Criminólogo. Vicepresidente de la Asociación Profesional de Criminología de Andalucía (Andacrim). Graduado en criminología por la Universidad Pablo Olavide de Sevilla. Ha sido profesor en la Universidad Isabel I. Su labor académica trata sobre el análisis del miedo al crimen, política criminal e inseguridad, y violencia de género. Ha colaborado en el libro Crímenes ibéricos. Ahora, publica Diario de un criminólogo incomprendido (Editorial Alrevés).
¿Qué nos dice, pues, el diario de un criminólogo incomprendido?
Los criminólogos estamos formados específicamente para estudiar la criminalidad desde cualquier ángulo. Para ello estudiamos diferentes materias, como psicología, sociología, estadística, antropología… para intentar ofrecer una explicación realista sobre lo que es la criminalidad, cómo se produce y cómo podemos intentar evitarla. Esto se suele confundir con la figura del criminalista, que son los que investigan el delito, una vez que ya ha pasado, y que tratan de aclarar los hechos. Todo ello viene determinado por una idea estereotipada de las series de televisión sobre los criminólogos que, a menudo, glamuriza la profesión y la aleja de la realidad académica y práctica. Esto ha generado una gran confusión. De esta manera, los criminólogos somos muy incomprendidos. Nuestra tarea es de estudio, de intentar contrastar hipótesis, para prevenir posibles hechos delictivos y para adaptar las políticas públicas a la lucha contra la delincuencia… También para evaluar lo que se está haciendo con las víctimas. En España no existe, como tal, nuestra figura profesional.
¿Los miedos son los mismos de siempre, y lo que hacen es metamorfosearse, o no?
Se sabe, desde hace décadas, que los niveles de delincuencia en los países occidentales, incluyendo España, no se corresponden con la sensación de inseguridad y el miedo al delito que hay en la sociedad. Numerosos estudios demuestran que, a lo largo de la historia, las sociedades van siendo más seguras. Pero, por otro lado, nos encontramos con una población mucho más temerosa. Hay varias opiniones para explicarlo, eso. El hecho de que el miedo sea manipulable es algo bastante antiguo. Ha pasado desde que se empezaron a levantar murallas que apareció el discurso del miedo al enemigo exterior, a las brujas, a lo satánico… El miedo no es algo nuevo. Sí que lo es, no obstante, utilizar la criminalidad para fomentar el miedo. Se nos vende la moto de que, actualmente, estamos peor que nunca, y eso no es cierto. Se justifica recurriendo a casos puntuales, en lugar de basarse en datos macro. También hay que poner en primer plano el papel de los medios de comunicación. Somos una población cada vez más informada, pero las redes sociales son utilizadas en muchos casos para transmitir la sensación de que estamos peor que nunca. La información no se contrasta. Reaccionamos de manera emocional ante los sucesos.
¿La ignorancia, de alguna manera, se encuentra en la base de los miedos infundados?
No diría ignorancia, sino pereza ante el pensamiento crítico. La dificultad que tenemos los criminólogos es que nos encontramos con una población que piensa rápido, se basa muchísimo en su sentido común y no se para a pensar que hay algo más complejo de lo que parece. Y que, en cualquier caso, incrementar las penas no es la vía para atacar el fenómeno delictivo.
¿Y qué se puede decir de la lógica del espectáculo, muy propia de las redes sociales, que ha inundado la narrativa informativa?
La transformación de la información de bien público a mercancía hace que sea utilizada para captar clientes. No se trata, pues, de exponer los hechos, facilitar su comprensión sino, a través del espectáculo, generar atractivo. A través de las redes sociales, se quiere ser el primero, ofrecer las cosas más alborotadoras para tener el máximo impacto de retuits y de reproducciones en el pódcast, en contra de cómo debe funcionar un medio de comunicación. Y los mismos medios acaban también funcionando con esta manera de competir. Esto lo tenemos que parar, porque tiene que haber un límite a la hora de abordar ciertas realidades. No se puede coger un hecho concreto y modificar todo un derecho penal. Pero el populismo punitivo es una opción muy agradable y fácil de hacer, digerir y vender.
Mano dura, pero ¿para quién, cómo y de qué manera?
