La Girona insolidaria

Bluesky

En Cataluña tenemos un problema: Girona. Este territorio, que comprende las comarcas del Gironès, Alt y Baix Empordà, Garrotxa, Pla de l’Estany, la Selva, la Cerdanya y el Ripollès, es la cuna de algunas de las principales estirpes feudales que protagonizaron la conquista de los dominios musulmanes en la Edad Media y estructuraron lo que hoy conocemos como Cataluña.

Este hecho histórico ha creado un poso de supremacismo -consciente e inconsciente- de los gerundenses hacia el resto de los catalanes. Los 830.000 habitantes que viven en la demarcación representan solo el 10% de la población de Cataluña. Pero la “intelligentsia” gerundense considera que ellos son los “catalanes puros”, los depositarios de las esencias patrias y los demás somos “tierra conquistada”. Esto hace que tengan una visión muy cerrada, exclusiva y excluyente de su realidad, que pasa a menudo por encima de los intereses colectivos de la sociedad catalana.

Motivos para quejarse no tienen. Su privilegiada situación geográfica -mar y montaña- ha hecho prosperar, en las últimas décadas, una intensa actividad turística, que es la base de su bienestar. También el hecho de ser la puerta de entrada de la península Ibérica a Francia y a los países centrales de la Unión Europea ha creado una potente industria logística en los alrededores de Girona y de Figueres.

Paradójicamente, buena parte de esta riqueza procede de la destrucción especulativa del territorio gerundense. La barbarie urbanística de la Costa Brava ha arrasado algunos de los parajes más valiosos y magníficos de estas playas y calas. La avaricia y falta de escrúpulos de los promotores inmobiliarios han contado, desgraciadamente, con la complicidad de muchos propietarios y ayuntamientos gerundenses, tanto en la época de la dictadura como en la democrática.

Contrasta esta pulsión autodestructiva que ha desfigurado gravemente el paisaje y el patrimonio natural de las comarcas gerundenses con la oposición a ultranza cuando se trata de proyectos que benefician al conjunto de Cataluña. El caso más clamoroso es el de la implantación de energías renovables (solar y eólica) en su territorio.

Para la historia de Cataluña queda que el primer molino de viento para la producción de energía eléctrica lo instaló, en 1984, la cooperativa Ecotècnia en el municipio de Vilopriu (Baix Empordà). Pero, desde entonces, no ha prosperado ninguno de los proyectos presentados para la construcción de parques eólicos en las comarcas de Girona, a pesar de las excelentes condiciones de viento que hay. La enconada oposición de los vecinos y de los ayuntamientos lo ha impedido hasta ahora: es el síndrome del “mírame, pero no me toques” que sufren los gerundenses de hoy. Consideran, desde el tiempo del alcalde Joaquim Nadal, que el Empordà es la Toscana y Girona, Florencia.

En Cataluña presumimos de ser la punta de lanza de la península Ibérica. Pero el caso es que, por lo que hace al desarrollo de las energías renovables, estamos en la cola. La “electricidad verde” solo representa el 20% de la producción de megawattios en Cataluña, cuando la media en España es del 56%. Fracaso y vergüenza.Además, los parques eólicos y solares se concentran, mayoritariamente, en las comarcas de Tarragona y Lleida, los “hermanos pobres” de la familia catalana. Solo la Terra Alta soporta el 25% de la energía eólica producida en Cataluña. También las comarcas barcelonesas del Anoia y el Bages han sacrificado parte de su territorio para plantar aerogeneradores.

En cambio, la producción de energías renovables en las comarcas gerundenses es 0. Patético e insolidario. El proyecto Galatea, que prevé la instalación de nueve molinos en la zona de la Jonquera, está bloqueado desde hace años por su judicialización. Y el gran parque eólico Tramuntana, que se ha proyectado construir a 24 kilómetros del golfo de Roses, mar adentro, todavía espera obtener los permisos pertinentes y ha suscitado el rechazo frontal del sector turístico, además de los ecologistas y de los pescadores. Si algún día prospera, el parque Tramuntana generaría el equivalente al 45% del consumo eléctrico de las comarcas gerundenses.

La última batalla se libra en el Empordanet. Aquí, la empresa RWE pretende instalar cuatro grandes aerogeneradores, para aprovechar el viento de la zona. Pero los ecologistas y los vecinos -muchos de ellos, barceloneses con segunda residencia en el Empordà- se han organizado para impedir que el proyecto pueda prosperar y presionan a la Generalitat para que no lo apruebe.

Las comarcas gerundenses son la “niña de los ojos” de Cataluña. Tienen de todo: tren de alta velocidad, autopistas gratuitas (AP7 y Eje Transversal), aeropuerto, campos de golf (el de Caldes de Malavella acogerá Ryder Cup del 2031), estaciones de esquí, universidad, un montón de restaurantes de lujo estrellados, un equipo de fútbol en la primera división, la princesa de Girona… Consiguieron que la línea eléctrica de muy alta tensión que conecta con Francia esté soterrada en buena parte de su recorrido para impedir que perturbe el paisaje.

¡Pero de energías renovables, más allá de las placas solares en los tejados de las casas, ni hablar! Yo valoro muy positivamente la acción que han llevado a cabo, en los últimos años, entidades proteccionistas y de salvaguardia de la naturaleza gerundense, como la IAEDEN-Salvem l’Empordà o SOS Costa Brava, pero su espíritu ecologista se desvanece cuando se trata de la instalación concreta de parques solares o eólicos en este territorio, que reducirían la tóxica dependencia nuclear y de los combustibles fósiles que sufre Cataluña.

Otra muestra de este egoísmo particularista ha sido la ridícula protesta de algunos alcaldes, como los de Girona y Figueres, ante las alertas lanzadas por la Generalitat a raíz de las últimas y violentas rachas de viento. Consideran que el Gobierno se excedió, porque en sus ciudades no les afectó, a pesar de que el viento causó graves estragos en otros muchos lugares de Cataluña. En vez de agradecer la prevención, se quejan de la imprecisión del Meteocat.

Pero Girona tiene un “agujero negro”: La Jonquera y el endémico negocio de prostitución que hay montado en esta zona fronteriza. Los puticlubs -con el Paradise, el prostíbulo más grande de España como emblema- son la primera imagen que se llevan de Cataluña los viajeros extranjeros y turistas que nos visitan por carretera y esto los ocho millones de catalanes no nos lo merecemos.

Si los gerundenses están tan pagados de sí mismos, harían bien de protestar y presionar para erradicar, de una vez por todas, el vergonzoso mercado del sexo de la Jonquera. No quieren energías limpias, pero cierran los ojos ante las mafias que controlan y se aprovechan del tráfico y de la explotación de mujeres en este lugar.

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