la filosofía en general?
Por descontado. Porque la verdad es que se ha deificado a los filósofos. Se los ha enaltecido como si fueran casi semidioses, como si tuvieran esa verdad que estamos buscando. Pero, al mismo tiempo, hay una necesidad de situar humanamente a los filósofos. Los filósofos bebían, comían… algunos en exceso. Otros tenían, yo qué sé, tendencias inconfesables, vergüenzas que no podían enseñar… Son humanos. Como humanos se equivocaban, y por lo tanto no podemos ponerlos por encima de los demás mortales. Erraban como todos, y también acertaban a veces. En algunos momentos, han actuado como resonancia de prejuicios sociales. Por ejemplo, en la antigüedad, la consideración absoluta hacia los discapacitados, o el esclavismo, que en algunos casos llegó a ser considerado de origen natural. Platón consideraba la democracia como uno de los peores sistemas de gobierno. Todo esto debe actualizarse, no sólo para hacer historia sino para atender el presente.
¿Cuáles son algunas de las truculencias más flagrantes que protagoniza la filosofía a lo largo de los capítulos de tu libro?
Por ejemplo, Kant, el padre de los derechos humanos, de la idea de dignidad, del cosmopolitismo… cayó también en esta idea misógina de la filosofía diciendo que una mujer, cuando deja de ser mujer (en el sentido de dedicarse a sus tareas, con unas capacidades que son inferiores a las de los hombres), pues se parece a una mujer barbuda… Nietzsche, filósofo y poeta, decía que una mujer lo que necesita es que se la fustigue para mantenerla a raya. Para Aristóteles las mujeres son un error de la naturaleza, una idea asumida posteriormente por Santo Tomás de Aquino. Sobre las mujeres ha habido esta imagen de que la filosofía no es para ellas. Que las mujeres pueden contemplar la belleza de su universo, pero no la pueden entender. Rousseau dice cuáles son las tareas que deben hacer las mujeres, y plantea una educación segregada.
¿La curiosidad, el conocimiento, el ansia de saber…, tan propios de la filosofía, están siendo atropellados de alguna manera por el acceso digital a la información, la inteligencia artificial…?
No sólo la filosofía, sino también la inteligencia y la humanidad están siendo atropelladas. Estamos en una espiral muy peligrosa, que nos está conduciendo a lugares donde estamos perdiendo facultades. Así como en el ámbito de la física, con la bomba atómica, hemos sido capaces de crear nuestra propia autodestrucción, sin marcha atrás. Tampoco parece haberla en esta exploración de la eliminación de nuestras propias facultades internas. Ahora ya estamos atacando no a nuestro mundo, sino lo que somos. Estamos perdiendo memoria, facultades intelectuales… Renunciamos a elaborar nuestros propios textos y copiamos los que elaboran los algoritmos.
¿Esto se reproduce en los centros de enseñanza, tan expuestos a la instrumentalización intelectual?
En los institutos hay un clima, que no afecta sólo a la filosofía, sino al conocimiento en general, que es el de la posverdad, y no hay nada más antifilosófico que la posverdad, que no es más que una renuncia, voluntaria, a la verdad. No hablamos sólo de cómo resulta de difícil descubrir la verdad en nuestro mundo, sino que estamos renunciando a descubrirla. La filosofía, que tiene un sentido de conocimiento, es precisamente la búsqueda de la verdad. Además, hay un relativismo que aún perdura entre una parte de la juventud, que sigue recurriendo a aquello de «según mi opinión…». No todas las opiniones son válidas. Es válido opinar, pero no ciertas opiniones: fascistas, discriminatorias, ofensivas…
¿En tu libro se hace alguna incursión en las otras filosofías, en el pensamiento no occidental?
Eso es, digamos, un déficit del libro. Algunos filósofos, como Schopenhauer, que se interesaron por las filosofías orientales, están muy citados. Otro pecado de la filosofía, en el que no he entrado, pero que da para otro libro, es el etnocentrismo que dice que el pensamiento nace en Grecia. Mentira. Quizás hablamos más de la sabiduría del mundo oriental, y decimos que la filosofía es occidental. Cuando, en clase, explico los primeros filósofos, los presocráticos, siempre hago hincapié en el hecho de que el pensamiento occidental está muy influido desde su nacimiento por Oriente. Todos aquellos contactos, viajes, de los filósofos presocráticos… también de los pitagóricos, nos indican que hay mucha mezcla. Nosotros simplificamos de manera obligada por un currículum que nos limita muchísimo.
¿En la época de Buda y sus alrededores se produjo quizás una especie de regeneración compartida del pensamiento en lo que hoy es Irán, India, Grecia, quizás parte de China…?
Entre los obstáculos para la ruptura entre Oriente y Occidente, tenemos algún presocrático, como Parménides, que se distingue por su manera de pensar antidialéctica. Eso es muy poco oriental. O blanco o negro. Pero también existe aquella concepción dinámica, la idea circular del tiempo. Por ejemplo, Heráclito, con el «todo fluye», empieza a tener una visión predialéctica. Esta idea orientalista de la fluidez está en el origen de la filosofía occidental. Spinoza, con su panteísmo, Heidegger, Schopenhauer o Nietzsche mismo comparten cosas con Oriente.
Hay filósofos, digamos, tremendistas, justicieros…, ¿pero también los hay afectuosos, agradables…?
Hay una corriente en la filosofía de ruptura de moldes, que deja de mantener esa distancia como si el lenguaje filosófico tuviera que alejarse de la gente: «Si no me entienden, voy bien». Hay filósofos, como el propio Michel de Montaigne, que hablan de los problemas eternos (la muerte, la amistad, la felicidad…) de una manera muy clara y directa, personal. Pensando, quizás, que la gente busca en la filosofía no un refugio, sino unas recetas para vivir más feliz, para conocerse a sí mismo, lo que también conlleva cierta renuncia al ámbito político, y eso no me gusta. Y aprovecho para reivindicar la figura de Hannah Arendt.

