En un mundo cada vez más neoliberal, con menos filtros, capacidades y recursos para hacer frente a los problemas sociales, la política penal se orienta a intervenir en todo lo que el Estado no puede acometer, por falta de recursos. Particularmente en el ámbito de la exclusión social. Esta es la idea del punitivismo neoliberal. Algo que no se hace, por ejemplo, en relación con los delitos económicos. Esto se corresponde con las élites y, en consecuencia, es diferente. En cualquier caso, aunque se castiguen, siguen produciéndose con bastante normalidad, forman parte del día a día. Y esto se debe en parte a la impunidad, porque no existe la certeza de que los que delinquen recibirán un castigo. Aquí es donde se plantea una cuestión primordial: ¿qué es más importante, la dureza o la certeza, para acabar con la sensación de impunidad? Esta es la pregunta que se hace Cesare Beccaria en su tratado de los delitos y las penas. Lo importante, dice, no es cómo sea el castigo (por ejemplo, cortarle la mano al ladrón), sino que la pena sea acertada y rápida. Que no quede la sensación de impunidad. Aplicando esto, seguramente se cometerían menos delitos económicos. ¿Para qué sirve amenazar con más cárcel si luego no se aplica? Ocurre algo parecido con los discursos de odio. Están regulados por el Código Penal, pero no se están condenando. «Hay que matar a los mariquitas o a los moros» se queda en el debate público.
En la jerarquía de demandas punitivas, ¿quién se lleva ahora la palma?
Actualmente, y de manera genérica, la población más perseguida y con la que se quiere ser más punitivo son los inmigrantes, pero no por su condición de tales, sino por el color de la piel: forman parte de otras culturas, tienen otras costumbres… Los emigrantes blancos casi no son considerados así. Es de dominio público como la población magrebí y en general los musulmanes son objeto de debate, en torno a su integración, si se debe ser más duro… Todo ello sin tener en cuenta factores como su nivel socioeconómico. En un trabajo que hice sobre emigrantes, en contra de la idea de que la gente con mayor nivel de estudios rechaza la idea de la expulsión y que los que se consideran de derechas lo acepten, curiosamente, apareció que el factor de convivencia con los migrantes era el que influía más a la hora de hablar de expulsión. La parte de la población que no se relaciona con inmigrantes es más partidaria de la expulsión. Es decir, la lejanía influye en la conformación de la opinión. Los barrios donde viven los emigrantes los aceptan y no se plantean medidas tan duras. Son menos punitivos.
¿Qué papel juega la religión y, en concreto, el catolicismo y la Iglesia, en la demanda de mano dura?
Esto no lo trato en profundidad en el libro, pero sí que es verdad que cuando se incluye como variable, sale que las personas que se consideran más religiosas suelen tener actitudes menos punitivas. De todas formas, es un dato poco contrastado. En los análisis estadísticos, mantienen en general posiciones a favor de los más vulnerables. Es algo interesante porque, de alguna manera, disocia el hecho de ser de derechas con la demanda de más mano dura.
¿Y la judicatura?
La judicatura, el ordenamiento jurídico y, en última instancia, los profesionales que trabajan en ella, son los que más se oponen al comportamiento punitivo. Son los más conscientes de que la pena responde a una finalidad concreta, que es la reinserción y la reparación del daño causado. Son, en general, defensores de que el castigo penal debe ser mínimo. Son, en definitiva, el último reducto contra el punitivismo. A este propósito, hay que tener en cuenta el hecho de que lo que más alimenta los discursos de odio, venganza, mano dura, es la desconfianza en las instituciones. Así empiezan a surgir ideas negativas, tiránicas, el cuestionamiento de las garantías judiciales, modelos más represivos… Si se ponen en cuestión las instituciones, se está alentando la idea de que la gente tiene su propia vía de resolución de los conflictos… Y así avanzamos hacia el caos.
¿En contra, digamos, de lo que está haciendo el presidente Donald Trump, a modo de Far West, propones en tu libro la necesidad de crear y desarrollar normas, reglas de juego?
La idea, en este caso, es poner sobre la mesa la recuperación del pensamiento crítico, la evidencia empírica y el debate democrático en políticas penales, que afectan directamente a los derechos fundamentales. Propongo contar con la ciencia, con el progreso…














