Periodista y escritor. Ha trabajado en diferentes medios. Durante varias décadas, como reportero e investigador de tribunales, en La Vanguardia. Ha publicado varios libros, entre ellos Barcelona, en rosa y negro, Viaje por las mentiras de la historia universal y En el tsunami catalán. Su última obra es Los crímenes de los pasos perdidos.
¿Se puede definir la justicia con cuatro palabras?
Mi opinión, quizás no compartida por muchos juristas, es que la justicia es ese conjunto de normas que busca una sociedad para que la venganza no se extienda. Para que, de alguna manera, sea un compendio de normas institucionales, que eviten la revancha privada y, en cierto modo, la barbarie. Si pides al Estado que castigue un delito, ya no lo pones en manos de los parientes o de los afectados. La justicia es el camino para buscar una verdad, que nunca será total, pero que se puede aceptar dentro del problema. Los reporteros de tribunales, cuando contemplamos un sumario o una sentencia, vemos que se trata de una verdad formal, no de toda la verdad. Es algo que hay que admitir, porque la verdad absoluta no existe. Es la forma que existe para poder aceptar una verdad que sea digerible.
¿En este sentido es una cosa, digamos, mutable? ¿Un camino, como dice Antonio Machado, que se hace al andar?
Todos los sistemas son imperfectos y siempre hay que intentar mejorarlos. En estos momentos, más que una crisis de la justicia, tenemos una crisis social importante. Algo que lo afecta todo: la justicia, claro, pero también la vida política, el periodismo, los transportes… Entonces, hay que buscar el camino para mejorar esta sociedad, que no está viviendo su mejor momento. Pero, igual que el periodismo responde a la sociedad que hay, también pasa lo mismo con la justicia. Esto es así, pero hay que intentar mejorar. Habría que tratar de elevar, en general, los niveles de exigencia. Ahora tenemos el juicio de los Pujol, que tendría que haberse celebrado hace tiempo… Una justicia excesivamente veloz tampoco es recomendable, pero tampoco lo es una que está anclada en el tiempo, y a veces paralizada. No creo que la justicia no sea justa, pero todo el que va a un tribunal piensa que ganará, y puede ser que no sea así. En el Palacio de Justicia había un despacho donde se podían hacer reclamaciones, cosa que no es muy frecuente. La justicia, a diferencia del médico, donde siempre se vuelve, es un lugar donde no se quiere ir.
¿Consideras, como Jorge Verstrynge, que la justicia sigue siendo la asignatura pendiente de la democracia?
Sí, pero a medias. El juez vive dentro de una especie de situación bipolar. Por un lado, es un servicio público, y por otro, una autoridad. Eso es muy difícil de compatibilizar. Creo, sobre todo, que es en la escuela judicial y en los primeros tramos en los que se educa al juez donde hay que poner el acento para promocionar la justicia como servicio público. Los tribunales y las salas de justicia no son de los jueces. Son de la sociedad, como lo son otros ámbitos de la vida pública. Creo que por ahí habría que trabajar con él, para que el servicio público de la justicia y su relación con la sociedad fuera mejor. A veces creo que a los jueces les falla la comprensión de lo que hacen. Toman decisiones, que son las que deben tomar. Pueden no ser injustas, pero no están bien explicadas. Si la justicia no se comprende, no sirve para mucho. La justicia debe ser comprensible para el ciudadano.
¿No influye, también, en este estado de cosas de la justicia, la reproducción corporativa del oficio, con su correspondiente transmisión ideológica?
En todos los oficios hay siempre transmisión familiar. Hay muchos médicos que son hijos de médicos… Pero sí que es posible que la condición de autoridad que conlleva la justicia genere un cierto conservadorismo. No político, ni en relación con regímenes pasados, sino más bien en su visión de la sociedad. Precisamente por eso insisto en la necesidad de acentuar su papel de servicio público. En cualquier caso, no creo, de ninguna manera, que la justicia actual sea franquista.
Hubo un momento en el que se hablaba de «politización», lo que se ha sustituido por la «judicialización»…
Es verdad que la vida se ha judicializado mucho. Esto puede ser un poco producto de lo contrario de lo que decíamos: que la justicia resolverá tus problemas en un sistema democrático. Creo que en las dictaduras poca gente acude a los tribunales. Para paliar la tendencia a recurrir a la justicia, más que en la intermediación, yo creo en la supervisión administrativa, que debería intervenir antes de recurrir a los tribunales para dirimir conflictos normales y corrientes. Que no sea necesario recurrir a un fiscal, a un juez, a unos funcionarios. Así quizás no se saturarían tanto los juzgados. Por otro lado, se habla mucho de judicialización en relación con la política. Aquí los políticos no han ayudado nada. No han diferenciado lo que es la responsabilidad política de la penal. Así, las cuestiones políticas acaban dirimiéndose en los tribunales, lo que creo que a muchos jueces les desagrada. La responsabilidad política es muy anterior a la penal. Esto ha sido un factor de distorsión muy importante de la vida pública y de la judicial.
¿Crees, como Antonio Sanz, criminólogo, que la justicia y sus profesionales son actualmente el principal dique de resistencia a la demanda generalizada de mano dura?
No estoy muy al tanto de los datos en este terreno, de los que me fío mucho. Es verdad que las cifras nos dicen una cosa y la corriente pública otra, pero estamos en un país muy punitivo. Hay unas condenas y unos índices de ocupación carcelaria muy altos, y un índice de delitos bajo. Eso no tiene mucho sentido, si lo miras claramente. ¿Estamos reclamando mano dura para quién? Yo también pienso que más mano dura no arreglará nada, en cuanto a los delitos graves. Nuestros índices de asesinatos son menores que en países donde hay pena de muerte. Eso que no tiene mucho sentido. Tenemos condenas que a la práctica son cadenas perpetuas: 40 años son cadena perpetua. También hay que tener en cuenta que quien es víctima de algún delito no tendrá nunca la sensación de haber sido recompensada por lo que le ha pasado. Nosotros tenemos un problema de delincuencia, digamos, más bien leve. Habría que buscar, por descontado, fórmulas para evitar que esto aumente. Pero, para mí, lo que es muy preocupante es el aumento de las mafias del narcotráfico, también aquí, en Cataluña. El crimen organizado puede desbordarlo todo.
¿Son manifiestamente insuficientes los recursos destinados a la lucha contra este crimen organizado, ahora de escala global?
Si vas a la estadística de homicidios en Barcelona, ves que muchos se producen por revanchas dentro de las bandas. Eso no afecta mucho a la gente, porque no lo ve, porque no se percibe de manera directa. No soy un experto en estas cuestiones, pero no sé si nuestra legislación puede estar en estos momentos al nivel de los EE.UU. o Italia, con el tema de los agentes encubiertos, etc. Esto es necesario porque, al fin y al cabo, ¿cómo puedes saber qué pasa dentro de una organización criminal extensa y compleja, si no es infiltrándote? En definitiva, hay que ajustar no sólo los medios sino también el sistema legal. Debemos reconocer, en todo caso, que el control no es fácil.
¿La situación en países de nuestro entorno es similar a la nuestra en estas cuestiones relacionadas con la justicia?
No conozco la justicia en otros países, pero sí que es cierto que la colaboración ha mejorado mucho, no sólo entre las policías, sino también a otros niveles. Pero, claro, mientras nosotros evolucionamos, otros lo hacen mucho más.
¿No resulta que, de manera generalizada, los delitos económicos son tratados con muchos miramientos?
Es muy complicado perseguir un delito económico con las realidades actuales. Al final, hay una cuestión de prioridades. ¿Cuál ha sido la prioridad en nuestro país durante muchos años? Pues el terrorismo. Y el delito económico y la corrupción (el uno va asociado al otro) nunca han sido una prioridad política y social. La corrupción se persigue ligeramente, con pocos medios. Todos los procesos llegan a juicio 15 años después. La corrupción daña seriamente la economía, pero el corrupto opera dentro del sistema. El que atraca un banco está fuera; el corrupto dentro y sabe cómo moverse.
A este propósito, ¿no parece que Donald Trump es bastante eso?
Cuando uno apuesta por métodos tan ultraliberales, haces desaparecer al Estado. Los gobiernos son cada vez más débiles ante las multinacionales.














